El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXV: El Susurro de las Flechas Perdidas

Mientras Elyra era rescatada en el norte, en el sur, la geografía misma estaba siendo reescrita.

En los Cañones de Obsidiana, el aire vibraba con la furia desatada de dos titanes. Karkoth, el Gran Oso de los Ursaths, y Korgrath, el Portador de la Ruina, convertían el paisaje rocoso en un infierno viviente.

Karkoth había llegado a los cañones con un propósito noble: buscar el paso hacia el mar, hacia las sirenas, para que purificaran la mancha de corrupción negra que el cadáver de Zarethys había dejado en su pelaje. Pero el destino, cruel como siempre, le puso un obstáculo infranqueable.

Se encontró con Korgrath, el cuarto líder demoníaco en la jerarquía de poder, un ser hecho de magma endurecido y odio puro.

El oso, con una fuerza física que parecía no tener límites, rugió, clavando sus garras en la pared del cañón. Arrancó una columna de piedra basáltica de diez toneladas y la lanzó contra su enemigo con la velocidad de una catapulta de asedio.

—¡ROAAAR!

La roca voló por el aire, proyectando una sombra mortal. Pero Korgrath, a pesar de su tamaño, era ágil y astuto. Con una gracia inquietante, dio un paso lateral, dejando que el proyectil pasara rozando su hombro.

—Predecible —se burló el demonio.

Sus llamas negras brotaron de sus manos como serpientes venenosas, golpeando la columna en pleno vuelo. La roca no se rompió; se derritió. El basalto se convirtió en lluvia de lava que cayó sobre el suelo agrietado, siseando al contacto.

—¡Eres un animal! —escupió Korgrath, su voz estaba llena de desprecio, mientras evadía una embestida furiosa de Karkoth teletransportándose en una llamarada corta—. ¡Pura carne y hueso sin cerebro! ¡Y los animales mueren enjaulados!

Karkoth respondió con un rugido que hizo temblar los acantilados, una onda sónica que buscaba desequilibrar al demonio. Sus garras, imbuidas de magia caótica, destrozaban el suelo con cada paso, buscando anclar al demonio.

Pero Korgrath no se intimidaba. Con una sonrisa retorcida, el Portador de la Ruina retrocedió, atrayendo a Karkoth hacia una zona del suelo que brillaba débilmente con runas ocultas.

—Ahora.

Un círculo de fuego maldito brotó del suelo, una erupción controlada que se alzó treinta metros en el aire, encerrando al oso en una jaula de barrotes de llamas negras que chisporroteaban con energía oscura.

Karkoth rugió de dolor al chocar contra los barrotes. Su pelaje se chamuscó. Golpeó las llamas con sus garras, pero el fuego maldito se regeneraba, alimentándose de su propia furia.

—Quédate ahí mientras quemo el mundo —rio Korgrath, observando con cautela desde fuera, sabiendo que la jaula no aguantaría eternamente, pero le daría tiempo.

La batalla quedó en un punto muerto, con el oso buscando una salida de su prisión ardiente.

♦️♦️♦️

Lejos de allí, en el corazón del Bosque de los Susurros, el silencio era más aterrador que el ruido.

El claro donde había caído Korvathar era ahora un santuario a la muerte. La luz púrpura de la Noche Artificial se filtraba a través de las ramas muertas, iluminando los restos carbonizados y la mancha negra en el suelo con forma humanoide. El aire estaba cargado de estática, pesado y opresivo. Olía a ozono, a sangre vaporizada y a algo más antiguo... miedo puro.

Namarie, la Arquera Nocturna, y Aerthys, la Arquera del Viento, llegaron al perímetro del claro.

Se movían como fantasmas. Namarie tensó su arco largo, hecho de madera de árbol sagrado. Sus flechas negras, con puntas bañadas en veneno de araña espectral, brillaban absorbiendo la poca luz disponible.

Aerthys flotaba a medio metro del suelo, sus pies desnudos nunca tocaban la ceniza. Sus manos danzaban suavemente, controlando corrientes de aire que giraban a su alrededor en pequeños remolinos defensivos, listos para convertirse en cuchillas invisibles.

Ambas se detuvieron al ver la marca en el suelo.

—Algo no está bien —murmuró Namarie. Su voz apenas fue un susurro que el viento se llevó.

Sus ojos, afilados como los de un lince, escaneaban las sombras. Sus orejas se movieron, captando la ausencia total de sonido: ni grillos, ni viento en las copas, nada.

—El aire huele a... victoria ajena —dijo, acercándose a la marca de carbonización—. Aquí murió alguien muy poderoso. Alguien de su propio bando.

Aerthys descendió un poco, tocando el aire sobre la marca. —Siento residuos de magia de sangre... era Korvathar. El traidor ha muerto.

—¿Quién pudo matar a un General Renegado con tanta facilidad? —preguntó Namarie, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

—Yo —respondió una voz que pareció surgir de todas las sombras a la vez.

Namarie giró sobre sus talones, apuntando su arco hacia la oscuridad de los árboles. Aerthys expandió su aura de viento, poniéndose espalda contra espalda con su compañera.

De la negrura absoluta, dos ojos violetas se abrieron.

Khra’gixx emergió caminando tranquilamente, con las garras relajadas a los costados, pero con una presión espiritual que hizo que el aire se sintiera como plomo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.