El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XLI: Un Motivo Por El Que Luchar

Antes de que el sol se ocultara por completo, bañando las torres de Aqualis en un rojo sangre presagioso, Eldrion convocó a una reunión final. No fue en la sala del trono, sino en un balcón apartado y reforzado de la ciudadela, lejos de los oídos de los soldados comunes.

Allí se reunió con los tres Dioses Antiguos. El aire estaba tan cargado de estática y tensión que se sentía pesado en los pulmones. El peso de la extinción inminente aplastaba cualquier protocolo. Sabían, con certeza matemática, que esta podría ser la última noche de la historia de Thalassara.

Eldrion miró a sus compañeros: Kralkor, Eryndor y Zha’thik.

—Ya no nos quedan más guerreros para hacerle frente a esta guerra —dijo Eldrion, rompiendo el silencio con voz grave, rasposa por el cansancio, pero llena de determinación—. Kaelos y Kaidos han caído. Namarie ha caído. Aetherion y Aethoniel también. Los ejércitos convencionales han sido aniquilados. Ustedes... ustedes tendrán que pelear sin restricciones.

Kralkor, el Coloso de la Montaña, comprimido en su forma humanoide, pero aun irradiando el calor de un volcán, cruzó sus brazos de piedra. Miró a Eldrion con ojos de magma que reflejaban tanto tristeza milenaria como resignación.

—Si lo hacemos, Eldrion, si desatamos nuestro verdadero poder contra Korvaxys y su creación... no quedará nada que defender —respondió Kralkor. Su voz resonó como un trueno distante, haciendo vibrar el suelo—. Nuestra pelea, a escala total, podría fracturar las placas tectónicas y destruir lo poco que queda de este mundo. Salvaremos la roca, pero mataremos a la vida.

Eldrion apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Su rostro, normalmente estoico, reflejaba una mezcla volátil de enojo e impotencia.

—¡Prefiero eso! —estalló el mago—. Si Thalassara está destinada a ser destruida, debería serlo por las manos de los dioses que le dieron forma, no por las manos de esas abominaciones oscuras. No podemos permitir que ellos sean los que acaben con todo lo que hemos construido y lo conviertan en un nido de demonios.

Zha’thik, quien permanecía sentado en posición de loto, intervino. Su piel azulada brillaba, ya estable y recuperado de la corrupción, aunque sus ojos conservaban una sombra de lo que había vivido.

—No podemos convertirnos en uno de ellos al destruir lo que amamos —dijo Zha’thik con una voz profunda, líquida y llena de determinación—. Yo estuve en la oscuridad, Eldrion. Sé lo que es perderse. Pero... estoy de acuerdo contigo en algo: lucharé hasta que no quede nada de mí. No permitiré que Thalassara caiga sin que yo haya vaciado mis océanos contra ellos.

♦️♦️♦️

La tarde avanzaba inexorablemente.

Abajo, en la ciudad, el sonido del viento trajo una melodía. Alguien, tal vez un bardo o un soldado con un laúd viejo, tocaba una canción folclórica lenta y triste. Era un intento desesperado por mantener viva la humanidad frente al fin. Se veían guerreros sentados en las plazas, limpiando sus armas o abrazando a sus familias, despidiéndose con la mirada, sabiendo que eran la última línea delgada entre la vida y el vacío.

Sin embargo, en el balcón, la conversación estratégica continuaba.

—La última batalla se llevará a cabo en la noche, que es cuando ese demonio puede usar su máximo poder sin las restricciones—dijo Eryndor.

El Espíritu del Bosque lucía traslúcido, casi fantasmal. Su luz verde parpadeaba débilmente. —Aunque intervengamos los tres... no creo que le podamos ganar por fuerza bruta.

Eldrion asintió con el rostro sombrío, mirando al espíritu. —Tú, Eryndor, no tendrías posibilidades en un choque directo —admitió Eldrion con brutal honestidad—. Desde que la guerra comenzó, has estado drenando tu esencia para curar a los heridos y mantener las barreras naturales. Tus energías no están ni al 60%.

El Mago Elemental se giró hacia la ciudad. —Yo también pelearé en el frente. Pero mi rol principal será defensivo. Delegaré a mis súbditos elementales más fuertes y crearé una Cúpula de Estasis para proteger la corteza de Thalassara, intentando que el daño colateral de su combate no parta el planeta en dos.

Eldrion suspiró, dejando caer los hombros por un segundo. —Sé que, aun estando yo minimizando daños, la pelea de ustedes tres podría destruir nuestro hogar. Sinceramente... me preocuparon cuando se enfrentaron entre ustedes hace días, y eso que solo fue para contener a Zha’thik. Contra Korvaxys será mil veces peor.

Kralkor miró hacia arriba, donde las primeras estrellas comenzaban a perforar el manto violeta del cielo. Su expresión era de una seriedad absoluta.

—Está bien, Eldrion. Nosotros también pelearemos con todo —rugió Kralkor—. Pero solo lo haremos bajo la premisa de que Thalassara ya no tiene nada más que perder. Será un todo o nada.

Eldrion lo miró fijamente. La pasividad y la resignación de los antiguos le quemaban la sangre. —¿Por qué actúan así, tan calmados ante el apocalipsis? —preguntó Eldrion, su voz estaba llena de exasperación—. ¿Acaso esperan un milagro caído del cielo?

El silencio que siguió fue pesado. La brisa nocturna agitó las capas.

Entonces, Eryndor levantó un dedo hecho de ramas secas y señaló hacia un punto vacío en el firmamento, donde ninguna estrella brillaba aún para el ojo humano.




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