El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 5 - CADENAS DE AMOR

La energía blanca rodeaba a Epiluke, era como un fuego que no consumía su carne, sino que reorganizaba el espíritu. Sobre la plataforma de piedra blanca, el cuerpo de Epiluke parecía el centro de una estrella en formación. Cada rayo de luz que lo envolvía lo hacía con una intensidad rítmica, como un latido cósmico. Piel, ropa y hasta el aire que lo rodeaba quedaron sumergidos en un resplandor absoluto. Y de repente la luz se apagó, el cuerpo inerte de Epiluke no lograba sostener aquella energía.

Watek, todavía herido y con su esencia azulada soltando vapor por el golpe del Ogro, observaba con una mezcla de horror y fascinación.

—¿Sobrevivirá? —dijo Watek casi sin darse cuenta que pensaba en voz alta.

—Lo hará —afirmó Eser mientras acentuaba su mirada en Epiluke— Si su decisión es genuina tiene que poder hacerlo. De lo contrario su fragmento se separará de el y será más difícil integrarlo.

Epiluke sintió que caía, pero no había abajo. Que se ahogaba, pero no había agua. Su cuerpo (ese cuerpo que había cargado desde el parque, con sus ojeras, su hombro herido, su corazón acelerado) dejó de ser suyo. Lo observó desde una distancia imposible, como quien mira una fotografía antigua y reconoce los rasgos, pero no la vida que había detrás.

Un peso, como cadenas invisibles se desprendió de él cómo hielo al sol, como sueño al despertar. Epiluke sintió que algo se iba, y la primera sensación no fue pánico sino alivio. El alivio de dejar de ser quien había aprendido a ser.

—No estás muriendo —dijo Eser, y su voz llegaba de todas partes—. Estás dejando de mentir.

Epiluke quiso responder, pero no tenía boca. Quiso llorar, pero no tenía ojos. Existía como intención pura, como el interrogante que queda cuando se borra la pregunta.

En ese estado de suspensión, donde la muerte y la vida se daban la mano, Epiluke experimentó una verdad que las palabras no podían sostener. Sintió que las leyes de su mundo se estaban reescribiendo. No era una resurrección común; era el primer pulso de una victoria antigua y futura a la vez. En los pliegues de su alma, vibraba un eco lejano: la imagen de un hombre descalzo, herido y bañado en sangre dorada que caminaría sobre la tierra negra haciendo brotar hierba viva.

Epiluke entendió en ese vacío que el sacrificio no es pérdida, sino el parto de un mundo nuevo.

Miró a su alrededor un momento y pensó que había elegido bien. Inmediatamente se integró a su cuerpo físico.

Sonrió antes de abrir los ojos en la plataforma de piedra, todavía sentía el eco de la experiencia. Se tocó el pecho, esperando encontrar las cadenas. No estaban. Pero tampoco estaba él del todo: había algo nuevo, una ligereza que le resultaba extraña, como zapatos de otra persona.

Watek se acercó tambaleante, todavía con la grieta en el pecho.

Eser sonrió. No la sonrisa de maestro, sino la de quien reconoce a un igual que todavía no se reconoce a sí mismo.

—¡Estás vivo! —exclamó Watek, dejando caer su lanza entre chispas azules.

—Algo parecido —respondió Epiluke. Su voz ya no tenía el temblor de la duda. Se incorporó con una calma nueva, sin rastro del desgarrón en su hombro ni de las raspaduras.

Eser se acercó. —Puedes volver a la dimensión material ahora —sentenció Eser—. Pero recuerda: el mundo no ha cambiado, el que ha cambiado eres tú. Creer que lo dejado atrás no es en vano te abrió camino.

—Buen trabajo Watek, ahora ve a la enfermería y descansa. Vienen tiempos intensos. —habló Eser con una mezcla de amor y autoridad.

Epiluke pestañeó y el vacío desapareció. Estaba arrodillado en la alfombra de su habitación, rodeado del silencio sepulcral de su casa. Pero el silencio no duró.

—¡Epiluke! Abre la puerta, por favor —la voz de su madre, cargada de una angustia inusual, golpeó la madera—. Tu tía Bruna llegó de la nada... dice que te pasó algo.

Epiluke sintió un vuelco en el corazón. Se puso de pie rápidamente, tratando de disimular el rastro de sudor y la palidez en su rostro. Por un momento la habitación le daba vueltas, sin duda su cuerpo todavía estaba asimilando la experiencia. Al abrir la puerta, se encontró con dos pares de ojos llenos de miedo. Su madre estaba nerviosa, pero era la tía Bruna quien le heló la sangre. Estaba pálida, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

—¡Ay, gracias a Dios! —exclamó su madre, abrazándolo—. Tu tía entró a casa gritando que habías tenido un accidente, que sintió un "vacío" repentino.

Epiluke miró a Bruna por encima del hombro de su madre. La tía lo observaba con una fijeza perturbadora, como si buscara algo en su interior que ya no estaba allí. Él recordó vívidamente la visión en el parque: Bruna arrodillada, dedicando su protección a Abad a través de aquella estatuilla que él mismo había hecho añicos.

—Sentí que tu cobertura se rompía, Epiluke —susurró Bruna, acercándose un paso. Su voz era un hilo quebradizo—. Fue como si una luz se apagara de golpe... o como si algo te hubiera arrancado de mis manos. ¿Qué hiciste? ¿A dónde fuiste?

La tensión en el pasillo se volvió asfixiante. Epiluke no sabía qué responder. ¿Era ella consciente de que su "protección" era en realidad una cadena de Abad? ¿Sabía que el ogro en la caverna era el guardián de su propio miedo? Recordó las palabras de Eser: “Abad usa el amor distorsionado para crear sus cadenas más fuertes”.

—Solo... me quedé dormido, tía. Estaba muy cansado —mintió él—. Quizás solo fue una pesadilla tuya.

Bruna entrecerró los ojos, y por un segundo, Epiluke creyó ver un destello de oscuridad cruzando su mirada, una sombra que no era suya, sino del dueño de las cadenas.

—No fue una pesadilla —insistió ella, bajando el tono—. Algo cambió en ti. Ya no hueles a lo de siempre.

Su madre, incómoda por el rumbo de la charla, interrumpió:

—Bueno, lo importante es que está bien. Bruna, vamos a tomar un té, estás muy alterada. Epiluke, lávate la cara y baja a merendar.




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