El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 1 - LA PUERTA

Cuatro soldados corrían, sus botas golpeaban el terreno desparejo mientras la luz roja del atardecer teñía sus armaduras antiguas. Espadas y arcos rebotaban en sus espaldas con cada zancada. Las nubes sobre sus cabezas ardían como brasas apagándose detrás de las montañas, dándole un marco dramático.

Pero nada en esa escena tenía un aire heroico.

Más bien parecía una retirada forzosa.
La tensión en sus rostros, las miradas que lanzaban hacia atrás a cada rato, la respiración agitada… todo hablaba de miedo.
(Un soldado que confía en que su espalda está cubierta no mira hacia atrás).

La lluvia comenzó sin aviso: gruesa, helada, insistente.
El cielo se cerró de golpe y la oscuridad los envolvió con una crudeza casi hostil. Aun así, los soldados siguieron avanzando. Estaban exhaustos, tambaleantes, pero sabían que detenerse significaba entregarse al enemigo que les pisaba los talones.

La sensación de ser observados se volvió casi insoportable.
Un escalofrío recorrió al grupo.
Habían entrado en una emboscada… y lo sabían.

Un silbido cortó el aire.
Después, el cielo vomitó flechas.

La lluvia de proyectiles los obligó a acelerar su paso. Los alcanzaron sin misericordia, obligándolos a formar una línea defensiva improvisada. Los escudos temblaron, sobrevivieron a las flechas, pero el clima, las heridas y el cansancio se combinaron contra ellos. No había forma de resistir.

Desde la penumbra surgieron figuras encapuchadas, cubiertas por túnicas rústicas, tan gruesas que impedían distinguir cualquier rasgo humano. Parecían deslizarse más que caminar. Los rodearon sin esfuerzo, y, uno a uno, los soldados fueron sometidos.

Un trueno estalló.
El mundo se disolvió.

Epiluke se despertó con un sobresalto.
El corazón le golpeaba el pecho como si hubiera corrido junto a aquellos hombres.
Por un momento no supo dónde estaba —hasta que vio la lluvia golpear la enorme ventana de cristal que ocupaba casi toda la pared.

Respiró hondo. Solo fue un sueño, solo… un sueño.

Pero había sido tan real.

Intentó volver a dormirse. No lo consiguió enseguida.
Finalmente, la fatiga lo venció, sin que supiera que ese sueño —esa visión— marcaría el comienzo de una vida completamente distinta.

La mañana amaneció tranquila.
En la cocina, Epiluke desayunaba con sus padres, que discutían distraídamente sobre los gastos del mes. Él apenas escuchaba. Masticaba despacio, esforzándose por recordar el sueño, pero cuanto más se concentraba, más se escapaba. Solo quedaba el eco de la lluvia y una sensación extraña, como si hubiese olvidado algo importante.

—¿Cómo se hace para recordar un sueño? —susurró.
Sus padres no lo oyeron.

Camino a la escuela avanzó muy despacio, con el ceño fruncido. Algo dentro de él lo inquietaba. No era ansiedad, ni miedo, ni tristeza. Era algo… distinto.
Algo que lo llamaba.

Durante toda la semana estuvo distraído, apagado. Sus maestros le preguntaron varias veces si se sentía bien. Él solo asentía.

Al volver a casa, sus padres lo recibieron preocupados.

—¿Pasó algo en la escuela?
—No —respondió él, sin tensión, pero sin ganas de hablar.
—Entonces, ¿qué te tiene así?
—Es como si hubiera olvidado algo importante —dijo Epiluke—, y no puedo recordarlo.

Sus padres se miraron, un poco más preocupados, nunca habían visto a su hijo así.
A la hora de la cena, intentaron animarlo con un plan divertido.

—¿Qué les parece si mañana vamos al nuevo parque de diversiones? —propuso el padre—. Es sábado, no habrá clases.

—¡Sííí! —gritó la hermana menor, radiante de emoción.

Epiluke levantó la vista.
Quizás una salida ayudaría.

—Claro —respondió, provocando una sonrisa en ambos padres.

Esa noche, acostado en la oscuridad de su cuarto, Epiluke hizo algo que nunca había hecho.

Miró al techo, cerró los ojos y susurró:

—Dios… si existes… te pido que te lleves esta inquietud. Dame descanso. No puedo seguir así, no logro concentrarme y mi familia se preocupa.

Mientras hablaba, un rostro desconocido —amable, sereno— apareció en su mente.
No lo había visto jamás, pero su mirada transmitía paz…
Y algo en él le resultaba extrañamente familiar.

Durmió profundamente por primera vez en días.

La mañana siguiente fue luminosa.
La familia se puso en camino hacia el nuevo parque. Desde lejos se veía un arco gigantesco con su nombre pintado en letras grandes: “Espíritus Guerreros”.

A Epiluke le provocó un pinchazo en el pecho, un sentimiento que no supo nombrar. Era como si todo su cuerpo se pusiera en alerta, aunque sin entender por qué.

El día pasó entre juegos, risas y comidas. Epiluke empezó a relajarse y hasta sonrió como siempre. El cielo comenzó a nublarse lentamente. La familia no le dio importancia.

Al atardecer, sentados sobre una manta frente a un pequeño lago rodeado de árboles, Epiluke notó algo, una casita de color gris oscuro, diminuta, como una casa de muñecas.
Extraña; sin embargo, la ignoró.

—Todavía hay juegos que no probé —dijo de repente.

—Ve, te esperamos aquí —respondió su mamá.

Corrió buscando los juegos pendientes, jugó y se divirtió. Por fin una sonrisa empezaba a verse de manera constante.
Cuando regresaba hacia su familia, vio algo en la colina que marcaba el límite del parque. Una puerta ancha, de madera, extrañamente solitaria.

Una puerta que parecía sin sentido, como si no perteneciera allí.

Le dio curiosidad y se acercó. Era una puerta doble, vieja, pero de madera sólida.
Y tenía una inscripción.

Epiluke la leyó en voz baja:

“La inquietud de tu corazón fue sembrada para que atravieses la puerta a una nueva vida”.

Sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.

Un trueno sonó.
La lluvia comenzó a caer furiosa.




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