El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 12 - EL RASTRO DEL FRAGMENTO

La casa amaneció antes que el mundo natural. No por luz solar, sino desde sus propias paredes, que empezaron a irradiar un fulgor suave, azul, como si estuviera despertando desde adentro. No era una luz para iluminar, era como si recordara algo. Epiluke abrió los ojos al sentir su libro vibrar debajo de la almohada, un temblor parecido a una respiración. No era urgente, pero sí insistente, como un pulso que no acepta ser ignorado.

Miel sintió una corriente de viento que recorrió su habitación, aunque todas las ventanas estaban cerradas. El aire no se movía al azar: giraba, medía, buscaba. Andrés ya estaba sentado en su cama, con el libro sobre las rodillas; pequeñas gotas de agua resbalaban sobre la cubierta como si lloviera solo allí. Cada gota caía con precisión, formando patrones que no alcanzaba a comprender.

Los tres salieron al pasillo y se encontraron sin siquiera llamarse.
No necesitaban hablar para saberlo.

—¿Lo sienten? —preguntó Miel.

—Sí —respondió Andrés—. Es como si nos llamara.

Epiluke asintió, todavía escuchando el pulso sin usar los oídos.
No era un sonido, era una decisión.

Ese pulso no podía venir solo del fragmento. Venía del alma de alguien en la dimensión natural… alguien que, sin saberlo, había decidido que ya no quería seguir roto. Alguien que había llegado al límite silencioso donde ya no alcanza solo resistir.

Mientras los chicos se preparaban en el refugio, en la dimensión natural, el sol terminaba de alzarse sobre la ciudad. Aurora caminaba hacia el centro cultural con el folleto arrugado entre las manos. Su corazón martilleaba con la misma frecuencia que los libros de los guardianes. Al entrar al salón, vio a Cavevi de pie frente a un grupo pequeño. No había micrófonos ni luces potentes, solo una atmósfera que invitaba a soltar el aire que uno no sabía que estaba reteniendo.

—El miedo no define tu identidad, es solo el centinela que pusiste para proteger tu herida —decía Cavevi cuando ella entró—. Pero hoy, la herida ha decidido que ya no quiere ser protegida. Quiere ser alumbrada y sanada.

Aurora estuvo a punto de irse.
No encajaba ahí.
No confiaba en nadie que hablara con tanta calma, pero se quedó.

Se sentó al fondo, sintiendo que cada palabra era un hilo azul que tiraba de su pecho.

A unas pocas cuadras, Bruna no había podido desayunar. Cada vez que pasaba frente a la repisa, evitaba mirar. Pero la curiosidad, o quizás un remanente de su antigua devoción, la obligó a detenerse. La estatuilla de Abad no se había movido, pero algo en su superficie la perturbaba. La piedra oscura, antes lisa y sólida, parecía estar supurando una especie de humedad negra y aceitosa, como si el ídolo estuviera sudando una fiebre antigua. Al acercar la mano, Bruna sintió un frío tan intenso que le erizó el vello de los brazos. El árbol de madera de Cavevi, en contraste, parecía brillar con una luz serena, imperturbable ante la degradación de la estatuilla vecina.

Extendió la mano… y la detuvo a mitad de camino.
Nunca había dudado.
Eso fue lo que más la asustó. La sospecha de que su "protector" estaba perdiendo terreno era ya una certeza que le oprimía la garganta.

En la cocina los esperaba Zarel, tranquilo, con los brazos cruzados y los pies descalzos sobre el piso de madera.

—Desayunen tranquilos —dijo—. El tiempo no corre igual que afuera.

Comieron en silencio, sintiendo cómo el llamado seguía latiendo en los libros.
Cada bocado parecía pesado, como si el cuerpo supiera que pronto necesitaría más de lo habitual.
En el mundo natural estaba amaneciendo.
Pero dentro de la casa la noche espiritual seguía suspendida, firme, vigilante.

Cuando terminaron, Zarel los llevó al centro del living.

—El fragmento que sintieron anoche no estaba escondido —dijo—. Estaba huyendo.

Esa palabra quedó flotando en el aire.

—¿Huyendo de qué? —preguntó Andrés.

Zarel no respondió de inmediato.

—De algo… o de alguien —dijo al fin—. Y un fragmento solo escapa cuando su dueño, aun sin entenderlo, pide ayuda en lo profundo de su ser. Cuando algo en su vida toca una herida antigua… y su alma quiere sanar.

Miel sintió un nudo en la garganta.
Pensó en cuántas veces ella misma había huido sin saber de qué.
Epiluke cerró los ojos.
Andrés apretó su libro con fuerza.

Zarel levantó una mano. Un destello azul se desprendió de su palma y flotó hacia la puerta principal. El marco vibró como si algo estuviera del otro lado, esperando ser hallado.

—Escuchen bien —dijo—: cuando la puerta responde a un llamado verdadero, los llevará directamente a la dimensión espiritual. No al natural. Y una vez que crucen… no todo lo que encuentren querrá ser encontrado.

Zarel abrió la puerta. El patio natural había desaparecido. En su lugar, una neblina plateada cubría un suelo que se sentía como musgo blando, pero que no dejaba huellas. Los tres cruzaron y el mundo natural se cerró tras ellos con un suspiro definitivo.

El sendero no era recto. Se retorcía entre árboles cuyos troncos eran translúcidos, como si estuvieran hechos de vidrio soplado, y en sus ramas no había hojas, sino destellos de luces que cambiaban de color según el pensamiento de quien los mirara.

—Este lugar se siente... pesado —susurró Miel. Caminaba con el arco en la mano, sintiendo que el aire intentaba leer sus intenciones.

—Es el peso de la memoria —explicó Epiluke. Él iba al frente, guiado por la vibración de su libro bajo la túnica—. No estamos caminando por el campo de afuera. Estamos caminando por lo que ese campo significa para la persona que perdió este fragmento.

Caminaron durante lo que parecieron horas, aunque el cielo espiritual no cambiaba su tono azul cobalto. El sendero desaparecía a veces bajo una maleza de sombras que susurraban palabras ininteligibles al pasar. Andrés mantenía el escudo ligeramente alzado; sentía que la neblina intentaba filtrarse en sus pensamientos, buscando alguna grieta de duda.




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