El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 2 - EL OTRO LADO

Epiluke atravesó la puerta.

El cambio fue inmediato y absoluto.

Del otro lado no llovía.

El cielo estaba oscuro, silencioso, profundo, pero sin una sola gota de agua cayendo. Parecía de noche, pero no había luna ni estrellas, aunque todo estaba tenuemente iluminado. El aire era fresco, casi frío, y olía a piedra húmeda y a algo indefinible, como ozono después de un relámpago lejano. Giró la cabeza y, a través de la puerta entreabierta, vio la tormenta del parque caer con violencia, como si estuviera mirando a través de una ventana. El agua golpeaba el suelo, las figuras humanas corrían buscando refugio, los árboles se sacudían bajo el viento. El sonido de la lluvia era un murmullo lejano, amortiguado, como si perteneciera a otro universo.

Sin duda, aquel lugar no era normal.

Con un temblor en la mano, empujó la madera. El pestillo encajó con un clic metálico y la visión del parque se extinguió. Estaba solo.

—No hay vuelta atrás —susurró, y su voz no produjo eco, como si el aire se tragara las palabras.

La calma del nuevo espacio lo envolvió por completo, y recién entonces se dio cuenta de que le temblaban las piernas. Bajó unos pasos, respirando con cuidado, tratando de convencerse de que no estaba soñando. El suelo bajo sus pies era firme, áspero, real. Avanzó por unos escalones de piedra que se hundían en una tierra grisácea y fina. A pocos metros, un cartel de madera oscura emergía del suelo. En su centro, un emblema circular lo hipnotizó: cuatro espirales entrelazadas de colores marrón, azul, rojo y amarillo. Tierra, Agua, Fuego y Aire. Los símbolos no estaban pintados; parecían tallados por el flujo de los elementos mismos.

Un sendero nacía detrás del cartel, una cinta de piedra pálida que serpenteaba hacia una oscuridad que no inspiraba miedo, sino una curiosidad punzante. Era como si estuviera viva. Epiluke se inclinó, fascinado por la textura de los espirales, cuando un sonido metálico rompió la calma.

Pasos. Rítmicos, pesados, reales.

Levantó levemente la mirada. Como si el pequeño cartel pudiera esconderlo.

Una figura apareció caminando por el sendero. Armadura antigua, capa que parecía absorber la luz tenue, espada al cinto. No era exactamente como en el sueño, pero algo en su silueta —el movimiento fluido, la presencia imponente— resonaba con las sombras que había visto correr a su lado. Era como si aquellas formas vagas del sueño hubieran tomado cuerpo sólido aquí.

El soldado se detuvo a tres metros y lo miró con calma, casi con alivio.

Epiluke quedó paralizado, con el aire atorado en la garganta.

—Tengo que llevarte con Eser —dijo el soldado. Su voz era profunda, con la resonancia de quien está acostumbrado a dar órdenes en medio del caos.

—¿Qué? —atinó a responder Epiluke, retrocediendo un paso—. ¿Quién es Eser? ¿Dónde estoy?

El soldado no respondió con palabras. Extendió su guantelete y tocó el centro del círculo de colores en el cartel. Al contacto, las espirales brillaron levemente. Se veía en su muñeca una cicatriz, como una quemadura.

—Eser —repitió, como si el nombre fuera una explicación suficiente para todo el universo.

Epiluke tragó saliva, mirando el camino y luego al guerrero. El tirón en su pecho, aquel que había sentido frente a la puerta del parque, se intensificó. No era una amenaza; era una invitación.

—Ok… —murmuró.

Comenzaron a caminar.

La oscuridad no era absoluta: un brillo suave, sin fuente visible, mantenía todo ligeramente iluminado, como si la propia piedra respirara luz tenue. El aire era fresco, húmedo, silencioso. Epiluke tenía mil preguntas, pero la lengua se le trababa.

—¿Quién eres? —preguntó al fin.

—Eser responderá tus preguntas —dijo el soldado con una sonrisa pequeña, casi fraternal—. Por ahora, camina. No es seguro quedarse quieto.

De pronto, el soldado se detuvo en seco. Su mano voló a la empuñadura de su espada. Frunció el ceño, escudriñando los peñascos que flanqueaban el sendero. Había algo en el aire, una vibración de calor súbito que hizo que el vello de los brazos de Epiluke se erizara.

—Abajo —ordenó el guerrero.

Se agacharon detrás de una formación rocosa.

El soldado levantó la mano, señal de silencio absoluto. El aire se calentó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta al infierno. Epiluke sintió que el sudor le brotaba en la nuca antes de que el sonido llegara. Y entonces vino: un bramido que hizo temblar la roca bajo sus rodillas.

Sobre sus cabezas, un dragón envuelto en llamas vivas cruzó el cielo a vuelo rasante. No tenía escamas; su cuerpo era puro fuego líquido que dejaba una estela de brasas en el aire frío.

Epiluke soltó un grito ahogado, cubriéndose la cabeza. El calor fue tan intenso que sintió que sus pestañas se chamuscaban.

—¿Qué demonios es eso? —jadeó, temblando.

—Un elemental de fuego de alto rango —respondió el soldado, con los ojos fijos en la estela roja—. Están inquietos. Antes custodiaban el equilibrio… ahora solo obedecen el hambre de Abad. Y esa hambre nunca se sacia. Están buscando fragmentos. Parece que se aleja. Avancemos, ahora.

El ritmo de la marcha se volvió frenético. Poco después, encontraron un cuerpo tendido entre los arbustos plateados. Era otro soldado, pero su armadura estaba fundida en el hombro y su piel mostraba quemaduras atroces. Estaba inconsciente, con el rostro contraído por un dolor que no lo abandonaba ni en el desmayo.

—Está vivo —dijo el guía tras comprobarle el pulso—. Lo llevaremos con Eser. No podemos dejar a nadie atrás mientras las sombras acechen.

Cargó al herido sobre sus hombros con una fuerza sobrehumana y continuaron hasta que el sendero se abrió a un valle que desafiaba la imaginación. Allí, incrustado en la base de una montaña colosal, se alzaba el castillo. No estaba construido sobre la roca, sino que parecía haber sido soñado dentro de ella. Torres de basalto se fundían con estalactitas gigantes, y miles de luces azules parpadeaban en las ventanas como estrellas cautivas.




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