El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 3 - EL LIBRO

La habitación de Epiluke se había convertido en un santuario de sombras. El silencio de la noche no era pacífico; era una expectativa tensa, como la cuerda de un arco a punto de romperse. Estaba a punto de dejarse vencer por el cansancio cuando escuchó el primer sonido.

Tac.

Se incorporó en la cama de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. El sonido no venía de la ventana ni del pasillo. Venía del cajón de su mesa de luz. Era un golpe seco, rítmico, como si algo pequeño y vivo estuviera golpeando desde dentro, pidiendo salir.

Tac… tac-tac… tac.

Se quedó quieto un momento, con la respiración entrecortada intentando calmarse. La lluvia había cesado afuera; solo quedaba el goteo lejano de alguna canaleta. La casa estaba en silencio absoluto, como si el mundo entero contuviera la respiración junto con él.

Armándose de valor —del poco que le quedaba después de todo lo que había vivido ese día—, se levantó despacio. Tomó la linterna que siempre dejaba cargando en la repisa y, casi por instinto, agarró también la escoba que su mamá había dejado apoyada contra la pared con la orden implícita de que barriera (cosa que, claramente, no había hecho).

Con pasos lentos y el pulso acelerado se acercó al cajón.

Tac… tac.

El ruido parecía impaciente ahora, como si supiera que estaba ahí.

Epiluke se detuvo frente al mueble. La madera del cajón vibraba ligeramente bajo sus dedos cuando apoyó la mano libre en la manija.

Abrió de golpe y retrocedió dos pasos, escoba en alto, linterna temblando en la otra mano.

La luz blanca iluminó el interior.

Silencio absoluto.

No había ratones, ni mecanismos ocultos. Solo un pequeño libro de tapa de cuero, de un rojo tan oscuro que bajo la linterna parecía negro. En el centro de la tapa, una letra “E” dorada estaba grabada con un relieve que parecía emitir un calor propio. Epiluke frunció el ceño. Sus dedos recorrieron el lomo; el cuero se sentía suave, casi como piel.

—Debe haber sido mamá… —murmuró, aunque sabía que era una mentira conveniente—. Quiere que estudie más.

Dejó el libro sobre la colcha y vació el cajón por completo para asegurarse de que no había nada más. Estaba vacío.

—A ver de qué se trata… —dijo, sentándose en el borde de la cama con el libro sobre el regazo.

Tenía la sensación de que, al abrir esa tapa, estaría firmando un contrato con lo desconocido.

Respiró hondo y lo abrió.

Páginas en blanco. Una tras otra. El papel tenía una textura cremosa, antigua, pero no había ni una sola mancha de tinta. Lo recorrió hasta el final con una mezcla de alivio y frustración, hasta que llegó a la contratapa. Allí, en una esquina, vio unos caracteres minúsculos. Buscó la lupa en su escritorio (la misma que había usado para quemar hojas e insectos hace unos días) y enfocó el texto. Las letras parecieron cobrar vida bajo el cristal, ordenándose ante sus ojos.

ESER.

El libro resbaló de sus manos y cayó sobre la alfombra. Epiluke sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. No había sido un sueño. El castillo, el dragón, el hombre del cabello blanco… todo estaba allí, encerrado en ese pequeño objeto.

—Esto tiene que ser una broma… —susurró, cubriéndose la cara.

Se levantó, caminó de un lado al otro de la habitación, se pasó las manos por el cabello. Volvió a la cama, levantó el libro otra vez.

—¿Y si… sí pasó? —dijo en voz baja—. ¿Y si Eser existe de verdad?

Lo trataba de razonar, pero la lógica de su mundo se estaba desmoronando. Finalmente, el cansancio lo venció. Se desplomó en la cama y se quedó dormido con el libro abierto sobre el pecho. En mitad de la noche, una luz azul cobalto brotó de las páginas. Llenó cada rincón de la habitación, borrando las sombras y bañando los muebles con el resplandor durante unos segundos. Epiluke no despertó, pero su rostro se relajó en una paz absoluta.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las cortinas, pero la atmósfera en la habitación era distinta. Epiluke se despertó con el libro aún en sus manos. Lo primero que hizo fue mirar las páginas. Ya no estaban vacías. En cada una de ellas, escrita con una caligrafía elegante y firme, se repetía una misma frase:

“El que duda o muestra indiferencia no puede esperar nada”.

Cerró el libro con fuerza. El mensaje se sentía como un reproche. Se vistió mecánicamente y bajó a la cocina. Su padre, Miguel, lo esperaba con el periódico y una taza de café.

—¿Qué tal dormiste, campeón? —preguntó Miguel, observándolo con una suavidad inusual.

—Bien. Bastante bien —mintió Epiluke.

—¿Y el parque de ayer? ¿Te dejó muy cansado?

—Estuvo estupendo, papá —respondió rápido—. Pero me quedé pensando en algo que dijiste… Papá, ¿tú qué piensas de los espíritus?

Miguel dejó de masticar. Sus ojos se perdieron en la ventana. —Creo que existen cosas que no percibimos con los ojos, Epiluke. Capas de la realidad que son demasiado sutiles para nuestra prisa. Pero de eso sabe más tu tía Bruna. Ella siempre ha tenido una… conexión especial.

—¿La tía Bruna? —Epiluke recordó a la hermana de su padre que hacía años no veía, una mujer que vivía en una casa llena de plantas y cristales.

—Sí. Pregúntale a ella si tienes curiosidad. Me voy, llego tarde.

En la escuela, el día fue un suplicio. Epiluke se sentía como el único animal que percibe la vibración de un terremoto inminente mientras el resto del bosque sigue durmiendo. Entre clase y clase, abría la mochila para espiar el libro. La frase seguía allí: “El que duda o muestra indiferencia no puede esperar nada”.

La sincronicidad lo golpeó durante la clase de Historia. El profesor hablaba sobre estrategias antiguas, pero Epiluke solo escuchó una frase: —Los grandes estrategas jamás habrían ganado si hubieran permitido que la duda dictara sus pasos. Sin confianza, nadie puede esperar la victoria.




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