El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXII: La Batalla Titánica

Mientras Eldrion ponía al corriente de la situación crítica a Seraphyne y Aelior en la terraza de la torre, la realidad sufrió un espasmo.

De pronto, el día se oscureció repentinamente. No fue el paso de una nube, sino como si alguien hubiera apagado el sol. El cielo azul se tornó en un manto de obsidiana y estrellas frías. Esto dejó impactados a todos los presentes; los magos en la ciudad miraban al cielo con terror, sin saber qué estaba sucediendo.

Minutos después, una vibración sacudió los cimientos de Aqualis. Los dos dioses visitantes, Seraphyne y Aelior, sintieron el aura poderosa, corrupta y desafiante de Korvaxys elevándose desde el bosque como un pilar de fuego negro.

Sus ojos brillaron. Se dieron cuenta de inmediato de que los estaban llamando a la guerra.

—Un desafío directo —dijo Aelior—. Aceptamos.

Eldrion, sintiendo el peligro catastrófico, trató de detenerlos, interponiéndose en su camino. —¡Esperad! No conocéis su poder real. Si lucháis aquí, destruiréis lo poco que queda...

Aelior lo interrumpió, mirándolo con frialdad desde su altura divina. —No nos subestimes, híbrido. Nosotros no somos como ustedes, frágiles y limitados. Tampoco somos como los Atrios que mencionas, pero somos dioses con un poder destructivo mucho mayor de lo que imaginan sus pequeñas mentes.

Seraphyne, con una voz melodiosa pero igual de implacable, agregó: —Si quieres preocuparte, hazlo por los tuyos. Ordena la retirada inmediata de tus tropas. Nosotros no nos contendremos contra estos malditos seres oscuros que se creen los más poderosos del universo. Quemaremos el bosque si es necesario.

Seguidamente, ambos se prepararon para salir sin dar paso a más debates. De pronto, sus cuerpos se rodearon de un aura de luz pura, densa y crepitante, y salieron disparados como cometas en dirección hacia la señal de Korvaxys, rompiendo la barrera del sonido y dejando una estela dorada en la noche artificial.

Eldrion se quedó solo en la terraza, con los puños apretados, aceptando sus límites con amargura. —Maldición... —murmuró.

Sin poder hacer nada para detener el choque de titanes, ordenó con desesperación la retirada. —¡Zhaelor! ¡Eryndor! ¡Kralkor! —su voz mágica se proyectó a las mentes de sus comandantes—. ¡Retirada general hacia Aqualis! ¡Alejaos del sector norte del bosque! ¡Vienen dioses y no les importan los daños colaterales!

Mandó el aviso urgente a Zhaelor, quien estaba guiando a Sam; a Eryndor para que comunicara a las dríades y defensores del bosque, y a Kralkor para que usara la tierra y cubriera la huida.

Y así fue. Cada uno hizo su parte, moviéndose con urgencia frenética. Aunque una cosa era cierta en el corazón de Eldrion: el mensaje no llegaría a todos a tiempo.

♦️♦️♦️

En el lugar donde se encontraba la columna de energía, el aire estaba saturado de estática.

Korvaxys flotaba sobre los restos calcinados de la vegetación. Justo entonces, una sombra se materializó a su lado. Khra’gixx, tras haber eliminado a Korvathar, llegó caminando con calma, sabiendo exactamente lo que su compañero tramaba.

—No dejaré que te lleves toda la diversión, hermano —dijo Khra’gixx, sacudiéndose el polvo de hueso de sus garras—. Yo tampoco he podido pelear sin contenerme todavía. Ese renegado, Korvathar, apenas sirvió para calentar mis músculos.

Korvaxys sonrió, su piel burbujeaba con anticipación. —Paciencia. Ya están aquí.

Y así fue.

El cielo nocturno se iluminó con dos destellos cegadores. Seraphyne y Aelior aterrizaron con un impacto que vaporizó la roca, quedando frente a los dos demonios. Los dioses, seres de luz pura y simetría perfecta, miraron con desprecio absoluto a las criaturas deformes y oscuras que tenían delante.

—Así que ustedes son los invasores de este planeta —dijo Aelior.

Seraphyne, más analítica, escaneó el entorno. —Se ven muy confiados como para estar solo los dos, con sus ejércitos lejos. Será mejor que tengamos cuidado, Aelior.

Korvaxys y Khra’gixx se elevaron entonces en el aire, levitando hasta quedar a la misma altura que los dioses.

—Bueno, elige a tu oponente, Korvaxys —dijo Khra’gixx con un tono aburrido—. No quiero que después me culpes por enfrentarme al más fuerte y dejarte las sobras.

Seraphyne, ofendida por la indiferencia de los monstruos, contestó con altivez: —Se ven muy confiados de ganar. Pero sepan que no somos dioses cualesquiera. Representamos la voluntad del cosmos.

Korvaxys inclinó la cabeza, sus ojos mutaban de color mientras los analizaba. —¿Ah, sí? —preguntó con curiosidad genuina—. ¿Cuál es vuestra clasificación según la Autoridad Celestial? ¿Sois al menos Dioses Superiores de Rango 1?

Aelior parpadeó, asombrado por tal conocimiento. Esos términos no eran conocidos fuera de los círculos divinos más altos. —Parece que no son cualquier cosa después de todo; al menos saben mucho sobre la jerarquía —admitió Aelior, inflando el pecho—. Somos Dioses Intermedios: yo soy de Rango 4 y mi compañera es de Rango 5.

Se hizo un silencio incómodo.




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