Cuando el sol de la tarde comenzaba a ocultarse para dar lugar a la noche natural, este astro derramaba su luz implacable sobre los Cañones de Obsidiana, donde el paisaje estaba marcado por cicatrices recientes de batalla. Este lugar, que alguna vez fue un testimonio de la furia primigenia de la naturaleza, ahora se había convertido en un infierno aún más desolador gracias a la batalla titánica que se libraba entre dos fuerzas colosales. Las paredes de roca negra brillaban con un fulgor siniestro bajo el cielo fracturado, y el aire estaba cargado de calor y cenizas flotantes, como si el mismo ambiente se resistiera a soportar tanta destrucción.
Por un lado, Karkoth, el Oso Devastador, rugía como una tormenta viviente. Ya se había escapado de la jaula en la que Korgrath lo había encerrado, destrozando los barrotes de fuego con pura fuerza de voluntad. Sus garras, impregnadas de energía caótica y ámbar, destrozaban todo a su paso mientras buscaba desesperadamente purificarse de la corrupción que lo acechaba desde la muerte de Zarethys. Su cuerpo, cubierto de cicatrices antiguas y nuevas, irradiaba una ferocidad incontrolable. Cada paso que daba hacia su nuevo rival hacía temblar los acantilados, como si las montañas mismas quisieran huir de su ira. Sus ojos, llenos de una mezcla de dolor y furia, brillaban con una luz salvaje que prometía destrucción.
Frente a él, Korgrath, el Portador de la Ruina, se movía con una elegancia letal que contrastaba con la brutalidad de Karkoth. Sus llamas negras, alimentadas por un poder maldito, lamían el aire como lenguas de un dragón infernal. En sus manos, la espada Apocalipsis brillaba con un resplandor enfermizo, y cada golpe que lanzaba al aire dejaba grietas en el suelo que emanaban vapor tóxico. Su sonrisa, llena de desprecio y confianza, era tan afilada como la hoja que blandía.
—¡Este lugar será tu tumba! —escupió Korgrath, esquivando una embestida de Karkoth con una agilidad sorprendente para alguien de su tamaño—. ¡Y después te convertiré en un valioso guerrero de nuestras filas!
Karkoth no respondió con palabras, sino con un rugido ensordecedor que hizo que las columnas de obsidiana cercanas se agrietaran y cayeran como árboles derribados por una tormenta. Con un movimiento rápido, arrancó una de esas columnas del suelo y la lanzó hacia Korgrath como si fuera un proyectil gigante.
La columna voló por el aire con una fuerza imparable, proyectando una sombra mortal sobre el demonio. Pero Korgrath la interceptó con un barrido horizontal de su espada.
¡ZSHHH!
Apocalipsis partió la roca en pedazos que se derritieron al instante al contacto con sus llamas negras, lloviendo como magma sobre el campo de batalla.
—No moriré aquí... ¡Yo te mataré antes de que suceda! —gruñó Karkoth, lanzándose nuevamente hacia su oponente con una velocidad que contradecía su tamaño masivo.
Sus garras, cargadas de energía caótica, buscaban desgarrar a Korgrath, pero el Portador de la Ruina era escurridizo; esquivaba cada ataque con una gracia que enfurecía aún más al oso.
El choque fue inminente. Cuando Karkoth logró cerrar la distancia, lanzó un zarpazo descendente capaz de partir el mundo en dos. Korgrath no retrocedió esta vez; levantó a Apocalipsis en una guardia alta.
¡CLANG!
El sonido del impacto fue tan agudo que reventó las rocas cercanas. Las garras del oso chocaron contra el acero maldito, creando una onda expansiva que dejó a ambos titanes trabados en un duelo de fuerza bruta, mirándose a los ojos mientras el suelo bajo sus pies se convertía en polvo. La batalla en los Cañones de Obsidiana estaba lejos de terminar, pero el destino de uno de los dos se decidiría pronto bajo la luz moribunda del sol.
♦️♦️♦️
La batalla continuó sin tregua, un ciclo interminable de violencia donde cada golpe y cada contraataque dejaban marcas imborrables no solo en sus cuerpos, sino en la geografía misma del paisaje.
Korgrath sonrió con desdén, limpiándose una mancha de polvo de su armadura. Su rostro estaba iluminado desde abajo por el resplandor siniestro de las llamas negras que danzaban a sus pies, obedeciendo su voluntad.
—Vamos a subir la temperatura —murmuró.
Con un gesto elegante y fríamente calculado, Korgrath clavó la punta de Apocalipsis en el suelo. Inmediatamente, invocó una tormenta de fuego maldito que emergió de las grietas de la roca, rodeando al oso colosal en un anillo perfecto de llamas que se alzaban como muros de prisión. El fuego no crepitaba como la madera; siseaba, chisporroteando con un sonido húmedo y repugnante, similar al de carne viva quemándose.
—¡GWAAARRGH!
Karkoth rugió de dolor. Las llamas negras no solo quemaban; se adherían. Lo envolvieron, chamuscando su grueso pelaje y haciendo arder su piel bajo el calor infernal. La infección de Zarethys en su sangre reaccionó al fuego oscuro, causándole un dolor interno agónico.
Pero Karkoth no era fácil de vencer. El dolor era combustible para su raza.
Ignorando las quemaduras que cubrían sus flancos, utilizó su inmensa fuerza bruta para clavar sus garras en el suelo. Con un tirón sísmico, levantó una enorme roca basáltica del suelo, arrancándola de la base del cañón como si fuera un juguete de arcilla.
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Editado: 30.01.2026