El Eco De Los Fragmentados

AGRADECIMIENTOS Y PRÓLOGO

AGRADECIMIENTOS

A mi Eser de la vida real, que me enseñó que un corazón que se rinde por amor es libre,

y que quien vive esclavo de las reglas jamás lo será.

A mi familia, que estuvo ahí incluso cuando yo mismo no sabía cómo seguir.

Y a cada lector, con el deseo sincero de que encuentres en estas páginas algo más que una historia.

PRÓLOGO

El mundo amaneció.

El tiempo echó a correr, las estrellas reclamaron su lugar y los océanos aprendieron sus límites. Fue un instante de pureza absoluta: la creación, un lienzo infinito de luz. Pero cuando la obra parecía perfecta, surgió una fisura silenciosa.

No hubo violencia. Solo una elección.

Los primeros guardianes decidieron dividirse. Unos se alzaron como guías de una luz ofrecida voluntariamente. Los otros eligieron un camino más severo, convencidos de que el orden debía sostenerse incluso contra la voluntad. Descubrieron una verdad oscura: el miedo, la culpa y las heridas no resueltas modelaban a los seres vivos con mayor rapidez que la espera paciente de una elección libre. ¿Por qué aguardar, cuando el temor ofrecía obediencia inmediata?

El equilibrio se resquebrajó.

De un lienzo perfecto, el mundo pasó a ser un territorio dividido, un campo de batalla por lo único que realmente valía la conquista: el corazón humano.

Entonces surgieron los fragmentos.

No eran simples restos, sino partes del alma humana desprendidas por aquello que no pudo cerrarse; por lo que fue negado, silenciado o abandonado demasiado pronto. Algunos fragmentos cayeron lejos, enterrándose en la dimensión espiritual como semillas dormidas. Otros aprendieron a ocultarse en los rincones más oscuros de la mente, alimentándose de miedos sin nombre.

Estas fracturas no desaparecieron. Pulsaron a través de las eras.

Los siglos pasaron como páginas al viento. Imperios nacieron en sangre y se disolvieron en polvo, creyendo que sus guerras eran por territorio, ignorando que la verdadera disputa ocurría en lo invisible. La humanidad avanzó convencida de que el equilibrio era eterno. Pero las heridas de la insurrección no sanaron; solo aguardaron latentes, como brasas bajo la ceniza.

Hasta que comenzaron los sueños.

Visiones que ardían al despertar, dejando un peso en el pecho y un eco persistente en el alma. Cuando el cielo comenzó a oscurecer sin causa aparente, la humanidad prefirió ignorar la señal. Pero cuando los fragmentos comenzaron a llamar —primero como un tirón sutil, luego como un clamor imposible de acallar—, ya no fue posible fingir.

Toda historia que se niega a morir encuentra la forma de volver. Toda herida escondida reclama ser vista. La insurrección despertó otra vez.

Abad abrió los ojos.

Su hambre seguía intacta, y ahora tenía un rastro hacia aquello que siempre había codiciado. Ese eco empezó a resonar en algunas almas. Las suficientes como para que el tablero empezara a moverse.

Y así, en este nuevo amanecer de sombras y luz, la lucha por la redención no inició con espadas ni con hechizos, sino con una verdad olvidada: el equilibrio no se hereda, se conquista; y nadie puede reclamar el mundo si primero no se atreve a conquistarse a sí mismo.

El eco atraviesa las dimensiones. La pregunta ya no es si habrá respuesta, sino quién llegará primero y qué precio pagará.




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