—Si quieres ser mi discípulo, debo probar tu fidelidad —dijo Eser. Su voz, aunque serena, cortó el aire con la precisión de un filo de diamante.
Epiluke se mantuvo firme sobre la columna de piedra, aunque por dentro sentía que sus cimientos se tambaleaban. El mar de cristal oscuro bajo ellos parecía observar, esperando un error.
—Claro. No quiero que nadie más me guíe —respondió Epiluke. Sus palabras sonaron más valientes de lo que se sentía su estómago, que en ese momento era un nudo de nervios entrelazados.
—Entonces te encomendaré tu primera tarea. Debes atravesar aquella puerta y liberar a alguien que está encadenado por Abad.
Eser señaló con un gesto fluido hacia el vacío. Una puerta de madera vieja y astillada apareció de la nada, suspendida en el aire, apenas sostenida sobre el oleaje silencioso de la dimensión espiritual. No tenía marco ni paredes; era simplemente una entrada hacia "otra parte".
—¿Cómo lo haré? No tengo herramientas... ni armas —dijo Epiluke, mirando sus manos vacías, que todavía olían vagamente al jabón de su casa.
—No las necesitarás —respondió Eser, y su sonrisa mística fue la última respuesta que obtuvo.
La puerta flotante se deslizó pesadamente por el aire hasta posarse sobre la plataforma, justo frente a Epiluke. El chirrido de sus bisagras oxidadas sonó como un lamento. Epiluke tragó saliva, inspiró el aire frío del lugar y dio el paso definitivo.
Al cruzar, el cambio fue un latigazo. El aire se volvió denso, cargado de un olor a moho, hierro oxidado y encierro. Ya no estaba en la cima del mundo; se encontraba en un pasillo angosto, excavado en una roca negra que parecía sudar una humedad verdosa. Una neblina tenue se arrastraba por el suelo, disipándose con cada uno de sus pasos. Todo estaba inmóvil, como si aquel lugar fuera un pulmón que llevaba siglos sosteniendo la misma respiración.
De pronto, un sonido metálico rompió el silencio. Clang... Clang...
Cadenas. Grandes y pesadas, arrastradas por el suelo de piedra sin ninguna prisa. Epiluke sintió cómo el pulso le martilleaba en las sienes. Avanzó pegado a la pared, cuidando que sus zapatillas no hicieran ruido sobre la superficie resbaladiza.
A los pocos metros, se topó con una visión perturbadora: una estatua de Abad tallada en obsidiana pura. La figura era imponente, con el rostro oculto tras una capucha pétrea y un árbol seco en la mano, cuyas ramas terminaban en garras. Era el símbolo del dominio absoluto.
Justo cuando Epiluke intentaba rodear la estatua, una voz áspera estalló desde la penumbra: —¡Hey, tú! ¿Qué haces aquí?
Epiluke dio un salto, casi golpeándose la cabeza con el techo bajo del túnel. —Hola… me asustaste. Vine a liberar a un prisionero —susurró, mirando frenéticamente hacia todas partes.
—¿Prisionero? Aquí no hay prisioneros —respondió la voz, cargada de una irritación cansada.
Epiluke entrecerró los ojos. Junto a la base de la estatua, medio oculto por la neblina, había una figura arrodillada. Estaba cubierta por una capa gris, empapada de moho y suciedad. Sus manos estaban sujetas al suelo por eslabones tan gruesos como el brazo de un hombre.
—Tú estás encadenado —dijo Epiluke, acercándose con cautela.
—Estoy como siempre estuve. Nada ha cambiado. Estoy donde debo estar —respondió el hombre bajo la capucha. Su voz sonaba robótica, como si hubiera repetido esa frase millones de veces para autoconvencerse.
—¿No puedes ver tus propias cadenas? —insistió Epiluke, con una mezcla de lástima y horror.
—No me molestes. Sigue tu camino, niño. Déjame cumplir con mi deber —el hombre tiró de las cadenas con indiferencia, y el sonido del metal golpeando la roca hizo que a Epiluke le dolieran los dientes.
Epiluke intentó quitarle la capa para verle el rostro, pero el tejido parecía estar fusionado con su piel, hecho de la misma sustancia que las sombras. Las cadenas no tenían candado; nacían directamente de la roca. Frustrado, decidió seguir avanzando por el túnel, buscando algo —lo que fuera— que sirviera de palanca o llave.
Un poco más adelante, el pasillo se abría a una caverna natural que albergaba un campamento silencioso. Tiendas rasgadas de cuero oscuro se alzaban como esqueletos de animales muertos. Al fondo, una carpa más grande emanaba un resplandor rojo pulsante, como un corazón enfermo.
Epiluke se escondió tras una formación rocosa. Se acercó a la carpa roja y desvió la lona con la punta de los dedos. Lo que vio lo dejó gélido. Dentro no había nada más que brasas vivas y fuego líquido flotando en el aire. No había herramientas, ni yunques, ni rastro de un herrero. Era un lugar de puro calor destructivo.
—No puede ser… tiene que haber algo —susurró.
En ese momento, la temperatura de la cueva bajó drásticamente y una sombra enorme se proyectó sobre la lona. Epiluke se giró lentamente. Frente a él se alzaba una criatura de pesadilla: un Ogro Forjador. Medía más de tres metros, con una piel rugosa y grisácea como la ceniza volcánica. De su cabeza brotaban dos enormes cuernos curvados hacia atrás que raspaban el techo de piedra con un chirrido insoportable. Sus ojos eran dos carbones encendidos en un rojo carmesí.
En una mano sostenía un arma aterradora: un tubo de hierro que terminaba en un yunque macizo adornado con bordes de obsidiana —un martillo colosal— y en la otra, arrastraba tres cadenas gruesas que terminaban en garfios de carnicero.
—¡Tú! —gruñó el ogro, y su aliento olía a azufre y metal fundido—. No sé cómo te liberaste, pero te volveré a poner en tu sitio. El martillo de Abad siempre encuentra su clavo.
Epiluke tuvo que arrojarse al suelo para esquivar un martillazo que pulverizó la roca donde un segundo antes estaban sus pies. El ogro rio, un sonido gutural que hizo vibrar sus huesos. Los golpes caían como truenos. Epiluke esquivaba por puro instinto hasta que se vio acorralado contra una pared de roca húmeda.