El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 17 - UN LLAMADO INELUDIBLE

Los días siguientes fueron de una quietud enferma. No era paz, era espera. La casa respiraba despacio, como un animal herido que no quería despertar a su propio dolor. Nadie hablaba más de lo necesario. Los libros permanecían cerrados sobre la mesa, alineados, inmóviles. Epiluke los sentía incluso cuando se alejaba, una tensión constante, como músculos preparados para un golpe que todavía no llegaba.

Entonces llegó el llamado.

Mientras el llamado sacudía la dimensión espiritual, Bruna se encontraba en el sótano de su casa, rodeada de los retratos de sus antepasados. Rostros severos, hombres y mujeres de ojos hundidos que habían sostenido la sombra de Abad durante siglos.

—Lo que viste en el hospital fue una prueba, Bruna —se repetía a sí misma, aunque su voz temblaba—. El equilibrio exige sacrificios. El linaje no se cuestiona.

Se arrodilló ante un altar que tenía allí abajo, pero la estatuilla de Cavevi, que ella misma había intentado ocultar, parecía quemarle la espalda con su mera presencia. De repente, una vibración oscura recorrió el suelo. Abad estaba moviendo sus piezas. Bruna cerró los ojos y, por la conexión de sangre, sintió la trampa cerrándose sobre Epiluke y los suyos.

Vio la imagen de su padre en la pared. Recordó sus últimas palabras: "Servimos para que el mundo no se desmorone, Bruna. Nuestra libertad es el precio del orden".

—¿Qué orden? —le gritó al retrato, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Vi cómo se alimentaba! ¡Vi cómo despedazaba esa alma! ¡Esa mujer no era una deuda, era comida!

Sintió una presión asfixiante en el cuello, como si las sombras de sus ancestros la estuvieran ahorcando. "Traidora", susurraron las paredes. "Sin Abad, no eres nada. La montaña te aplastará".

Bruna se encogió en el suelo, sollozando. El miedo a la soledad, al vacío que Cavevi le había advertido, era una fiera rugiendo en su pecho. Pero entonces, recordó el rostro de Tobías en la plaza, el momento en que decidió no seguir la orden. Recordó la paz de Aurora.

—Si mi linaje es alimentar a un monstruo... —dijo, levantándose con una fuerza que no sabía que tenía, y agarrando la estatuilla de Cavevi con firmeza—, entonces que el linaje muera conmigo.

Abrió los ojos. El santuario pareció encogerse. El miedo seguía ahí, pero la decisión era un ancla. Ya no iba a ser la mano que cazaba. Iba a ser el rastro que guiara a los que quedaban.

El llamado que llegó a los chicos no fue suave, no fue amable. Fue un grito enterrado bajo tierra, un pulso irregular que subía desde muy abajo y hacía doler los huesos, como si alguien estuviera golpeando desde el interior del mundo.

Los libros de Epiluke, Miel y Andrés vibraron al unísono. Tobías aún entrenaba en el patio espiritual. El sudor le corría por la espalda y los brazaletes chisporroteaban sin obedecerle del todo. Zarel apareció a su lado y le apoyó una mano en el hombro, firme.

—Quédate —dijo sin dureza—. Todavía no.

Tobías quiso protestar, no pudo. El peso en el aire era demasiado claro. Los tres partieron sin despedirse. Atravesaron el umbral hacia la dimensión espiritual como quien se lanza a una herida abierta.

El llamado los condujo a un bosque olvidado. Los árboles estaban muertos, pero no caídos: permanecían erguidos, retorcidos, como si algo los hubiera obligado a morir de pie. Entre raíces secas se abría una grieta. Una boca negra que respiraba azufre, humedad y podredumbre antigua.

La grieta se ensanchó al acercarse, revelando un descenso de piedra irregular. Bajaron.

Cada escalón crujía bajo sus pies. El aire se volvía más espeso con cada metro. Cuando la escalera terminó, comprendieron que no estaban en una cueva común: era un sistema de cavernas vivas. Las paredes estaban recorridas por raíces rojizas, gruesas como brazos, que pulsaban con una luz de lava contenida. No ardían, pero prometían hacerlo.

El calor subía en oleadas. No sudaban agua, sudaban ardor. Cada respiración raspaba la garganta como si aspiraran ceniza.

Avanzaron en formación.
Andrés al frente, escudo levantado. Miel en el centro, arco tenso. Epiluke atrás… pero mirando a todos lados, con la espada demasiado apretada en la mano.

El silencio era tan pesado que el sonido de sus corazones parecía amplificado, como tambores marcando una cuenta regresiva.

Llegaron a una cámara estrecha.

Allí estaba el fragmento. Una estatua de un joven con una luz inestable rodeándolo, de rodillas, encadenado a cuatro estalagmitas negra que goteaban una sustancia espesa, oscura, como petróleo vivo. Cada gota que caía parecía arrancarle un temblor.

Las sombras que lo custodiaban no tenían forma fija. Se movían como humo con hambre. Ojos breves como pequeñas aberturas blancas, dientes que aparecían y desaparecían.

Atacaron sin aviso, Andrés fue el primero en sentir el impacto. Una sombra se estrelló contra el escudo con un golpe seco que le recorrió el brazo hasta el hombro. Miel disparó casi por reflejo; la flecha atravesó una forma que se recompuso de inmediato.

Epiluke no esperó la señal de Andrés. Se lanzó al ataque con una ferocidad ciega. Su espada de fuego no trazaba arcos de defensa, sino tajos de odio puro. En su mente, cada sombra que destruía era un intento desesperado por borrar la visión de Gen, por demostrarse que él era el dueño de su destino.

—¡Epiluke, mantén la formación! —gritó Andrés, bloqueando un impacto que casi le disloca el hombro—. ¡Nos estás dejando expuestos!

Miel intentó agarrarlo de la capa para frenarlo, pero él se soltó con un movimiento brusco, casi violento. Sus ojos brillaban con una luz roja que no pertenecía a su libro. Estaba solo en su propia guerra interna.

—¡No van a escapar! —rugió él, ignorando que una sombra flanqueaba a Miel—. ¡No esta vez!

La espada de fuego trazó un arco brutal, demasiado fuerte para un enemigo tan pequeño. El impacto partió la sombra… y también arrancó trozos de la estalagmita detrás. La caverna respondió con un gemido profundo.




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