El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXXVIII: Sombras en el Pantano y Ecos del Tiempo

Cuando la noche natural cayó sobre Thalassara, cubriendo el planeta herido con un manto de estrellas indiferentes, muy lejos de allí, en los confines del Tercer Universo, el eco de una guerra desesperada encontró respuesta.

En un planeta de cristal y nebulosas flotantes, hogar de los Atrios refugiados tras el primer cataclismo cósmico, una señal llegó.

El líder de los Atrios del Tercer Universo, una figura encapuchada cuya piel brillaba como cuarzo puro, meditó sobre el mensaje psíquico que había recibido de Seraphyne: «...hemos hallado un planeta donde residen tres hermanos más. Están siendo asediados por la Oscuridad. Solicitamos refuerzos...»

—Tres hermanos nuestros... Fragmentos perdidos —pensó para sí el líder, sintiendo el peso de la responsabilidad.

Sabía que, si tres Atrios originales no podían contener la amenaza, significaba que la Oscuridad había evolucionado. No podían enviar soldados comunes. Necesitaban un arma absoluta.

Mandó llamar al guerrero que era considerado, sin discusión alguna, el más poderoso de entre ellos.

Así fue que, en este reino de maravillas y misterios, Vhorix, el Devorador del Tiempo, se presentó.

No llevaba armadura pesada. Vestía túnicas que parecían tejidas con el horizonte de sucesos de un agujero negro y llevaba un extraño artefacto en la cintura: un reloj de arena cósmico donde, en lugar de arena, caían estrellas microscópicas.

—Ve a ese planeta... ellos te necesitan —le ordenó el líder, con voz grave—. Pero ten cuidado. Eres el más poderoso de nuestra raza, el único capaz de manipular la cronología local. Si caes, perderemos mucho más que un guerrero; perderemos el control del flujo.

Vhorix, con la serenidad de quien ha contemplado el nacimiento y la muerte de innumerables galaxias sin parpadear, asintió en silencio. Sus dedos, largos y precisos, ajustaron el mecanismo de su reloj.

—Como ordene... —Su voz sonaba doble, como si hablara desde el presente y el futuro a la vez—. Pero después de esta misión... ya no quisiera recibir más encargos de asedio. El tiempo se me está agotando incluso a mí.

Con esas palabras, Vhorix se giró. Un portal se abrió ante él, no como una puerta mágica, sino como una herida irregular en el tejido del cosmos, revelando el vacío entre universos.

—Espero que no sea necesario luchar... pero si hay tres Fragmentos de Luz originales en problemas, los demonios deben de ser aberraciones —murmuró Vhorix.

Cerró su puño con determinación y se lanzó al vacío. Inmediatamente, usó su poder para contraer el espacio frente a él, convirtiendo años luz en milímetros, viajando a una velocidad que dejaba a la luz pareciendo estática.

El Devorador del Tiempo iba en camino.

♦️♦️♦️

Sin embargo, en la superficie de Thalassara, el tiempo se les acababa a los héroes.

Zhaelor y Sam avanzaban con dificultad hacia los Pantanos de Lamentis. Su plan era esconderse allí y usar las cuevas como centro de mando temporal hasta que el Ursath se recuperara de las graves heridas causadas por la explosión de Neroth. Zhaelor conocía la zona mejor que nadie, pues la había usado como base desde que fue liberado por Eldrion.

Pero el destino, cruel esa noche, decidió jugar una mala pasada.

Akarys, la Súcubo, al ver que Zarethys no había regresado al campamento, decidió salir a buscarlo —o al menos, a buscar entretenimiento—. Llevaba con ella a su "mascota" más letal: Kharadon, el Caballero Dragón no-muerto.

Cuando estaban cerca de la entrada a los pantanos, sus caminos se cruzaron.

Akarys vio al pequeño Zhaelor y sus ojos brillaron. —Oh, mira eso, Kharadon. Un pequeño espía y un oso moribundo. —Sonrió con malicia—. Zhaelor... veo en él a otro guerrero divertido para romper.

La súcubo señaló al Ursath gigante. —Mata al oso, Kharadon. Después de que lo derrotes, espérame en ese risco hasta que vuelva. Yo iré a jugar con el pequeñín.

Kharadon, controlado mentalmente por los encantos de Akarys, pero conservando sus habilidades de combate intactas, asintió. Sus ojos vacíos se fijaron en Sam.

Sam notó la emboscada al instante. El olor a dragón muerto llenó sus fosas nasales. —¡Corre, Zhaelor! —rugió, empujando al pequeño hacia la espesura—. ¡Aléjate mientras lo detengo!

—¡Todavía estás herido, no podrás con él! —refutó Zhaelor, frenando en seco.

Pero el oso, irguiéndose sobre sus patas traseras a pesar del dolor, respondió con firmeza: —Yo ya cumplí mi misión matando al más peligroso. Tú todavía serás de mucha ayuda a Eldrion. ¡Huye! Si tú caes, el Mago se queda sin ojos en esta guerra.

Zhaelor, con el corazón en un puño, entendió la lógica. Obedeció y se desvaneció entre la niebla del pantano a toda velocidad. Akarys soltó una risita y salió flotando tras él, disfrutando de la persecución.

En el camino, quedaron solo el Oso y el Dragón.

El enfrentamiento comenzó de manera brutal.

Sam, rugiendo para ignorar sus costillas rotas, cargó con sus garras imbuidas en energía caótica ámbar. Golpeó con fuerza el escudo de torre de Kharadon, haciéndolo retroceder tres metros arrastrando los pies por el barro.




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