El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXIV: Una Sinfonía de Dolor

Cuando los relojes biológicos marcaban el mediodía, el sol no acudió a su cita. La Noche Artificial de Khra’gixx seguía dominando el planeta, una cúpula de obsidiana que había convertido el día en un recuerdo lejano.

En medio de esa oscuridad antinatural, el miedo se palpaba en cada rincón de Aqualis. Sin embargo, no todos estaban refugiados.

Lejos de allí, en la espesura del Bosque de los Susurros, Zhaelor y Sam avanzaban en silencio, siguiendo un rastro de destrucción fresca. Sus pasos se dirigían hacia el sur, hacia los inmensos cráteres humeantes que la batalla entre los Arcontes y los Demonios había dejado como cicatrices en la tierra. Zhaelor sabía que Neroth, atraído por la muerte masiva, se dirigía hacia allí para alimentarse de los residuos energéticos.

Pero en el camino que conectaba la ciudad con las Llanuras de Ceniza, otro drama se desarrollaba.

Elyra caminaba sola.

Había abandonado la ciudad horas atrás, justo cuando el cielo se oscureció por primera vez. Había ignorado la orden de retirada general emitida cuando los dioses espaciales descendieron. Su mente no estaba en la estrategia ni en la supervivencia; estaba anclada en una imagen: su hermana atravesada por una espada de hueso.

De repente, el aire frente a ella vibró.

Eldrion se materializó en el camino, bloqueando su paso. El Mago Supremo había notado su ausencia tras el cataclismo de los Arcontes y, gracias a su dominio sobre el viento y el espacio, la había alcanzado en cuestión de minutos.

—Elyra —dijo con voz firme pero calmada—. Detente.

Ella no se detuvo. Siguió caminando, obligando a Eldrion a endurecer su postura. —Te di una orden. Todos los habitantes debían regresar a Aqualis y refugiarse bajo el domo.

Elyra se detuvo a un metro de él. Sus ojos azules, usualmente serenos, eran ahora tormentas de hielo. —No trates de detenerme, Eldrion. Yo no soy uno de tus magos de torre que obedecen sin rechistar.

—Solo trato de protegerte —insistió él, señalando la oscuridad que los rodeaba—. ¿Acaso no ves el peligro que hay aquí afuera? Acaban de morir dioses. Khra’gixx está cazando. No es seguro que te muevas sola.

El dolor que hincaba el pecho de Elyra estalló, transformándose en una ira ciega. Necesitaba culpar a alguien, y el líder que no había estado allí para salvar a Pyralis era el objetivo perfecto.

—¿Protegerme? —escupió la palabra con veneno—. ¿Tú? No eres más que un mago cobarde que se esconde detrás de los muros y de los demás, en vez de adentrarte en el campo de batalla real.

Eldrion no parpadeó, aunque las palabras golpearon su orgullo. Él, que había matado al dragón Zharalor en secreto, que sostenía las barreras del planeta con su propia fuerza vital, permaneció en silencio.

—¡A ti no te importamos los que estamos al frente del combate! —gritó Elyra, con lágrimas de rabia congelándose en sus mejillas—. Nos usas como peones mientras tú observas desde tu torre de marfil. Así que no trates de hacerte el preocupado por mí ahora que es tarde.

Dio un paso hacia él, invocando una daga de hielo en su mano, amenazante. —Ahora lárgate... o te mostraré en carne propia lo que se vive en la guerra luchando contra ti.

Eldrion oyó las palabras hirientes. Podría haberla sometido con un gesto. Podría haberle contado la verdad sobre sus batallas. Pero vio en los ojos de ella el mismo vacío que él sintió siglos atrás. Entendía que no le hablaba a él, sino a su propia impotencia.

El Mago Supremo bajó la mirada, asintió levemente y, con un suspiro de tristeza infinita, se disolvió en la brisa, dejándole el camino libre.

♦️♦️♦️

Elyra siguió caminando, sola con su culpa. Poco después, llegó a su destino.

El aire en las antiguas Llanuras estaba cargado de tristeza, cenizas y una oscuridad pesada que parecía haberse instalado para siempre. El suelo bajo sus botas crujía, cubierto de sangre seca y fragmentos de hielo que aún brillaban débilmente, los restos de su propia magia cuando intentó congelar a Kalthok. Era como si el lugar mismo intentara recordar, con esos últimos destellos, la tragedia que había ocurrido.

Cada paso que Elyra daba hacia el epicentro de la devastación era un golpe físico a su corazón.

Cuando llegó al lugar exacto donde Pyralis había dado su último aliento —donde su cuerpo se había convertido en luz para no ser profanado—, Elyra sintió que sus piernas fallaban.

Cayó de rodillas sobre la tierra quemada.

No gritó. El silencio era su único compañero.

Sus lágrimas comenzaron a caer. Eran frías como el invierno eterno que llevaba dentro. Al tocar el suelo manchado de sangre seca, las gotas no se absorbían; se congelaban instantáneamente, formando un patrón de cristales complejos que parecían flores marchitas, creando un jardín helado y efímero en honor a su hermana de fuego.

Su cabello blanco, antes tan radiante como la nieve fresca bajo la luz del sol, ahora lucía opaco, grisáceo, como si hubiera perdido parte de su esencia vital junto con Pyralis.

—No deberías haber estado aquí sola... —murmuró Elyra con una voz temblorosa que rompía la quietud de la muerte.




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