Mientras la devastación consumía la ciudad, a kilómetros de allí, Nyxoria corría. Su cuerpo era una estela de sombras, devorando la distancia entre el Abismo de Coral y Aqualis con una urgencia desesperada. Pero entonces, el mundo tembló.
Un sonido agudo, como el aire siendo rasgado por una cuchilla gigante, la obligó a detenerse en seco y cubrirse.
Frente a ella, a unos cientos de metros, la tierra explotó en una línea recta perfecta. Un surco inmenso, profundo y humeante, se abrió en el suelo a una velocidad hipersónica. No era un ataque a distancia; era la estela de algo que se movía tan rápido que la realidad apenas podía registrarlo. La onda expansiva casi la engulle, lanzándola contra unos árboles petrificados.
Nyxoria se levantó, sacudiéndose la tierra, y miró la estela de destrucción que se dirigía directamente hacia la ciudad. Vio el brillo de una armadura oscura y un aura amarilla inconfundible alejándose en el horizonte.
—Khra’gixx... —susurró, y el color abandonó su rostro.
Si el Cazador de Sombras estaba libre y volando hacia Aqualis con esa calma arrogante, solo podía significar una cosa. Zha’thik y Kalysta habían caído. El silencio del mar a sus espaldas confirmó su temor. Ahora, el monstruo iba por los que quedaban.
En el corazón de la ciudad devastada, Kralkor se detuvo en medio de un golpe. Sintió un temblor profundo que no provenía de las placas tectónicas, sino de la misma alma del planeta. Era un dolor visceral, agudo y frío, como si las piedras de todo el mundo lloraran por una pérdida irreparable.
El coloso de roca cerró los ojos y, a través de su conexión con la tierra, vio lo inevitable: la luz de su viejo amigo se había extinguido. Zha’thik, el espíritu del mar con el que había moldeado los contornos de Thalassara en la era de la creación, había muerto.
—¡HERMANO!
Un rugido de dolor y rabia pura escapó de la garganta de Kralkor, resonando en el aire como un trueno distante que hizo vibrar los cimientos de las murallas restantes.
Pero no hubo tiempo para el luto. Más adelante, en las afueras, el cielo era un caos de colores y energía.
Eldrion, el Maestro Elemental, estaba librando su última danza. Flotando en el aire, sus manos se movían a una velocidad vertiginosa, invocando hechizo tras hechizo para contener a Korvaxys. —¡Cataclismo! —gritó Eldrion.
Dos columnas de fuego solar descendieron de los cielos, impactando directamente sobre el mutante. Seguido de esto, Eldrion invocó un muro de hielo absoluto para congelar el magma del enemigo, y finalizó atrayendo una roca del tamaño de un meteorito desde la atmósfera.
El impacto del meteorito contra Korvaxys fue devastador. La explosión creó un cráter que borró un barrio entero de la ciudad. Tormentas de rayos, granizo y fuego giraban alrededor del punto de impacto, una demostración de maestría mágica sin igual.
Sin embargo, cuando el humo se disipó, una figura salió caminando tranquilamente de entre las llamas. Korvaxys se sacudió el polvo de los hombros. Apenas tenía un rasguño. A pesar de la intensidad de la pelea, su respiración era calmada, casi aburrida.
—¿Eso es todo? —rugió Korvaxys, su voz estaba llena de un desprecio que heló la sangre del mago—. Pensé que me entretendrías más, hechicero, pero parece que me equivoqué. Eres tan frágil como el resto.
El aire cambió. La atmósfera se volvió pesada, casi irrespirable. Korvaxys decidió terminar el juego. —¡Contempla el verdadero poder!
Con un alarido, liberó sus limitadores. Su cuerpo se rodeó de un aura negra y carmesí tan densa que la luz del sol desapareció. La presión espiritual que emanó era aplastante: el equivalente a un Dios Superior de Rango 2. El suelo bajo sus pies se desintegró simplemente por su presencia.
Eldrion intentó levantar una barrera, pero fue inútil.
Con una velocidad imperceptible, Korvaxys desapareció. Reapareció instantáneamente frente a Eldrion, cara a cara. Antes de que el mago pudiera siquiera parpadear, la mano de Korvaxys, envuelta en energía corrupta, atravesó su pecho, perforando su corazón y saliendo por la espalda.
—Adiós, "maestro" —susurró el mutante.
Korvaxys inyectó un hechizo corrosivo directamente en el torrente sanguíneo de Eldrion. El mago cayó al suelo, su cuerpo se retorcía mientras la magia oscura lo consumía desde dentro, quemando sus órganos y su esencia. Eldrion, con la vista nublada y la vida escapándosele por la boca en hilos de sangre, giró la cabeza hacia donde estaba su aliado.
—Ve… Kralkor… —susurró con su último aliento, su voz resonaba en la mente del coloso como un eco lejano—. Salva… lo que queda.
Los ojos de Eldrion se apagaron. El Maestro Elemental había caído.
♦️♦️♦️
Con un rugido ensordecedor que mezclaba duelo y furia, Kralkor apretó los puños hasta que pequeñas grietas dimensionales aparecieron en el aire a su alrededor. No había tiempo para lamentos; Thalassara estaba al borde del colapso total.
A su lado, Karkoth, el Oso Devastador, ignoró el miedo y cargó con una furia incontenible hacia Khaosys. El devorador de almas se reía, su cuerpo se regeneraba de heridas anteriores. —¡No te rías, bastardo! —bramó Karkoth.
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Editado: 30.01.2026