Apocos minutos del amanecer, el aire en la ciudadela interior de Aqualis era denso, casi sólido. Estaba impregnado de un aroma a hierbas medicinales quemadas y cera derretida que apenas lograba disimular el olor metálico de la desesperación y la sangre seca de los heridos.
Las velas parpadeaban en cada esquina de la gran sala de piedra, proyectando sombras largas y danzantes sobre los muros, como si los espíritus de los muertos ya estuvieran congregándose. En el centro de la estancia, junto al Llanto Gemelo —un antiguo monumento funerario formado por un cristal dual de hielo eterno y fuego mágico que brillaba con una luz tenue—, los sobrevivientes se reunieron para honrar a aquellos que ya no estaban.
La noticia que Nyxoria había traído desde el frente, narrando con voz quebrada la caída de Kaidos y Kaelos, había dejado a todos en un estado de shock absoluto. Un silencio pesado llenaba la sala como una niebla espesa, sofocando cualquier intento de esperanza.
Elyra, vendada en el brazo y el costado, pero con el alma al descubierto, se sostenía a duras penas. Las lágrimas surcaban su rostro pálido al saber todo lo acontecido. Su cabello blanco estaba desordenado, y sus ojos azules parecían perderse en algún lugar lejano, como si buscara en el vacío una respuesta que nunca llegaría. No solo lloraba a los espadachines; el dolor por la muerte de su hermana Pyralis aún estaba en carne viva.
Eldrion, el Maestro Elemental que la había rescatado, permanecía cerca, observándola en silencio. El mago tejía pequeños destellos de energía cálida entre sus dedos, una magia sutil intentando mantener a raya el dolor colectivo y evitar que la Doncella de Hielo colapsara emocionalmente.
Fue entonces cuando Nyxoria rompió el silencio.
La asesina estaba sentada en un rincón, con la mirada perdida. Con movimientos mecánicos y precisos, limpiaba sus nuevas espadas, cuyas hojas aún brillaban con el residuo de sus luchas en el pantano. Ella era la única testigo, la portadora de la carga.
Su voz, fría pero cargada de una extraña empatía, resonó en la sala: —Él no quería lágrimas, Elyra... Kaidos dijo que brillarías. Quería que siguieras congelando el miedo, no ahogándote en él.
Elyra levantó la mirada hacia Nyxoria, sorprendida por sus palabras y por la dureza compasiva de la asesina. Por un momento, sus labios temblaron, queriendo replicar, pero luego asintió lentamente. Entendió el mensaje. Sin decir nada, dejó que una pequeña lágrima se congelara en su mejilla, convirtiéndose en un diamante de hielo, antes de volver a apretar sus puños con renovada fuerza.
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El sonido de pasos pesados anunció la llegada de Kralkor.
La figura del Coloso llenaba la entrada de la sala. Para poder entrar al recinto, había comprimido su forma, reduciéndose al tamaño de un humano alto, aunque su piel seguía teniendo la textura de la roca granítica y el calor del magma emanaba de sus grietas. Su presencia seguía siendo abrumadora, la gravedad parecía aumentar a su alrededor. Sus ojos, profundos como abismos geológicos, escudriñaron la sala, deteniéndose en cada rostro antes de hablar.
—Al anochecer... no quedará nada si fallamos —rugió Kralkor. Su voz profunda resonó como un trueno lejano en la sala, haciendo vibrar los cristales—. Pero esta mañana... honremos a los que ya no están. Ellos compraron este amanecer con su sangre.
Sus palabras cayeron como un manto solemne sobre los presentes. Uno a uno, los sobrevivientes se acercaron al Llanto Gemelo, dejando ofrendas simbólicas.
Aerthys, se acercó cojeando y colocó una flecha negra de Namarie. Un representante de los Ursath colocó un fragmento de la armadura quemada de Sam, recuperado por los exploradores. Eldrion depositó un fragmento del báculo de Seraphyne.
Finalmente, Elyra se acercó al cristal.
En sus manos sostenía la gran espada bastarda de Kaidos, la cual Nyxoria había recuperado del campo de batalla antes de huir. El arma pesaba, pero Elyra la sostenía con firmeza. Con un suspiro que pareció expulsar parte de su alma, la colocó frente al Llanto Gemelo, donde el hielo y el fuego se entrelazaban en un baile eterno.
Por un momento, pareció que el cristal brillaba con más intensidad, pulsando con una luz plateada, como si reconociera el sacrificio del Vagabundo.
—Descansa, viejo amigo... y tú también, hermana —susurró Elyra, su voz era apenas audible—. Su lucha no fue en vano. Juro que esta noche, el invierno caerá sobre ellos.
El silencio que siguió fue roto solo por el crepitar de las velas y el susurro del viento helado que se colaba por las grietas de las paredes de piedra. Pero en ese silencio, había una fuerza inquebrantable, una determinación silenciosa que unía a todos los presentes. Sabían que la noche traería consigo la batalla final, la extinción prometida, pero también sabían que, mientras el Llanto Gemelo brillara, la esperanza no se extinguiría del todo.
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Aerthys, sentada en un rincón penumbroso con su arco largo descansando sobre las rodillas, comenzó a hablar, su voz rompió la quietud como una hoja seca. Sus ojos verdes, normalmente vigilantes, brillaban ahora con una mezcla de nostalgia y tristeza profunda mientras miraba el lugar vacío donde debería estar Namarie.
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Editado: 30.01.2026