El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 7 - LIBERACIÓN

Epiluke estaba desconcertado. Aquel resplandor rojo que había ignorado comenzaba ahora a adquirir un significado inquietante. ¿Había sido una advertencia? ¿Una señal de que estaba entrando a un territorio prohibido?
Las preguntas se acumulaban como piedras en su pecho.

¿Por qué no había notado el engaño?
¿Por qué Andrés había venido a ayudarlo… a él?
¿Quién era aquella chica que arriesgaba su vida por alguien que ni siquiera conocía?
¿Por qué tanto sacrificio… si lo único que él había querido era demostrar que podía seguir solo?

Las palabras de Eser resonaban dentro de él: “Tus decisiones liberarán a todos aquí.”
Pero Epiluke solo pensaba: ¿Mis decisiones? Yo no puedo…

—Lo siento, amigos —murmuró por fin, derrotado—. No creo poder hacer nada.

El anciano estalló en carcajadas crueles.

—¡Claro que no! Y ahora todos sufrirán por tu culpa. Porque eres débil, cobarde… y egoísta.

Aumentó el poder de sus ataques. Andrés resistía con su escudo, la chica forcejeaba atrapada por el viento, pero ambos se mantenían firmes.

—¡Epiluke! —gritó Andrés, elevando la voz por encima del estruendo—. Vine a ayudarte. No pienso rendirme. El hecho de que no veamos una salida no significa que no la haya. ¡Eser me trajo! ¡Confía!

—Nadie vendrá por ustedes —dijo el anciano, con una sonrisa macabra—. Son mis prisioneros.

La chica, casi sin aire, susurró:

—Epiluke… nunca hubieras podido solo. Por eso vinimos, todos juntos somos más fuertes. Ahora… confía.

Epiluke bajó la mirada. Allí, sobre el suelo, estaba su libro.

Pensó en Eser… y en cómo había ignorado su guía.

—Quizás esperas demasiado de mí —dijo con la voz quebrada—. Vine por motivos egoístas. Quise demostrar que no necesitaba a nadie. Y la persona que subestimé vino a rescatarme… y una desconocida sufre por mí. Estoy decepcionado de mí mismo. Estoy enojado por cómo fui. Lo siento, Eser… ayúdanos. Te necesitamos.

Una lágrima cayó sobre el libro.
El resplandor rojo emergió… pero una llama azul lo envolvió, consumiéndolo.
El libro se abrió. Las páginas seguían vacías, pero la voz de Eser surgió como un susurro vivo:

“Un enojo atesorado se convierte en una cárcel.
Pero un enojo bien direccionado puede ser un detonador de cambios poderosos,
capaces de liberar a quien los abrace con verdad.”

El libro estalló en luz, transformándose en un guante metálico azul.
Epiluke quiso tomarlo, pero seguía atado.

—¡Andrés! —era la voz de Eser en los oídos de su compañero—. Lanza tu escudo al suelo, hacia Epiluke. Libéralo.

Andrés se paralizó.

—¿Qué? ¡Si dejo el escudo, todos quedarán expuestos!

—Confía en mí —respondió Eser, con una firmeza amorosa—. No puedes defenderte para siempre. Yo te cubriré.

Andrés apretó los dientes. Sus hombros emitían chasquidos sordos con cada impacto del viento, y sus manos, en carne viva por la fricción del cuero del escudo, temblaban violentamente. Tenía el brazo izquierdo entumecido por la vibración brutal de los ataques; sentía los huesos de su muñeca a punto de ceder. —No quiero… pero confío —jadeó, con la vista nublada por el sudor y el cansancio—. Al fin y al cabo… somos equipo, ¿no?

Giró su cuerpo para tomar impulso y lanzó el escudo con todas sus fuerzas.
El escudo chocó contra las raíces que ataban la mano derecha de Epiluke, rompiéndolas.

Epiluke tomó el guante.

Una llamarada azul envolvió todo su cuerpo. Las ataduras se desintegraron al instante. La energía de su enojo y frustración comenzó a canalizarse hacia el guante como si fuese un recipiente diseñado para sostener toda esa fuerza sin quebrarse.

Epiluke encajó el guante en su mano derecha. Al instante, un espasmo de dolor le recorrió el brazo hasta el hombro. No era un calor externo; sentía como si su propia sangre hirviera dentro de las venas, canalizada por el metal azul. Los tendones se tensaron hasta casi desgarrarse y Epiluke tuvo que apretar la mandíbula para no gritar, saboreando el rastro metálico de la sangre en su boca mientras el guante se fundía con su voluntad.

Sin perder tiempo, Epiluke tomó el escudo y se lo entregó a la chica para protegerla.
Las personas detrás de Andrés fueron envueltas en un campo de fuerza generado por Eser.
El anciano giró, sorprendido.

—¿Qué…? ¿Cómo estás libre?

—Porque no estoy solo —respondió Epiluke.

El anciano rugió, liberando más poder.

—¡Son patéticos! Sus fuerzas individuales solo forman una patética fuerza grupal. ¡No son nada!

—Quizás —respondió Epiluke—. Pero no necesito ser el más fuerte. Eser cree en nosotros.

—¡Eser los usa! Yo quería darles verdadera iluminación. ¡Libertad!

—¿Como la libertad de esas personas atadas detrás de Andrés? —replicó Epiluke—. ¿Así se ve tu iluminación?

El anciano gruñó, rabioso.

—¡Calla y muere!

Un torrente de poder lo golpeó. Epiluke cayó de rodillas, temblando.

—Mis amigos… la gente… todos necesitan salir —susurró—. Eser… dame fuerzas.

El guante azul comenzó a emitir chispazos eléctricos.
Epiluke recordó: la frustración se convierte en poder cuando se entrega a Eser.

Se levantó.
El anciano lo miró, incrédulo.

—¿Qué harás? No tienes fuerzas.

—No puedo permitir que sigas dañando a nadie más —dijo Epiluke, respirando profundamente—. Esto… termina ahora.

Sonrió apenas.

Y cargó energía en el guante.

El anciano trató de retroceder.

—¡No! ¡Es imposible!

Epiluke se lanzó hacia adelante y, con un único puñetazo, lo atravesó con un estallido azul. El anciano salió disparado, rompió la pared de la cabaña y cayó desplomado.

Las ataduras de todos se deshicieron.
El silencio se llenó de respiraciones temblorosas.

—Somos libres… —susurró Epiluke.

—Mmm… eso pareció demasiado fácil —dijo Andrés, desconfiado.




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