El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 1 - LA PUERTA

Epiluke corría, pero sus pies apenas tocaban el suelo. El terreno era vidrio negro roto, cada paso un crujido que le subía por los huesos.

Tres sombras con forma humana corrían con él. No podía verles las caras, solo sabía que eran ellos. Siempre habían sido ellos.

La lluvia empezó a caer. No era agua. Era roja, caliente al principio, luego helada como cuchillas líquidas. Le quemaba la nuca, le entraba en los ojos, sabía a hierro y ceniza.

Un silbido cruzó el aire. No una flecha. Muchas. Líneas negras que dejaban estelas de nada. Una rozó su brazo y el dolor fue luz que se escapaba, dorada y enferma.

Alguien gritó. No supo quién.

Las figuras encapuchadas no corrían. Caminaban. Sus túnicas absorbían la lluvia roja sin mojarse, como si la sangre del cielo fuera su alimento.

Una voz llegó desde todas partes y desde ningún lado:

—No importa cuánto corran. Abad ya los contó.

El nombre cayó como plomo en el pecho. El corazón le dio un golpe seco, tan fuerte que pensó que se le salía por la boca.

Entonces las cadenas aparecieron. No metal. Sombra viva. Fría. Inteligente. Se enroscaron en las muñecas, en los tobillos, en el cuello. Tiraron hacia atrás con fuerza lenta, segura, como si el tiempo mismo estuviera de su lado.

A lo lejos, un castillo que nunca se acercaba. Sus torres parpadeaban como velas agonizantes.

Y entonces lo vio.

Una silueta inmensa recortada contra el cielo enfermo. Una cadena enorme colgaba de su mano, balanceándose como un péndulo de ejecución. Más grande que cualquier pesadilla. Sus ojos eran dos brasas muertas que aún ardían lo suficiente para mirar directamente al alma.

Un trueno estalló tan cerca que el mundo pareció partirse.

El agua se volvió densa, un ruido blanco que ahogó todo lo demás.

Y todo se deshizo.

Epiluke se despertó con un sobresalto.

El corazón le golpeaba el pecho con violencia, como si hubiera corrido junto a aquellos hombres. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. La oscuridad de su habitación lo envolvía, rota apenas por los destellos de la lluvia golpeando la enorme ventana de cristal.

Apoyó una mano en el pecho.
Le temblaban los dedos.

Y un nombre seguía resonando, suave pero imposible de callar.

Abad.

Respiró hondo. Una vez. Dos.

Era su cuarto.
Era su casa.

—Solo fue un sueño… —murmuró.

Pero el cuerpo no parecía convencido.

Intentó recordar el sueño, pero solo encontró huecos. Imágenes rotas. Sensaciones sin forma.

Tardó en volver a dormirse. Y cuando lo hizo, no soñó nada más. Aun así, al despertar, la inquietud seguía allí. No como un pensamiento, sino como una presión baja, constante, alojada detrás del esternón.

En la cocina, el aroma del café llenaba el aire. Miguel revisaba unas cuentas apoyadas sobre la mesa, frunciendo el ceño con la concentración de quien intenta que todo encaje. Sara se movía entre la mesada y la heladera, atenta incluso a lo que no se decía. Lux hablaba sin parar, saltando de tema en tema, mientras Aurora desayunaba en silencio, observándolo por encima de la taza.

—Los gastos del mes se fueron un poco —dijo Miguel—. Vamos a tener que ajustar.

—Ya lo veremos —respondió Sara, sin mirarlo—. Primero desayunemos.

Epiluke masticaba despacio. El sabor le resultaba apagado.

Sara dejó la jarra de café sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Miró a Epiluke de reojo mientras servía la leche en el bowl de Lux.

—Otra vez con ojeras de mapache —dijo, como si estuviera hablando del clima—. ¿Te quedaste hasta las tres mirando el techo o qué?

Epiluke se encogió de hombros.

—No sé. Me desperté y ya no pude volver a dormir bien.

Sara se quedó un segundo con la cuchara en el aire, observándolo. No era una mirada de reproche, era más bien de cansancio compartido.

—Anoche te escuché dar vueltas. Parecías un perro enjaulado. —Bajó la voz un poco—. Si es por lo de la semana pasada con los chicos del colegio, ya pasó, ¿no?

—No es eso —respondió él, demasiado rápido.

Sara no insistió, pero tampoco apartó la mirada. Solo asintió despacio y volvió a la mesada.

—Entonces come algo decente, que estás como un fantasma.

Lux levantó la cabeza del celular.

—Parece zombie, no fantasma.

Aurora soltó una risa corta, casi inaudible, pero no dijo nada.

Durante el camino a la escuela, la lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto. Epiluke caminaba más despacio de lo habitual. Los ruidos de la calle le llegaban amortiguados, como si algo invisible los filtrara.

Durante la semana estuvo distraído. Le costaba sostener la atención.

Cada vez que intentaba concentrarse, tenía la certeza de haber soñado algo importante… y la frustración inmediata de no poder recordarlo.

El cuaderno de Epiluke se llenó de garabatos de flechas, sombras y cadenas en lugar de apuntes de álgebra. Ni siquiera el llamado de los profesores lograba sacarlo de aquel barro mental

No sabía qué decir.

Al volver a casa, sus padres lo esperaban.

Miguel estaba sacando las cosas del auto cuando Epiluke bajó. No lo miró directamente, sino que habló mientras cerraba la puerta con el codo.

—Hoy te llamó el profe de matemáticas. Otra vez. Está preocupado, dice que tu cuerpo está sentado ahí pero tu mente está en la luna.

Epiluke se quedó mirando el cordón de la vereda.

—No es por matemáticas.

Miguel resopló, no de enojo, sino de quien ya pasó por esto varias veces.

—Claro, nunca es por matemáticas. —Cargó la mochila al hombro y caminó hacia la casa—. Mira, si es por otra cosa, podés decirlo cuando quieras. Pero no traigas cara de funeral todos los días, que tu madre ya tiene suficiente con las cosas de la casa y tu hermana menor.

Epiluke lo siguió en silencio. Al entrar, Miguel dejó las llaves en la mesita y agregó, casi para sí mismo:

—O si es por lo de Aurora, podés preguntarle. No te quedes pensando.




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