Horas después de la caída de los demonios en el pantano, la luna alcanzó el cenit, pintando el firmamento fracturado de tonos plateados y violetas. Las vastas llanuras que separaban Aqualis del frente sur, ahora teñidas de sangre seca y muerte reciente, parecían respirar con un silencio ominoso, como si la tierra misma estuviera conteniendo el aliento, aterrorizada ante lo que estaba por ocurrir.
El campo de batalla era un museo de la devastación a cielo abierto. Los restos de guerreros caídos —sirenas, draconianos y centauros— y armas rotas cubrían el suelo como si la tierra llorara por las almas perdidas que aún no encontraban descanso. El viento soplaba con un gemido constante, arrastrando polvo y cenizas que se adherían a las botas de las dos únicas figuras que avanzaban hacia la oscuridad.
Aquí, en este lugar de muerte y desolación, los dos mejores espadachines de Thalassara se preparaban para enfrentar a pesadillas vivientes.
Kaidos, el Vagabundo de la Espada, caminaba con paso firme y pesado. Su capa negra, rasgada en los bordes, ondeaba tras él como una sombra viva y hambrienta. Su gran espada bastarda, cargada de cicatrices en la hoja, brillaba con una luz tenue y pulsante, como si el acero tuviera consciencia y estuviera ansioso por probar sangre de demonio.
A su lado, Kaelos, el Vengador de la Espada, se movía con la fluidez de un depredador. Aún con la sangre de Froshgur seca en su armadura, ajustaba el agarre de sus espadas gemelas. Su rostro estaba marcado por cicatrices finas que contaban historias de odio antiguo y venganza cumplida. Sus ojos grises, fríos y calculadores, escudriñaban el horizonte, buscando al enemigo que sabían que los esperaba.
El suelo crujía bajo sus pies, cubierto de restos oxidados de armaduras, astillas de lanzas y fragmentos de estandartes desgarrados que aún ondeaban débilmente. Los ecos de gritos de batallas pasadas parecían resonar entre las grietas del terreno.
De pronto, se detuvieron.
Frente a ellos, emergiendo de la bruma nocturna, Korvaxys, el Señor de la Transformación, y Khaosys, el Devorador de Almas, esperaban con una calma inquietante.
Korvaxys, el asesino de Arcontes, flotaba a unos centímetros del suelo. Al ver a los guerreros, sonrió con desdén mostrando hileras de dientes afilados como agujas. Su brazo derecho comenzó a burbujear y mutar lentamente, el hueso atravesó la piel para formar una guadaña negra y larga que brillaba con un fulgor enfermizo.
A su lado estaba la nueva pesadilla: Khaosys. La criatura, una amalgama de dragón, demonio y el cadáver de Korvathys, estaba envuelta en sombras que parecían moverse como serpientes vivas. No decía nada; no tenía necesidad. Pero sus ojos rojos y vacíos reflejaban un hambre insaciable. En su mano, fusionada con su carne, portaba la espada maldita Voracidad, que vibraba al sentir la magia de las armas de los héroes.
—Vaya, vaya... la cena viene a nosotros —rio Korvaxys. Su voz resonó como un eco desde las profundidades de una caverna—. ¿Creen que vuestro odio basta para pararnos? ¡El odio es mi banquete!
Kaidos y Kaelos no temblaron. Intercambiaron una mirada rápida, una comunicación silenciosa que solo aquellos hermanos de armas que han sangrado juntos pueden entender. Tú izquierda, yo derecha. Sin piedad.
Sabían que este no sería un combate de habilidad, sino de supervivencia. Korvaxys y Khaosys no eran enemigos comunes; eran fuerzas de la naturaleza, encarnaciones de la destrucción y el caos biológico.
—El odio puede ser tu banquete, demonio... pero será tu última cena —respondió Kaidos con una voz firme, grave y llena de determinación.
Alzó su espada bastarda, que brilló con una luz blanca intensa, lista para cobrar venganza por todo lo perdido en esta guerra.
Kaelos, por su parte, no gastó saliva. Hizo girar sus espadas gemelas en sus manos con una floritura técnica, el acero cantaba en el aire. Sabía que las palabras no importaban aquí; solo los cortes profundos contarían.
—¡AHORA!
Con un estallido de velocidad, Kaelos se lanzó como un rayo hacia Korvaxys, buscando superar la velocidad de mutación del demonio con su técnica de doble filo.
Simultáneamente, Kaidos cargó como un toro de asedio hacia Khaosys, su gran espada estaba preparada para chocar contra la legendaria Voracidad, dividiendo la batalla en dos frentes de cataclismo inminente.
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La risa de Korvaxys fue el preludio del desastre. Su brazo derecho, convertido en una guadaña de hueso negro y húmedo, cortó el aire con un silbido siniestro que rompió la barrera del sonido. Kaelos, con los reflejos agudizados por su reciente victoria, esquivó el primer golpe decapante con una agilidad felina, agachándose milímetros por debajo de la hoja ósea.
—¡Demasiado lento para ser un general! —gritó Kaelos.
Sus espadas gemelas buscaron los tendones expuestos en la axila de su enemigo. El acero cantó, encontrando carne. Pero para horror del espadachín, la carne de Korvaxys no se cortó; se movió. Los músculos del demonio se reacomodaron bajo la piel, atrapando la hoja de Kaelos por un instante antes de soltarla.
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Editado: 30.01.2026