El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XLII: La Última Resistencia

Los minutos se estiraron y la noche dominaba sobre la ciudad, teñida por el resplandor carmesí de una luna ahogada en magia de sangre. El aire vibraba, denso y pesado, como si el propio cielo contuviera el aliento ante la inminente catástrofe.

Dentro de los muros, Elyra se irguió. Su cabello blanco resplandecía bajo la luz lunar como una corona de hielo eterno. Cada paso que daba dejaba un rastro de escarcha que crujía bajo sus pies descalzos, una extensión fría de su propia alma. A su lado, Nyxoria emergió de la penumbra; sus espadas no reflejaban la luz, sino que parecían beberla, destellando con un filo letal capaz de cortar la misma oscuridad.

En las alturas, Aerthys tensó la cuerda de su arco. Sus manos temblaban ligeramente, un recordatorio involuntario de las pérdidas recientes, pero sus ojos, llenos de dolor y determinación, escudriñaban el horizonte buscando el instante preciso para liberar su furia.

—No luchamos por la victoria —dijo Elyra. Su voz resonó como un eco en el viento helado mientras miraba el cristal de Pyralis, donde aún latía un débil, casi imperceptible, pulso de energía—. Luchamos por ellos.

Nyxoria esbozó una sonrisa gélida, una expresión que mezclaba crueldad y una extraña admiración.

—Congélalos a todos, Doncella… hasta que el fuego de tu hermana los calcine desde dentro —respondió la asesina, adoptando su postura de combate.

En la retaguardia, Kralkor observaba cómo el espíritu del bosque, Eryndor, terminaba de sanar las heridas del oso devastador. Las manos translúcidas del sanador vertían un fulgor etéreo sobre Karkoth, cerrando los desgarros en su piel y devolviéndole el vigor.

—Mañana será tarde para lamentarse —rugió Kralkor, apretando los puños con tal fuerza que pequeñas grietas se abrieron en el suelo bajo sus botas—. Esta noche, pelearemos como nunca antes.

Cuando la primera línea de defensores cruzó las murallas, la tierra tembló. Korvaxys había mutado en una abominación: una amalgama de tentáculos espinosos, huesos afilados como cuchillas y una piel que parecía magma solidificado a punto de estallar. Sus ojos brillaban con un fulgor enfermizo y su risa, un sonido de placas tectónicas rompiéndose, retumbó en el aire.

Sin embargo, el verdadero horror aguardaba más allá.

Zha’thik y Kalysta intercambiaron una mirada. Sabían que enfrentar a Khra’gixx cerca de las murallas sería un suicidio táctico; su poder destructivo demolería las defensas y mataría a los aliados más débiles en un abrir y cerrar de ojos. Necesitaban espacio. Necesitaban el mar.

—¡Ahora! —gritó Kalysta.

Ambos se lanzaron no contra el enemigo, sino hacia el flanco abierto, corriendo hacia las aguas oscuras lejos de la playa principal. Zha’thik liberó una descarga de energía voltaica que iluminó la costa, un faro desafiante diseñado para insultar el orgullo del general enemigo. Kalysta, por su parte, arrojó su lanza con una precisión divina; el arma rozó el rostro de Khra’gixx antes de regresar mágicamente a su mano.

El mensaje fue claro: Si nos quieres, ven a buscarnos al abismo.

Khra’gixx, con su armadura resonando como un trueno, entendió el desafío. Su orgullo no le permitía ignorar tal insolencia. Con un rugido que levantó olas en la orilla, giró su inmensa masa corporal y cargó tras ellos, alejándose de la ciudad y adentrándose hacia el mar abierto, donde el agua le llegaría a la cintura y la lucha sería brutal.

Al ver a su líder moverse, Kalthok, intentó seguirlo para flanquear a los dos héroes. Dio un paso, envuelto en sombras, listo para interceptar a Kalysta por la espalda.

Pero no llegó lejos.

Una silueta borrosa cortó el aire frente a él. No hubo sonido de pasos, solo el siseo del acero rompiendo la barrera del sonido. Nyxoria se materializó en su camino, con sus hojas cruzadas bloqueando el avance del general oscuro. El impacto de las armas generó una onda de choque que dispersó la arena alrededor.

Elyra, que preparaba un hechizo de área, se detuvo un instante al ver la escena. Sus ojos se encontraron con los de Nyxoria. La asesina no miró atrás, sus ojos estaban fijos en Kalthok, el verdugo de Pyralis.

—Ve, Elyra, mantén la línea en la muralla —ordenó Nyxoria con una voz carente de emoción, fría como la tumba—. Este bastardo es mío.

Kalthok gruñó, intentando empujarla con su fuerza superior, pero Nyxoria era fluida como el humo.

—Tú mataste a Pyralis frente a sus ojos —susurró Nyxoria, lo suficientemente alto para que Elyra la escuchara antes de que el hielo cubriera su visión—. Hoy, esa deuda queda saldada. Su sangre reclama la tuya.

Con un movimiento casi invisible, Nyxoria desvió el arma de Kalthok y lanzó una estocada que obligó al general a retroceder, separándolo definitivamente de la batalla principal. Elyra, con el corazón encogido pero fortalecido por la promesa de venganza, asintió una sola vez.

♦️♦️♦️

En el corazón de la ciudad, Khaosys avanzaba. Sus pasos no solo golpeaban el suelo, sino que hacían temblar los cimientos de la realidad. Su cuerpo, una distorsión viviente, palpitaba grotescamente: bajo su piel oscura se podían ver los rostros agonizantes de Kaidos y Kaelos, cuyas esencias, atrapadas y consumidas, aullaban en un silencio ensordecedor desde las sombras que lo envolvían. El vacío no solo lo seguía; emanaba de él, devorando la luz de las antorchas y oscureciendo el empedrado a su paso.




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