El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 13 - EL ECO DE UN FRAGMENTO

La casa estaba en silencio. No un silencio vacío, sino uno cargado, denso, como si algo latiera con dificultad dentro de sus paredes de madera. La luz azul que antes emanaba de la estructura se había retraído, concentrándose en un solo punto del living. Desde el nicho, el fragmento emitía un pulso azul, lento, irregular. No era la respiración rítmica de un alma en descanso. Era… inestable.

Epiluke, Miel y Andrés se acercaron sin hablar, sintiendo la misma opresión en el pecho que habían experimentado en el puente. Zarel ya estaba allí, de pie frente al nicho, observando el latido defectuoso.

—Este fragmento ha vagado mucho tiempo —dijo el Esencial al fin, con su voz de humo—. Su dueño está vivo… pero no sabe que una parte vital de él fue arrancada. Está viviendo en la dimensión natural con un vacío que no sabe nombrar.

El pulso azul titiló, casi apagándose.

—Y ahora escapó porque su dueño quiere sanar —continuó Zarel—. Quizás no lo entienda con palabras… pero su alma sí lo sabe. Un fragmento nunca huye sin un clamor profundo que lo impulse.

Miel llevó una mano a su propio pecho. Algo en ese latido desesperado le dolía con una familiaridad antigua. El fragmento vibró violentamente, intentando tomar forma en la penumbra del living. Una silueta incompleta, apenas un esbozo de un rostro, luchó por consolidarse… pero falló. La imagen se deshizo antes de completarse, dejando solo el pulso tembloroso.

Aun así, una voz quebrada logró filtrarse a través del plano espiritual, resonando en el arpa de cristal.

—Puente…

El aire en el living se tensó.

—Voz…

Epiluke apretó los puños, reconociendo el tono de la agonía.

—Padre…

El pulso azul se quebró en un destello agudo.

—Sombras…

Andrés tragó saliva, sintiendo que la neblina del bosque espiritual intentaba colarse de nuevo en sus pensamientos.

—Sur…

Silencio. Un silencio pesado e incómodo cayó sobre la casa. Alguien, en algún lugar del mundo natural, había tocado una herida demasiado vieja… y al hacerlo, había gritado sin saberlo, enviando una onda de choque a su fragmento perdido.

Zarel bajó apenas la cabeza. —Cuando un fragmento habla así… es porque su dueño está cerca de tomar una decisión que cambiará su vida para siempre.

Los miró a los tres. No necesitaba preguntar qué estaban pensando. Sus propios pasados, sus familias y sus heridas resonaban con el dolor de aquel desconocido.

—Entre misión y misión —dijo Zarel con calma— ustedes siguen viviendo en la dimensión natural. No abandonan su vida. Esa vida los forma… los sostiene.

Andrés soltó el aire con un suspiro de alivio. —Mi mamá ya debe estar preguntando por mí…

Epiluke sonrió, nervioso, frotándose la nuca. —Mi hermana Aurora no me va a dejar en paz cuando vuelva. Va a querer saber dónde estuve.

Zarel se volvió hacia Miel. Ella bajó la mirada, apretando el arpa de cristal con los dedos. No hubo lástima en el aire, solo la aceptación de una verdad desnuda.

—Yo… no tengo adónde volver.

Zarel apoyó una mano de humo en su hombro. Al contacto, la casa pareció respirar, envolviéndola en una calidez que no pertenecía al frío de la noche espiritual.

—Esta casa es tu hogar, Miel. No lo olvides. Y yo estaré aquí… hasta que Eser te muestre lo que viene después.

Entonces, el arpa de cristal vibró. No fue una nota musical, sino un sonido grave, profundo, como si algo estuviera atravesando el instrumento desde otro plano. Viento, pasos rápidos, una respiración quebrada que intentaba contener las lágrimas. Y después… una voz.

—No entiendo… por qué tengo que pasar por esto…

Era la voz de un adolescente, quebrada por un dolor que no pedía permiso para salir.

Miel cerró los ojos, reconociendo el tono de la orfandad emocional. Epiluke se quedó paralizado, incapaz de moverse ante la cruda desesperación. Zarel inclinó la cabeza, escuchando la frecuencia.

—Ese es su dueño —explicó el Esencial—. Como tenemos su fragmento, vemos una resonancia. Lo que él siente en la dimensión natural, el fragmento lo amplifica aquí.

El sonido se cortó bruscamente, como si una interferencia hubiera bloqueado la señal. Las luces del living parpadearon y una sombra veloz cruzó la habitación, apagando momentáneamente el fulgor azul del fragmento.

El fragmento chilló. Un sonido agudo, desesperado, que hizo vibrar los vidrios de las ventanas.

—Abad ya lo encontró —dijo Zarel, y su voz se volvió eléctrica—. O al menos… ya sabe dónde buscar. Ha enviado una sombra para monitorear el dolor del dueño.

Silencio otra vez. Y entonces… detrás del fragmento… apareció algo. Una chispa. Pequeña, blanca, viva. No era la luz azul de la casa ni la roja de Abad. Era una luz serena, de una frecuencia distinta.

Miel dio un paso adelante, fascinada por la pureza de esa chispa. —¿Eso qué es, Zarel?

Zarel no apartó la mirada de la luz blanca. —Un mensajero de protección. De alguien que camina entre ustedes en la dimensión natural. Alguien cuya misión traerá luz al cielo espiritual cuando el momento sea adecuado.

Epiluke frunció el ceño. —¿Quién?

Zarel negó suavemente. —Todavía no lo saben. Pero esa luz blanca es la prueba de que el dueño del fragmento no está solo. Está siendo custodiado, aunque él no lo sepa.

La chispa blanca titiló una última vez y se apagó, dejando el fragmento azul estabilizado apenas.

En la Plaza de la Ciudad el sol de la tarde caía de lado, alargando las sombras de los árboles en la plaza de la ciudad. Cavevi, el hijo de Eser, caminaba despacio, como si no estuviera buscando nada, pero atento a cada vibración del aire. Se detuvo no por un sonido, sino por una sensación de vacío energético que lo atrajo como un imán.

Giró la cabeza hacia uno de los bancos más apartados. Allí, un chico estaba sentado, solo. No lloraba, no hacía ruido, pero había algo en su postura… como si el peso del mundo entero estuviera presionando sus hombros.




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