El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 15 - ESPINAS

La casa había cerrado el umbral detrás de Tobías, pero la tensión aún vibraba en las paredes. El espectro de muerte seguía afuera, pegado a la ventana como un búho hambriento. Su figura alta y encorvada, sin rostro, presionaba el vidrio con sus dedos delgados como garras. No podía entrar, pero tampoco retrocedía. Simplemente observaba.

Tobías tembló. Epiluke lo sostuvo del codo mientras Miel le ponía una mano en la espalda. Zarel seguía interpuesto entre ellos y la ventana, firme como un muro viviente.

—Está furioso porque no pudo llevárselo —dijo—. Pero aquí no puede tocarlo.

El espectro se inclinó ligeramente hacia adelante, como si odiara esa verdad. Pero la casa reaccionó, una capa translúcida de luz azul se extendió sobre cada ventana, sellando el interior. El espectro retrocedió un paso, frustrado.

—Ya está —dijo Zarel—. Podemos comenzar.

El piso del living se abrió en un pasillo de madera luminosa que antes no existía. Tobías dio un salto hacia atrás.

—¿Qué… es eso?

—El interior de la casa —explicó Zarel—. Un lugar que solo aparece cuando alguien necesita enfrentar a su fragmento.

Las paredes del pasillo parecían respirar. La luz no venía de lámparas, sino del propio material: tonos azules y dorados, como si la casa fuera un cuerpo vivo guiándolos hacia adentro. Tobías tragó saliva. Epiluke le dio una sonrisa suave.

—No vas a estar solo.

Andrés añadió:

—Pero nadie puede hacerlo por ti.

Tobías exhaló, tembloroso, y asintió. Los cuatro caminaron por el pasillo. Los esenciales no los siguieron. Cerraron la entrada y se quedaron en el living, vigilando al espectro. La sala interior era amplia, sin techo visible, envuelta en un cielo espiritual negro profundo donde estrellas invisibles latían como susurros. Al centro, flotando como una lámpara viva, estaba el fragmento de Tobías. Tenía forma de un niño traslúcido de ocho años, con los mismos ojos que él… pero llenos de miedo. El fragmento lo miró.

Tobías retrocedió como si hubiera visto un fantasma.

—Ese… soy yo.

Miel apoyó una mano en su hombro.

—Es la parte de ti que nunca dejó de esperar.

La figura tembló, su luz se quebró. Y entonces habló con una voz rota:

—¿Por qué te fuiste?

Tobías se cubrió la boca. Sus rodillas cedieron. El fragmento comenzó a emitir frases entrecortadas, no acusaciones, sino heridas sin sanar:

—No vuelvas a confiar… No eres suficiente… Fuiste un error… Si se fue… fue por ti…

Tobías cayó de rodillas, pero esta vez el suelo de la sala interior se sintió como arena movediza. Las palabras del niño traslúcido se materializaron en formas oscuras que empezaron a girar alrededor de ellos.

—No es un fragmento, es un juicio —jadeó Tobías, tapándose los oídos—. ¡Díganle que se calle! ¡Díganle que no es verdad!

Miel intentó dar un paso, pero una barrera de viento frío la detuvo.

—No podemos, Tobías —le gritó—. Ese niño eres tú protegiendo tu dolor. Si le pides que se calle, te estás pidiendo a ti mismo que sigas fingiendo.

El fragmento de ocho años se puso de pie. Su luz azul parpadeó violentamente y su rostro se transformó, reflejando la ira de un niño abandonado.

—¡Mientes! —le gritó el pequeño a su versión adulta—. Si nos unimos, volveremos a sentir el momento en que cerró la puerta. Si nos unimos, el vacío será real otra vez. ¡Aquí, separados, al menos el dolor es una historia que me cuento! ¡Si te me acercas, será verdad!

Tobías sollozó, golpeando el suelo con el puño.

—Ya es verdad, pequeño... ya nos duele de todos modos.

—¡No! —el fragmento lanzó una onda de choque espiritual que hizo retroceder a Epiluke y Andrés—. ¡Vete! Busca a otros, ellos son fuertes, ellos tienen libros y escudos. Nosotros solo tenemos un hueco en el pecho. ¡Déjame aquí, en la oscuridad, donde nadie me ve!

Tobías levantó la vista. Vio al niño encogiéndose, tratando de hacerse invisible. Entendió que su fragmento no lo odiaba, tenía terror de ser lastimado otra vez si se atrevía a confiar.

—No te voy a dejar —dijo Tobías, arrastrándose hacia él, centímetro a centímetro, mientras el aire se volvía pesado como el plomo—. Me dijeron que sobraba, y te lo creí. Me dijeron que era un error, y te dejé solo con esa carga.

El fragmento creó una pared de espinas de sombra entre ambos.

—¡Si me tocas, sentirás su ausencia para siempre! ¡No habrá más esperanza de que vuelva!

Tobías metió la mano entre las espinas espirituales. Epiluke ahogó un grito al ver cómo la luz roja de la angustia quemaba los dedos de Tobías, pero él no retrocedió.

—Que así sea —susurró Tobías con una calma nueva—. Prefiero sentir el vacío de su ausencia contigo, que vivir una mentira solo. Ven a casa, pequeño. Ya corrimos suficiente.

Las espinas se deshicieron en pétalos de luz azul. El niño de ocho años dejó de gritar. Miró la mano extendida de Tobías, dudó un segundo eterno, y finalmente, con un suspiro que pareció vaciar toda la tristeza de la casa, puso su pequeña mano traslúcida sobre la palma de Tobías. Al contacto, la sombra que los rodeaba se quebró. El fragmento se iluminó intensamente y se fusionó con él en un rayo suave y sanador. Tobías cayó hacia atrás, respirando con un alivio que no había sentido en años.

En ese momento, la sala vibró como un trueno sin sonido. Epiluke sintió que algo tiraba de él, un llamado interno irresistible. Su libro brilló. La luz se volvió espesa. Y la realidad se quebró. Las paredes desaparecieron. El piso se disolvió. El cielo oscuro se abrió sobre él, cargado de nubes rojizas que explotaban en destellos silenciosos. Epiluke inhaló con espanto. Era el sueño de aquella vez, el que lo impulsó a conocer a Eser. Pero esta vez no era un sueño. Era una visión.

Cuatro soldados corrían por un terreno irregular, mojado, hostil. La lluvia caía en ráfagas. Las nubes rojas venían de explosiones gigantescas de energía elemental más allá de la montaña. Los soldados jadeaban, mirando atrás sin descanso. Y entonces Epiluke lo vio con horror: Eran ellos. Él al frente, espada en mano. Miel a su lado. Andrés con su escudo pesado. Y atrás, herido, luchando por no quedarse: Tobías.




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