El cielo estaba pesado, gris, sin sol. El viento del campo golpeaba la hierba alta en oleadas torcidas, como si algo respirara desde debajo de la tierra. Miel avanzó sola por la llanura, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. La fuerza que Eser le había dado todavía ardía dentro de sus venas: un fuego eléctrico que le otorgaba claridad y una velocidad que no pertenecía al plano natural.
Y entonces la vio: la estatua.
Eran sus rasgos, endurecidos en piedra; su rostro inclinado hacia adelante y los ojos sellados por un dolor antiguo. La piedra tenía grietas finas, como venas apagadas. Dentro, un brillo débil intentaba encenderse: el fragmento de su alma. Alguien se lo había arrebatado y solo ella podía liberarlo.
Miel dio un paso hacia la estatua y el viento cambió de forma antinatural. Aquel ser era Gen, un elemental oscuro subordinado a Abad, y caminaba sin prisa, aunque cada paso hacía temblar la hierba. Sus ropas negras se agitaban a pesar de que el viento soplaba en dirección contraria y las cicatrices rojas bajo su piel brillaban como carbones vivos. Se detuvo frente a la estatua, bloqueando el camino.
—No pensé que vendrías sola —dijo, con una calma que hería—. Pero claro… fuiste preparada para esto.
Miel tensó la mandíbula. —Suelta mi fragmento.
Gen inclinó la cabeza con una mueca de lástima. —No puedo. No quiero. Y no debo. Tu destino fue sellado antes de que nacieras. Tu abuelo entregó lo que era suyo… y lo que vendría de él. Eres parte del pacto, una herencia. Y yo reclamo lo que es de mi señor.
—Yo no le pertenezco a tu señor —disparó ella.
—Tu abuelo no era un hombre cruel, Miel —continuó Gen, ignorando su protesta—. Solo tenía miedo al hambre. Cuando la sequía secó este campo hace cincuenta años, me llamó a mí. Yo le di los girasoles más altos a cambio de la lealtad de su estirpe. El incendio que mató a tus padres no fue el pago de la deuda, fue apenas el cobro de los intereses acumulados. Abad no quería madera quemada; te quería a ti. Eres la última moneda que queda en su cofre. O te entregas, o terminas de arder como el granero de tu padre.
Miel sintió un frío súbito en su propia médula. Sintió sus venas como cadenas de hierro frío al comprender el horror absoluto: sus padres habían muerto porque ella era el verdadero botín. "Soy una moneda", pensó con náuseas. "Una propiedad trasvasada de mano en mano antes de mi primer aliento". Por un segundo, la fuerza de Eser pareció titubear ante aquel peso hereditario.
Gen, sintiendo su duda, se lanzó al ataque.
Lejos de allí, Epiluke y Andrés observaban con el corazón en un puño. Vieron cómo Miel era lanzada varios metros por un impacto invisible. Rodó por la tierra, pero el impulso de Eser la levantó antes de caer.
—¡No podemos alcanzarla! —gritó Epiluke ante el estallido de energía que deformaba el paisaje—. ¡Andrés, a la casa! ¡Ahora!
Corrieron hacia la estructura abandonada mientras el aire se partía en estallidos secos a sus espaldas. Andrés cerró la puerta con dificultad y Epiluke se asomó por la ventana rota, apartando una tabla húmeda. Desde allí, como espectadores de una guerra divina, vieron el duelo final.
Miel arremetía con una velocidad sobrehumana, pero Gen bloqueaba cada golpe con desprecio. —Fuerza prestada —se burlaba él desviando un puñetazo—. Todo lo que Eser te dio se acaba, Miel. Pero lo mío es permanente.
Miel sintió que el efecto del perdón empezaba a desvanecerse bajo el cansancio físico. Gen levantó su mano y una cadena espiritual salió disparada como un latigazo oscuro. Miel la esquivó por centímetros, deslizándose bajo el metal negro, y en un último aliento de voluntad, alcanzó la estatua.
Apoyó la frente contra la piedra fría y recordó las palabras de Eser: «El pacto puede reclamar tu nombre… pero no tu lealtad».
Gen llegó a su espalda, rugiendo: —¡NO TIENES DERECHO! ¡ERES DE ABAD!
Miel cerró los ojos y gritó con una voz que hizo vibrar los cimientos de la casa donde los chicos se refugiaban: —¡Pertenezco a Eser!
En ese instante, la cadena de Gen, que estaba a milímetros de su cuello, se deshizo. El metal espiritual se convirtió en pétalos de girasol marchitos que el viento barrió al instante. La onda de choque blanca no fue una explosión de calor, sino de verdad. Gen retrocedió como si el aire mismo lo estuviera expulsando; su piel de sombra empezó a agrietarse dejando ver un vacío aterrador. La tierra bajo los pies de Miel, antes seca y gris, se volvió verde en un círculo perfecto.
—¿Por qué él los sigue eligiendo? —gritó Gen antes de desvanecerse en un espiral oscuro—. ¡¿POR QUÉ A USTEDES?!
La luz se disipó y el silencio regresó. Miel, exhausta, se desplomó. Pero antes de tocar el suelo, una figura hecha de corrientes de aire la sostuvo. Era Zarel, el Esencial de viento. En un suspiro, la llevó dentro de la casa y la recostó en un sillón viejo.
Zarel extendió la mano y sobre la mesa apareció una pequeña arpa de cristal, cuyas cuerdas eran hilos de luz blanca que vibraban suavemente con el roce del aire. Una melodía antigua, profunda y serena, llenó la casa como agua pura. Bajo el influjo de la música, los muebles dejaron de crujir, el polvo se convirtió en luces pequeñas y las paredes se renovaron, borrando las cicatrices del tiempo y el fuego.
—La música del viento no cura: despierta —dijo Zarel a los asombrados Epiluke y Andrés—. Esta casa, que Abad desactivó con una tragedia, Eser la ha vivificado para ustedes. Será su cuartel.
Miel abrió los ojos, recuperada. —Estoy lista —susurró.
Zarel sonrió con un gesto etéreo. —Entonces el verdadero viaje comienza ahora.
El Esencial desapareció en una ráfaga suave. La música seguía sonando, pero de repente, el paisaje por la ventana cambió. El cielo se volvió nocturno, una oscuridad tan densa que no dejaba ver estrellas ni luna.
Andrés se acercó al vidrio y encendió un viejo encendedor. La llama no fue naranja, sino de un azul pálido y mortecino que apenas iluminaba sus dedos.