El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 6 - EL RESPLANDOR ROJO

Epiluke apareció en la dimensión espiritual dentro de un bosque cerrado, este era tan denso que la noche parecía más profunda allí que en cualquier otro lugar. Los árboles eran altos, gruesos y cubiertos de hojas oscuras que apenas dejaban pasar la luz natural del ambiente. El aire olía a humedad, a tierra viva y a algo más… algo que no supo reconocer.

Luego de caminar unos pasos sin dirección concreta, un punto cálido llamó su atención: una antorcha encendida. Junto a ella, un cartel.

Epiluke corrió.

El cartel, escrito en letras talladas a mano, decía: “Hacia la iluminación y la sabiduría.”

En cuanto terminó de leerlo, decenas de antorchas se encendieron a lo largo de un sendero de piedra que se hundía en la oscuridad del bosque.

Epiluke sintió cómo una mezcla de orgullo y necesidad golpeaba su pecho.

—Esta es mi oportunidad —pensó—. Voy a demostrarle a Eser que puedo solo.

Y comenzó a caminar sin mirar atrás.

A medida que avanzaba, ruidos extraños acompañaban sus pasos: risas breves, murmullos, susurros que parecían moverse detrás de los árboles. Pero cada vez que giraba para ver, no encontraba más que plantas y sombras.

Los susurros que Epiluke oía tras los árboles de repente se silenciaron de golpe, como si las sombras mismas tuvieran miedo de ser detectadas. Un silbido apenas perceptible, como el de un ave nocturna, cortó el aire por encima de su cabeza. Epiluke miró hacia arriba, pero solo vio el espeso follaje agitándose. No era el viento; algo se movía entre las copas.

Decidió ignorarlo, quería llegar a la meta. Quería ser digno, quería demostrar… aunque se sintiera incómodo con su decisión.

Mientras caminaba, Epiluke estuvo a punto de tropezar con algo clavado en la raíz de un árbol. Era una astilla de madera oscura, pulida, muy diferente a las ramas muertas del bosque. Parecía la punta de algo que se había quebrado en una lucha reciente. No le dio importancia, cegado por su deseo de avanzar, pero el aire en ese punto olía menos a humedad y más a flores silvestres.

En la dimensión material, Andrés llevaba horas leyendo todo lo que encontraba sobre Eser y Cavevi. No era simple curiosidad; había algo moviéndose en su interior desde lo vivido en el parque.

—Ojalá pudiera volver —dijo en voz baja—. Tengo tantas preguntas…

—A su tiempo, todas las respuestas llegan.

Eser estaba allí, como si hubiera surgido del aire mismo.

Andrés se cayó hacia atrás de la silla.

—¿E-es la dimensión espiritual?

—No. Esta sigue siendo la dimensión material —respondió Eser—. Vine a darte tu segunda lección, y tu libro.

Colocó en sus manos un volumen idéntico al de Epiluke, salvo por un detalle: tenía las páginas llenas.

—Pero… este no está en blanco.

—Es el mismo libro. Simplemente se relaciona diferente contigo.

Hablaron un rato largo. Eser le explicó su funcionamiento, la manera en que las palabras parecían responder al estado del lector, y por qué Andrés había podido encontrar una versión “digital” del libro antes:
Eser lo había puesto allí para él.

Cuando finalmente se despidió, Andrés preguntó:

—¿Y la segunda lección?

—Ya empezó —respondió Eser sonriendo—. Sigue leyendo.

Epiluke había caminado tanto que ya no podía ver el inicio del sendero. Tampoco el final, aunque de pronto, entre las sombras, emergió una figura: una casa vieja, de madera oscura, con un árbol muerto junto a la puerta.

Se acercó agotado.

—Supongo que el camino a la sabiduría no podía ser corto…

Golpeó tres veces.

El chirrido de la puerta respondió solo después de un largo silencio. Un anciano muy mayor, barba blanca, ojos hundidos pero brillantes, se presentó con una sonrisa tranquila.

—Adelante, joven. Si buscas sabiduría, has llegado al lugar correcto.

Epiluke entró entusiasmado. La puerta se cerró sola detrás de él. Afuera, sin que él lo viera, las ramas secas del árbol se extendieron como dedos y cubrieron la salida.

—Primero —dijo el anciano—, debes cambiarte. La iluminación requiere desprenderse de todo.

Le entregó una túnica liviana.

—¿También… el libro? —preguntó Epiluke, incómodo.

—Especialmente el libro. Debes renunciar a todo en lo que confías. Confía en mí.

Epiluke dejó el libro con cierta resistencia. No vio que el anciano lo guardaba en una canasta, donde una leve luz roja comenzó a parpadear.

Comenzó la “meditación”.

El anciano lo instruyó a revivir toda su vida hacia atrás, hasta llegar al vientre.
Horas pasaron. O días. Era imposible saberlo allí dentro.

Y sin que Epiluke lo notara, raíces gruesas emergieron del suelo y se enroscaron en sus muñecas y tobillos. Lo ataron.

De vuelta en la dimensión material, Andrés seguía estudiando. La voz de Eser lo envolvió otra vez.

—Estoy en todos lados, Andrés. No necesitas verme.

—Leí que nadie prospera solo siguiendo tu camino. Que hay que hacer equipo… —comentó Andrés.

—Así es. Por eso los uní a Epiluke y a ti. Un equipo se fortalece cuando se elige, pero también cuando se acepta al otro.

Andrés asintió. Algo dentro suyo se iluminó.

—Necesito que vayas a un lugar —dijo Eser de pronto—. Epiluke te necesita.

Andrés sintió un estremecimiento.

—¿A la dimensión espiritual?

—Todavía no. Ve a la casa abandonada a dos calles de aquí.

Eso no era nada emocionante, pero Andrés aceptó.

Caminó por el barrio prestando atención tal como Eser había pedido. Nada parecía especial: comercios, gente, autos, perros, el parque… hasta llegar a la casa.

La cerca estaba abierta.

Dentro, todo estaba lleno de polvo, vacío o casi.

Había una marca en el piso. Como si otro libro hubiera reposado allí.

—Epiluke —susurró Andrés.

—Coloca tu libro sobre esa marca —ordenó Eser—. Ábrelo a la mitad. Cierra los ojos.

Andrés obedeció.

Cuando los abrió de nuevo, estaba en la dimensión espiritual, frente a la misma cabaña a la que Epiluke había entrado.




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