El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXX: Los Pantanos de Lamentis

La mañana avanzaba lenta y dolorosa, dando paso a una tarde gris en la Ciudad Central. Los muros ennegrecidos de Aqualis aún humeaban por los ataques nocturnos, y el aire olía a una mezcla enfermiza de ozono, ceniza y sangre seca.

Bajo la luz tenue del sol filtrado, la plaza principal se había convertido en un hospital de guerra.

Eryndor Thorne trabajaba sin descanso. Su forma de madera estaba agrietada por el uso excesivo de magia, pero no se detenía. Raíces impregnadas de savia estelar brotaban de sus manos, entrelazándose alrededor de los cuerpos destrozados de los soldados.

Cada hueso unido, cada hemorragia detenida, era una pequeña victoria contra la muerte... pero no era suficiente.

Algunos no resistían. Sus cuerpos sanaban bajo el toque del Espíritu del Bosque, pero sus ojos quedaban vacíos. Sus almas ya estaban en otro lugar, perdidas en el trauma o devoradas por la magia de los demonios. Eryndor cerraba esos ojos con dedos temblorosos, pidiendo perdón en silencio a la madre naturaleza por no ser más rápido.

En la periferia de la escena, Kaelos se mantenía de pie como una gárgola, con el brazo envuelto en vendas ensangrentadas.

Observaba en silencio con sus ojos afilados y la mandíbula apretada. No era sanador; era un ejecutor. Al ver llegar a un grupo de supervivientes, sus ojos buscaron una figura específica. Vio a Nyxoria aparecer entre la multitud, arrastrando a alguien.

Kaelos asintió levemente, un gesto imperceptible de respeto hacia la asesina. Están vivas. Mi guardia aquí ha terminado.

Sin decir una palabra, el Vengador de la Espada se dio la vuelta. Su trabajo en la ciudad estaba hecho; ahora, el bosque lo llamaba. Ajustó sus espadas gemelas y partió en dirección a la espesura para unirse a los Ursaths en la defensa del bosque.

Nyxoria avanzó, abriéndose paso entre los camilleros. No traía buenas noticias. Arrastraba a Elyra consigo, casi sosteniéndola en pie.

La Doncella de Hielo estaba irreconocible. Cubierta de hollín y ceniza, con los labios agrietados y el vacío absoluto reflejado en sus ojos azules. Elyra no caminaba; flotaba como un espectro de sí misma. El hielo que cubría su piel y su vestido no era por el frío de su magia, sino por el dolor que congelaba su sangre.

Eldrion, que estaba dando órdenes a un grupo de magos defensivos, se detuvo en seco al verlas. Eryndor también alzó la vista de un paciente.

El Mago Supremo se acercó, su rostro usualmente estoico mostraba una grieta de preocupación. —¿Elyra? —preguntó Eldrion—. ¿Dónde está Pyralis? ¿Dónde está el ejército de las Llanuras?

Elyra alzó la vista. Tardó unos segundos en enfocar a Eldrion. Abrió la boca, pero no salió sonido, solo un sollozo seco.

Nyxoria, con la mirada baja, respondió por ella. —Las Llanuras han caído. El ejército... convertido.

Eldrion palideció. —¿Y Pyralis?

Elyra se soltó del agarre de Nyxoria. Dio un paso vacilante hacia Eldrion y Eryndor. —Se ha ido —susurró, y su voz fue el sonido de un cristal rompiéndose—. Ella... ella se convirtió en luz para que no pudieran tomarla.

El silencio que cayó sobre los tres líderes fue más pesado que cualquier asedio.

Eryndor cerró los ojos, y las hojas que brotaban de sus hombros se marchitaron instantáneamente, volviéndose marrones y cayendo al suelo. —El Fuego se ha extinguido —murmuró el Espíritu, con una lágrima de savia dorada rodando por su corteza—. La llama más brillante...

Eldrion no lloró. Pero apretó su báculo con tanta fuerza que la madera ancestral crujió. El aire a su alrededor vibró con una presión inmensa, una furia contenida que hizo temblar las ventanas cercanas. Había perdido a una de sus mejores comandantes. A una hija de la magia.

—Descansa, Elyra —dijo Eldrion con una voz forzada y dura para no quebrarse—. Tu hermana no será olvidada. Su sacrificio nos ha comprado tiempo. No lo desperdiciaremos.

Se dio la vuelta bruscamente, marchándose para ocultar el dolor que amenazaba con desmoronarlo, dejando a la chica sola con su duelo.

♦️♦️♦️

Elyra se quedó allí, temblando. A unos pasos de distancia, Kaidos, quien había despertado hacía poco y observaba la escena apoyado en una muleta improvisada, se acercó con cautela.

No era un hombre de palabras. Él conocía ese vacío. Lo había vivido cuando su clan fue exterminado.

Se detuvo frente a ella. Elyra aún sostenía una daga de hielo en su mano, apretándola hasta que sus nudillos estaban blancos, como si fuera lo único que la ataba a la realidad.

Kaidos extendió su mano llena de cicatrices y, con una suavidad inesperada, tomó la daga de hielo de las manos temblorosas de la maga. El arma se deshizo en agua fría al contacto con su calor.

La observó por un momento, dejando que el silencio y el frío se hundieran en su propia piel.

Y entonces, su voz, rota y cruda, llenó el espacio entre ellos.

—No lloré cuando asesinaron a mi familia entera...

Su tono era áspero, cargado de recuerdos enterrados bajo capas de acero y sangre. Elevó la mirada, conectando sus ojos oscuros con los azules de ella.




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