El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 14 - EL QUE LLAMA SIN SABER

La mañana en la dimensión natural estaba gris cuando salieron de la casa.
El aire tenía un peso extraño, como si aún quedara algo del viento intruso que había cruzado la puerta durante la noche. Miel se ajustó el abrigo, aunque no hacía frío. Epiluke avanzó unos pasos adelante, atento a cada sonido. Andrés guardó su libro en la mochila, aunque sabía que no necesitaría sacarlo para sentir cualquier alteración espiritual.

Zarel no los acompañó afuera.
Solo se quedó de pie en el umbral, observando junto a Watek y Ferrel.

—Escuchen sus libros —les dijo—. Pero, sobre todo, escuchen al dolor que los está llamando.
La puerta se cerró sola detrás de ellos.

El campo estaba silencioso, pero el silencio no era normal.
Era tenso.
Como si algo estuviera aguantando la respiración. Las sombras habían quedado en la dimensión espiritual pero no dejaban de sentir que los observaban y seguían.

Caminaron hacia el sur, siguiendo la interpretación que habían hecho de las palabras del fragmento.

“Puente. Padre. Sombras. Sur. Voz.”

Andrés analizaba todo con la precisión de un cazador de pistas.

—Miren estas huellas —dijo, agachándose junto a un pequeño sendero de tierra—son recientes, y pequeñas. Debe tener nuestra edad o menos.

Epiluke sintió algo en el pecho, un tirón suave, como si alguien lo llamara con un hilo invisible.

—Está cerca —dijo—. Muy cerca.

Miel ladeó la cabeza.
Una emoción que no era suya la atravesó como un hilo de dolor.

—Está llorando… —susurró—. No está aquí, más adelante.

Lo vieron a lo lejos, un chico de unos catorce años, capucha puesta, caminando rápido, muy rápido, como si quisiera escapar de sí mismo.

Tobías es su nombre, escucharon los tres como un susurro cálido dentro de sus pensamientos.

Epiluke fue el primero en acercarse con pasos suaves.

—¡Ey! ¿Estás bien?

Tobías giró apenas, lo suficiente para mostrar ojos rojos, hinchados, que no pertenecían a una simple mañana difícil.
Había algo más profundo, más antiguo, latiendo debajo.

—No me sigan —dijo con voz temblorosa—. No es seguro.

Miel y Andrés intercambiaron miradas.
Ese tono… esa sombra…
Era la misma vibración del viento intruso.

Andrés dio un paso adelante.

—No queremos molestarte. Solo queremos…

Pero no pudo terminar.

Tobías apretó las sienes con ambas manos.
Se dobló sobre sí mismo, como si un dolor súbito le perforara el pecho.
El aire alrededor de él cambió.
Se volvió espeso.
Oscuro, presurizado.

Entonces llegaron las voces.

Más que sonido parecían impactos.

Un murmullo primero.
Después, frases nítidas, frías, que no usaban la voz del chico… pero se incrustaban en él como agujas.

“Sos un rastro que desaparece"
“Este mundo ya no recuerda tu nombre”
“Nadie va a extrañar el silencio”
“Deja de luchar contra la oscuridad, allí no hay dolor”

Tobías dejó escapar un grito ahogado.
Sus rodillas cedieron.
Cayó al suelo, jadeando, tratando de taparse los oídos, aunque las palabras no venían de afuera.

Miel sintió una punzada en el pecho.
Epiluke sintió una chispa de ira santa.
Andrés sintió la lógica quebrarse ante algo que no podía explicarse con razón.

La presión espiritual se intensificó.
El viento sopló de golpe.
Una fuerza invisible golpeó a Tobías como si quisiera arrancarlo por dentro.

Tobías lloró.
Pero no eran lágrimas suaves.
Eran de desesperación.
De vacío.
De miedo antiguo.

—No… no puedo… —balbuceó—. No puedo más…

La oscuridad había llegado antes y ahora la lucha interna era demasiada para entenderla.

Miel corrió hacia él.

—¡Tobías, mírame! ¡No estás solo!

Él levantó la vista un segundo.
Y los vio.

No a Miel.
No a Epiluke.
No a Andrés.

Vio sus libros.
No como objetos físicos, sino como destellos espirituales brillando alrededor de ellos.

Sus ojos se abrieron con un reconocimiento que no sabía que tenía.

—Los soñé… —susurró con voz rota—. A ustedes… y esa luz…

El viento oscuro se detuvo.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.

La presión espiritual se disipó tan repentinamente como había llegado.

Miel sostuvo a Tobías por los hombros.
Epiluke y Andrés se colocaron a su alrededor sin tocarlo, dándole espacio, pero también cobertura.

—Maldición, estamos subestimando el despertar de estos chicos. Tendremos que ser más astutos e implacables —dijo una sombra apenas susurrando mientras tomaba forma humanoide antes de irse.

Lejos de allí, en la quietud asfixiante de su habitación, Bruna no dormía. Estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada clavada en la estatuilla de Abad. El silencio de su dios empezaba a dolerle demasiado.

De pronto, el aire de la habitación se volvió pesado, con un olor a ozono y tierra mojada. Bruna sintió un escalofrío que no era externo; nacía de sus propios huesos. Cerró los ojos con fuerza, intentando rezar sus antiguos mantras de "orden", pero las palabras se deshicieron en su mente.

—Has fallado, Bruna —susurró una voz que no venía de sus oídos, sino de su propia memoria distorsionada.

La oscuridad de la habitación cobró vida. Las sombras de los muebles se alargaron, transformándose en figuras familiares. Vio a su padre, con el rostro severo y los ojos cargados de una decepción que ella creía haber superado hace décadas.

—Toda una vida de disciplina para terminar dudando por un trozo de madera —le recriminó la sombra de su padre, cuya voz sonaba como piedra rozando piedra—. ¿Es este el "equilibrio" que juraste proteger? Mírate. Eres débil. Siempre fuiste la grieta en nuestra estirpe.

—No... yo sigo siendo fiel —balbuceó Bruna, apretando las sábanas.

De la esquina más oscura emergió otro recuerdo: el rostro de su madre, consumida por una tristeza que Bruna nunca pudo sanar. Pero en la pesadilla, su madre no tenía ojos, solo cuencas vacías que supuraban la misma humedad negra que la estatuilla de Abad.




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