Elyra, maltrecha pero indomable, se mantenía en pie únicamente por pura fuerza de voluntad. Su cuerpo temblaba violentamente; las heridas que Khaosys le había infligido anteriormente ardían como fuego bajo su piel, y su reserva de maná estaba peligrosamente cerca del cero absoluto. Sin embargo, su espíritu permanecía glacial, intacto.
Con un suspiro que empañó el aire viciado de sangre y ceniza, canalizó lo último de su esencia vital. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas, pero sus manos siguieron alzadas, brillando con un frío tan intenso que el aire a su alrededor se cristalizó instantáneamente, formando delicados y complejos patrones de escarcha que caían al suelo como lágrimas heladas.
Frente a ella, Karkoth era una muralla de furia y pelo ensangrentado. El último Ursath rugía, despedazando a la horda de no-muertos que se abalanzaba sobre la hechicera caída. Eran miles, una marea de huesos que caía bajo sus garras pero que, por puro número, amenazaba con sepultarlos. El tiempo jugaba en su contra.
—Esto no termina aquí —murmuró Elyra, su voz sonaba como un eco frío y resuelto mientras la visión se le nublaba. Sus ojos, fijos en Korvaxys, intentaban mantener el hechizo de ralentización, pero sentía cómo el monstruo empezaba a liberarse—. Lucharemos hasta que no quede aliento en nuestros cuerpos, hasta que la luz se extinga o la oscuridad retroceda.
Pero la oscuridad no retrocedía; evolucionaba.
A unos metros de distancia, Korvaxys se alzaba como una abominación indescriptible, una pesadilla hecha carne que se adaptaba al combate en tiempo real. Al sentir que la presión helada de Elyra disminuía por el agotamiento, dejó de luchar contra el frío y cambió de táctica. Su cuerpo comenzó a rodearse de energía oscura densa, comprimiéndose en un escudo esférico pequeño pero impenetrable. Sus ojos fracturados parpadeaban con luces enfermizas y sus garras, afiladas como cuchillas de obsidiana, rasgaban el tejido de la realidad con cada micro-movimiento.
Ya no necesitaba moverse rápido. Su poder, corrupto y desbordante, comenzó a emanar en oleadas gravitatorias que distorsionaban el espacio, atrayendo a sus víctimas hacia él. Se preparaba para ejecutar una matanza estática.
En ese instante, el hechizo de Elyra se rompió. La maga colapsó sobre el barro, jadeando.
La barrera de frío desapareció. Korvaxys sonrió.
Frente a él, Eryndor, el Espíritu del Bosque, comprendió que era el único que quedaba en la línea frontal capaz de interceptar el ataque inminente. Luchaba con la tenacidad de quien sabe que está librando su última batalla.
—¡Raíces de los Antiguos! —gritó Eryndor.
Invocó zarcillos gigantes del suelo, pero las raíces salían ya moribundas, grises y quebradizas, incapaces de soportar la atmósfera tóxica de Korvaxys. Lograron ralentizar a la bestia por una fracción de segundo, desvaneciéndose en polvo antes de poder cumplir su propósito de inmovilizarlo.
Korvaxys, impaciente y ansioso por acabar con la molestia naturalista, rompió la formación. Con un rugido que resonó como un trueno distorsionado, ignoró a Nyxoria —que intentaba flanquearlo— y se lanzó en línea recta a través de la defensa rota.
Fue un movimiento brutal y definitivo.
Antes de que Eryndor pudiera levantar una barrera de corteza, Korvaxys estaba sobre él. El demonio clavó una de sus garras mutadas directamente en el pecho del Espíritu del Bosque, perforando su carne de madera y luz con una precisión cruel, atravesándolo de lado a lado.
—¡Terminaré con tu sufrimiento! —rugió el demonio, su voz fue un eco retorcido que heló la sangre de Elyra y Karkoth.
El tiempo pareció detenerse en el campo de batalla.
Eryndor no gritó. Sangre dorada, savia divina, brotó de sus labios y de la herida fatal. Sin embargo, no mostró miedo. Sus ojos verdes, llenos de una serenidad inquebrantable y antigua, se encontraron con los orbes fracturados de su enemigo. No había odio en su mirada, solo una aceptación triste.
Con un susurro apenas audible, pero cargado de un significado profundo que vibró en la tierra misma, pronunció sus últimas palabras:
—Dejo el resto en tus manos… Kralkor… —murmuró, enviando un último pulso mental a su hermano de armas, sabiendo que, incluso en la derrota, había cumplido su misión: ganar tiempo y exponer el núcleo de la bestia para los demás.
Antes de desplomarse, Eryndor hizo un último movimiento. Sus dedos temblorosos se cerraron alrededor de algo en su pecho: una pequeña semilla de cristal que brilló brevemente con una luz pura, como si atesorara el último aliento de esperanza del planeta, protegiéndola de la corrupción de Korvaxys.
Korvaxys retiró su garra bruscamente, dejando caer al guardián.
El cuerpo de Eryndor no golpeó el suelo con peso muerto. Al tocar la tierra, comenzó a deshacerse. Se transformó en un remolino de miles de hojas doradas y verdes que brillaron intensamente, cegando momentáneamente al enemigo. Las hojas ascendieron hacia el cielo negro en una columna de energía, convirtiéndose en partículas de luz pura, tal como había sucedido con Zha’thik.
El Espíritu del Bosque se había ido, llevándose consigo el eco silencioso de su sacrificio, pero dejando atrás un mundo que lloraba su partida.
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Editado: 30.01.2026