Thalassara ya no era un planeta; era un cadáver cósmico flotando a la deriva en el frío vacío. Lo que quedaba de su atmósfera se había disipado, exponiendo la superficie al silencio eterno del espacio. Los océanos, otrora vastos y llenos de vida, se habían evaporado instantáneamente, dejando atrás abismos secos y cicatrices de sal vitrificada. Las montañas, que alguna vez tocaron el cielo, eran ahora nubes de polvo y rocas del tamaño de islas suspendidas en gravedad cero, un testimonio silencioso y brutal de la aniquilación.
En el centro de este cementerio orbital, el núcleo del mundo brillaba expuesto: una herida abierta, una estrella moribunda que sangraba energía magmática y oscura como venas destrozadas. Era un espectáculo de agonía planetaria, una bomba de tiempo detenida a un segundo de la obliteración total.
Sobre una placa tectónica flotante, las dos únicas figuras que quedaban en el sistema solar se miraban. Vhorix, el Devorador del Tiempo, cuya armadura negra no reflejaba la luz de las estrellas, sino que la absorbía como un horizonte de sucesos. Y Khra’gixx, el Cazador de las Sombras, cuya forma final irradiaba una energía tan densa que el espacio a su alrededor se curvaba.
Khra’gixx desapareció. No hubo sonido, pues no había aire para transmitirlo. Con un movimiento tan rápido que desafió las leyes de la física y la percepción divina, reapareció a centímetros del rostro de Vhorix, con una sonrisa burlona retorciendo sus facciones.
—Parece que alguien llegó muy tarde a su misión —rugió Khra’gixx, su voz se transmitía psíquicamente, cargada de desprecio—. Todos tus pequeños amigos están muertos. Pero no te preocupes, me encargaré de que esta sea tu última falla.
Vhorix, imperturbable como una estatua tallada en el inicio de los tiempos, no parpadeó. Sus ojos, fríos, calculadores y violetas, se clavaron en los del demonio. Bloqueó el golpe de Khra’gixx con el antebrazo, generando una onda expansiva que pulverizó un asteroide cercano.
—Esta es mi última misión, en efecto. Pero no por las razones que tu mente limitada imagina —respondió con una calma aterradora, antes de lanzarse al ataque.
El choque fue el Big Bang de Thalassara.
La batalla alcanzó instantáneamente un nivel de destrucción que hizo parecer las peleas anteriores como juegos de niños. Cuando sus armas chocaron, la fuerza del impacto partió el hemisferio sur del planeta en tres pedazos gigantescos que comenzaron a alejarse hacia el espacio profundo. El núcleo, esa esfera de destrucción inminente, vibraba violentamente. Debería haber explotado hace minutos, borrando el sistema solar, pero no lo hacía. Vhorix lo había envuelto en una burbuja de estasis temporal, congelando su detonación en un "eterno segundo" para tener tiempo de matar al demonio.
Khra’gixx lanzó una ráfaga de garras de vacío. Vhorix respondió con cortes que separaban el presente del pasado. Fragmentos del planeta, continentes enteros calcinados, salieron disparados como metralla hacia el sistema solar, chocando contra otros planetas vecinos. Pero a ninguno de los dos le importaba.
Khra’gixx reía. Por primera vez, sentía resistencia. Se vio obligado a liberar su máximo poder real. Su aura creció hasta envolver el horizonte, una oscuridad viviente que devoraba la realidad. —¡Esto es lo que buscaba! —gritó, extasiado—. ¡Ni siquiera los dioses antiguos me obligaron a usar el 100%!
Se lanzó contra Vhorix a una velocidad que superaba la luz. Golpeó, golpeó y golpeó. Vhorix recibía impactos, su armadura crujía, pero lograba desviar los golpes letales moviéndose en micro-saltos temporales, ajustando su propia línea de tiempo para predecir los movimientos del cazador.
Khra’gixx, notando que Vhorix manipulaba la cronología para igualar su velocidad física superior, decidió provocarlo. Frenó en seco sobre un fragmento de corteza flotante.
—¿Crees que el tiempo me asusta, relojero? —rugió, sus garras brillaron con el fulgor corrupto y rojizo del núcleo expuesto—. ¡El tiempo es solo un juguete para los débiles que necesitan más segundos para vivir! ¡Yo soy eterno!
Vhorix no respondió con palabras. Con un pensamiento, giró lentamente el Reloj de Arena del Infinito que colgaba de su cintura, un artefacto que contenía las arenas de universos muertos.
El cosmos contuvo el aliento. El tiempo se dobló. Se rompió. Y se detuvo.
El campo de batalla quedó congelado en una fotografía gris. Las explosiones de magma se detuvieron en el aire, convertidas en esculturas de fuego estático. Los rayos de energía se quedaron suspendidos como lanzas de luz sólida. El polvo dejó de flotar. Un silencio absoluto, más profundo que la muerte, llenó el vacío.
En ese mundo detenido, solo Vhorix se movía. Avanzó con pasos deliberados hacia el demonio congelado en medio de una carcajada. Cada paso de Vhorix resonaba como un latido de supernova en la quietud. Levantó su espada de ébano temporal, una hoja paradójica que existía en múltiples instantes a la vez, vibrando en todas las realidades posibles.
—El tiempo no es un juguete—susurró Vhorix, apuntando la punta de la espada directamente al corazón expuesto del Cazador de Sombras—. Es el juez final. Y tu sentencia ha llegado.
Vhorix tensó los músculos para el golpe de gracia, sabiendo que en el momento en que su espada tocara la carne del demonio, el tiempo se reanudaría con la violencia de mil tormentas acumuladas.
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Editado: 30.01.2026