El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXI: La Noche que Devoró sus Nombres

La mañana comenzaba a extinguirse, dando paso a un sol de mediodía que luchaba por atravesar las nubes de ceniza. Fue entonces cuando, desde la vastedad de un universo lejano, la llamada de auxilio que Eldrion y Kralkor habían lanzado al vacío finalmente encontró un eco.

Mientras Eldrion analizaba en su torre los informes tácticos que Zhaelor le enviaba sobre los movimientos enemigos, Thalassara recibió dos visitas del espacio exterior.

En la órbita del planeta, dos estelas de luz dorada frenaron su avance. Eran Seraphyne y Aelior, seres de una belleza geométrica y perfecta.

—Así que este es el planeta de donde salió el pedido de auxilio —dijo Seraphyne, observando la esfera azul y gris desde el vacío junto a su compañero. Su voz no necesitaba aire para transmitirse; resonaba en la mente.

Aelior, cuya armadura parecía hecha de luz solidificada, asintió. Sus ojos escanearon la superficie. —Detecto tres firmas de energía idénticas a la nuestra. Tres Atrios viven en este planeta.

—Entonces la oscuridad aún no ha ganado —respondió Seraphyne—. Descendamos. Pero antes... enviaré un mensaje al refugio donde se encuentran los demás Atrios. Estoy segura de que a los supervivientes en el Tercer Universo les alegrará saber que no son los últimos de su estirpe.

Seraphyne alzó una mano. En su palma, acumuló una esfera de energía pura que brilló más que la estrella local. Con un pensamiento, disparó el mensaje a través de los pliegues del espacio-tiempo.

«A los Atrios supervivientes refugiados en el Tercer Universo: Les informo que, en los límites entre el Cuarto y Quinto Universo, hemos hallado un planeta donde residen tres hermanos más. Están siendo asediados por la Oscuridad. Descendemos para asistir en combate. Solicitamos refuerzos: envíen a un Guerrero Explorador para establecer enlace. La Luz resiste.»

—¿Terminaste, Seraphyne? —preguntó Aelior, impaciente.

—Terminé. Vamos.

Ambos descendieron como meteoritos controlados, rompiendo la atmósfera y aterrizando en la terraza de la torre de Eldrion en Aqualis. No hubo cráter, solo un aterrizaje suave y silencioso que desafió la gravedad.

Eldrion, sintiendo la perturbación masiva de energía positiva, salió a recibirlos. Al verlos, el Mago Supremo, usualmente estoico, no pudo evitar una sonrisa de alivio genuino. Su plan desesperado había rendido frutos, aunque solo fueran dos guerreros.

—Sean bienvenidos —dijo Eldrion, haciendo una reverencia—. No saben cuánto me alegra ver seres de naturaleza divina en su totalidad.

Aelior y Seraphyne, sin embargo, lo miraron con fascinación científica.

—Curioso... —murmuró Aelior, acercándose a Eldrion y examinando su aura—. Vuestra naturaleza no es netamente divina. Tenéis carne mortal, envejecéis... y sin embargo, usáis la energía divina a voluntad.

—Son híbridos —intervino Seraphyne, sus ojos luminosos estaban abiertos con sorpresa—. No recuerdo haber visto una raza como esta en los registros del universo. Parecen mortales, pero sus almas son reactores de luz. Tendremos que informar esto a la Autoridad Celestial.

Eldrion parpadeó, confundido por los términos. —Puedo ver que, aunque la naturaleza que poseen no es igual… es similar a la de los Espíritus que habitan este planeta.

—¿Espíritus? —preguntó Aelior, arqueando una ceja perfecta—. ¿Te refieres a los Atrios? Porque puedo sentir la presencia de tres de ellos en este lugar. Y a la vez... la peste de la Oscuridad Insaciable.

—Tres Atrios... sí —respondió Eldrion, comprendiendo—. Aquí los conocemos como los Tres Grandes Espíritus. Son los pilares de nuestro mundo.

Mientras Eldrion comenzaba a informarles sobre la situación crítica y la caída de las Llanuras, la guerra no esperaba.

♦️♦️♦️

Lejos de la seguridad de la ciudad, en otra parte del mapa, el cielo sobre el Bosque de los Susurros contaba una historia diferente.

Allí, la mañana había sido devorada. Las nubes se habían retirado aterrorizadas, dejando al descubierto un firmamento desgarrado por grietas de luz púrpura que brillaban con un fulgor enfermizo, señal de que la realidad estaba siendo forzada.

El bosque se alzaba como un monumento a la muerte: un lugar donde la vida había sido succionada. Los árboles carbonizados se erguían como esqueletos gigantes de manos suplicantes, y las hojas muertas crujían bajo cada paso como huesos secos triturados.

En medio de esta desolación, Khra’gixx, el Cazador de las Sombras, avanzaba con una calma que helaba el alma.

Sus garras afiladas rozaban el suelo, dejando tras de sí surcos negros que parecían devorar la luz, como si el propio suelo se resistiera a recordar su paso. Su presencia era una opresión tangible, un vacío gravitacional del que el aire intentaba huir. Los ojos de Khra’gixx, dos abismos de oscuridad infinita, brillaban con una malicia ancestral mientras escudriñaban el bosque.

No era un cazador cualquiera; era un depredador primordial, un ser que había acechado mundos enteros antes de posar su mirada sobre Thalassara. Y ahora, con la capacidad de convertir el día en noche, se sentía imparable.




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