El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXIII: El Nacimiento de un Nuevo Guerrero

Al llegar al campamento principal, bajo el cielo perpetuamente oscuro que él mismo había invocado, Khra’gixx se detuvo solo un instante. Sus fosas nasales se dilataron, buscando un rastro específico en el viento cargado de ceniza.

—Iré a buscar a esa arquera —gruñó, sus ojos violetas brillaban con una obsesión renovada—. Tengo cuentas pendientes con ella. Su flecha insultó mi piel, y ahora yo arrancaré su espíritu.

Sin esperar respuesta, el Cazador se convirtió en una estela de sombras y salió disparado directo hacia el Bosque de los Susurros, donde su instinto depredador le gritaba que encontraría a Namarie.

Korvaxys, por su parte, aterrizó en la plaza central de las Criptas de Obsidiana. El lugar estaba inusualmente silencioso. Vio el campamento casi vacío; los líderes de los círculos de magia negra no estaban en sus puestos habituales.

—Seguro salieron a buscar más recursos para crear guerreros de élite —susurró para sí mismo, pateando un casco roto—. Con tantos muertos recientes en ambos bandos, la materia prima sobra. Ya no recuerdo cuántos han creado... deben de ser ya cientos de abominaciones listas para marchar.

Siguió caminando hasta llegar a una zona donde el aire vibraba con una energía rosa y densa. Allí estaba Akarys.

La súcubo estaba sentada sobre un trono improvisado de rocas, rodeada por decenas de aprendices de magos oscuros. Los jóvenes acólitos estaban de rodillas, con la mirada perdida y babeante, totalmente sometidos por sus encantos, adorándola como a una diosa encarnada.

Korvaxys la observó con una mezcla de diversión y crítica técnica. —Aunque ninguna como las creaciones de Zarethys —comentó en voz alta, interrumpiendo el trance—. Se ve que él le pone empeño y arte a la carne muerta. Tú solo juegas con la viva.

Akarys alzó la vista, sin dejar de acariciar el cabello de un mago que sollozaba de felicidad a sus pies. —¿Buscas a alguien, o solo vienes a criticar mi colección?

—Busco a Zarethys —respondió Korvaxys, cruzándose de brazos—. Tengo que presumirle la muerte de los dioses invasores. ¿Dónde está?

Akarys señaló lánguidamente hacia el sur, hacia la bruma tóxica de los pantanos. —Se fue hacia las ruinas antiguas hace horas, junto con Bhaenos. Dijo que tenía asuntos que tratar allí.

Korvaxys asintió y se dio la media vuelta. —Bien. Iré a buscarlo y a divertirme un rato. Y tú... —se detuvo y la miró por encima del hombro— no vayas a dominar a todos los magos del campamento para llevarlos a pelear por capricho. Ellos son valiosos aquí para mantener los rituales de soporte. No los rompas.

Akarys sonrió con malicia, ignorando la advertencia mientras volvía a someter a los magos con su sensualidad letal.

Korvaxys avanzó hacia el sur. Dejó atrás la arquitectura demoníaca y se adentró en la zona de las ruinas, cerca de los Pantanos de Lamentis. El aire allí olía diferente; había un rastro de ozono y podredumbre acelerada.

Al llegar a un claro rodeado de columnas de piedra cubiertas de musgo negro, se detuvo.

No encontró a Zarethys.

Encontró a Korvathys.

El tritón exiliado estaba de pie sobre un arco derruido, con su espada negra en la mano, vigilando el charco de corrupción que burbujeaba cerca. Al ver al demonio mutante, no hubo vacilación.

Korvathys había visto a la distancia los destellos de la batalla contra los Arcontes. Sabía que este ser había matado dioses. Pero el miedo no tenía lugar en un corazón que ya estaba lleno de venganza.

—Tú eres uno de los líderes —dijo Korvathys, su voz fue fría como las profundidades oceánicas.

—Y tú eres un pescado fuera del agua —respondió Korvaxys, decepcionado al no ver a su compañero—. ¿Dónde está Zarethys?

—En el infierno. Ve a buscarlo.

Sin dudarlo, Korvathys se lanzó contra él a muerte.

El tritón saltó desde la ruina con una velocidad explosiva. Confiaba en su acero. Confiaba en que, en un combate uno contra uno, la técnica superaba al poder bruto.

♦️♦️♦️

El combate se volvió impresionante de golpe. Korvaxys, ofendido por la audacia del mortal, ni siquiera se movió de su sitio al principio. Con un gesto de sus dedos, disparó proyectiles de energía oscura comprimida, buscando perforar al guerrero en el aire.

¡Ziu! ¡Ziu! ¡Ziu!

Pero Korvathys era un maestro del flujo. En lugar de bloquear, giraba su cuerpo en el aire, esquivando los rayos por milímetros, dejando que la energía pasara rozando sus aletas y su armadura de escamas.

Al aterrizar, Korvathys se deslizó por el suelo lodoso como si fuera hielo, acortando la distancia.

—¡Muere, insecto! —rugió Korvaxys.

El brazo del demonio se transformó. La carne se estiró sin límite, convirtiéndose en un látigo de músculos y hueso endurecido que restalló hacia la cabeza del tritón a la velocidad del sonido.

Korvathys no retrocedió.

Con un movimiento fluido de muñeca, alzó a Voracidad. La hoja negra interceptó el látigo mutante. No hubo choque de rebote. La espada mordió la energía cinética del ataque, frenándolo en seco, y Korvathys aprovechó la apertura para lanzar una estocada rápida al pecho del demonio.




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