El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 8 - MIEL

Epiluke tenía la cabeza llena de preguntas. Aún sentía el eco del destello rojo que vio antes de caer en la trampa del anciano, y aunque la victoria ya era suya, la incertidumbre persistía.
Cuando todos estaban saliendo al exterior, volvió la vista hacia la muchacha que había ayudado a liberarlos.

Quiso ir hacia ella… pero dos figuras surgieron de la nada.

—Lo lamento, pero no puedes pasar —dijo Watek apareciendo con Ferrel, como si hubiesen estado ahí desde siempre—. Le toca una batalla personal.

—¿Y ustedes cuándo aparecieron? ¿O siempre estuvieron aquí? ¡Podrían haber ayudado!

—Jajaja, tranquilo —respondió Watek relajado mientras Ferrel ayudaba a las personas a salir—. Solo actuamos cuando Eser nos asigna. Nunca antes.

Los liberados comenzaron a caminar hacia la salida, cojeando, abrazándose, pero el ambiente no era de fiesta. Era de trauma.

Un hombre de unos cuarenta años, con el rostro demacrado y la ropa hecha jirones, se tambaleó al quedar libre. Se detuvo, miró alrededor confundido… y sus ojos se clavaron en Miel. Se quedó inmóvil, como si hubiera visto a un fantasma.

—Tú… —dijo con una voz áspera, cargada de una fatiga antigua.

Miel lo reconoció. No por el nombre, sino por la mirada de devoción que alguna vez le había dedicado en alguna plaza.

—Yo… lo siento —empezó ella, con la voz temblorosa, pero él la interrumpió con un gesto seco.

—Te escuché en aquella reunión. Dijiste que no necesitábamos depender de nadie. Que podíamos entrar solos a la dimensión espiritual, que era cuestión de "intención".

El hombre apretó los puños, y sus nudillos blancos resaltaron en la penumbra.

—Yo confié en ti. Mi esposa me rogó que no buscara esas señales, pero yo quería ser "especial". Estuve aquí meses, Miel. ¿Sabes lo que eso significa? Meses siendo un extraño en mi propia casa. Mi cuerpo era un cascarón vacío, una estatua de carne en una cama de hospital. Vi a mis hijos llorar sobre mi pecho, llamándome, sacudiéndome... y yo no podía ni parpadear para decirles que seguía vivo. Ellos piensan que su padre se volvió loco, o que algo se llevó mi alma. Y tenían razón: tú se la entregaste a ese anciano.

Se dio la vuelta y se perdió entre la multitud sin mirar atrás. Antes de que Miel pudiera respirar, una mujer joven, con las marcas de las raíces todavía hundidas en sus muñecas como cicatrices frescas, se le acercó lentamente.

—Tú eres Miel, ¿verdad? —preguntó la mujer sin gritar, casi en un susurro.

Miel asintió, evitando el contacto visual.

—Fuiste a la plaza una vez. Hablaste de señales, de viajes, de no depender de "autoridades". Yo dejé la iglesia de mi barrio por lo que dijiste. Pensé que estaba siendo valiente. Independiente.

Hizo una pausa larga, mirando sus manos lastimadas.

—Terminé atrapada en un infierno de madera por seguir tu consejo. No sé si volvería a hacerlo —añadió con una tristeza infinita—, pero quiero que sepas que tus palabras pesan, Miel. Mucho más de lo que imaginas.

Se alejó siguiendo al grupo. Epiluke observó a Miel; ella estaba pálida, con la mirada perdida en el suelo que parecía volver a abrirse bajo sus pies. Había ganado una batalla, pero acababa de perder su identidad.

La chica se arrodilló entre cenizas y restos del enfrentamiento. Lloraba. Su llanto parecía venir de un lugar profundo, antiguo.

Y entonces tuvo una visión.

Un grito lejano: “¡Miel!”

Una niña salió corriendo entre girasoles altos y dorados, hacia la casa de campo donde su madre la esperaba para almorzar.

—Lávate las manos, hija —dijo la madre con dulzura.
—¿Y papá? —preguntó la niña, mientras obedecía.
—Enseguida llega. Fue al granero.

Cuando el padre entró, la conversación fluyó como cualquier día… hasta que mencionó a un trabajador que había tenido problemas en su casa y dormiría en el granero por unos días. El ambiente se puso un poco silencioso.

La familia era simple, bondadosa. Miel sonreía y todo parecía feliz. Hasta que habló de lo que la inquietaba desde hacía tiempo.

—Estuve mirando el cielo… Siento que alguien quiere hablarme desde allá arriba —dijo la niña—. Busco señales, mensajes… pero aún no logro escuchar.

El padre frunció el ceño…
—En esta familia no seguimos espíritus guía —dijo—. Trabajamos duro y vivimos bien. No creas en cosas que no puedes ver.

—Pero yo lo siento, papá. No puedo evitarlo…

Su padre se había puesto muy nervioso, como si el tema le enojara de manera personal. Su madre quedó en absoluto silencio y evitaba contacto visual. La niña salió corriendo, herida por la incredulidad.

Ahí, entre los girasoles, gritó al cielo.

—¡Yo sé que son reales! ¡Quiero conocerlos!

Y lloró hasta quedarse dormida…

Mientras tanto, el trabajador del granero —triste, desbordado, y sin guía espiritual— encontró una caja oculta de alcohol que el padre mantenía en secreto para sobrellevar la presión de su vida. Bebió demasiado.
Intentó usar una máquina.
Y todo terminó en un incendio devastador.

Para cuando Miel despertó y corrió hacia la casa… ya era tarde.

Sus padres quedaron atrapados, el incendio se propagó tan rápido que no les dio tiempo a nada.

Miel estuvo unos años con sus abuelos y luego vendió todo para viajar por el mundo buscando la espiritualidad que siempre sintió latiendo dentro de ella.

Conoció lugares, rituales, gente diversa… pero nunca encontró al que buscaba. Había logrado conectar con la dimensión espiritual pero no había conocido a Eser.

Peor aún: muchos siguieron su consejo de “buscar por cuenta propia” y terminaron perdidos… algunos atrapados en la dimensión espiritual del anciano milenario.

La culpa se volvió un peso diario. Finalmente, arruinada y sin hogar, vivió en una casa abandonada, donde practicaba viajes espirituales por su cuenta.

Hasta que un día vio un chico de ojos decididos —Andrés— entrar en su refugio y dirigirse hacia el portal de la cabaña.




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