El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 18 - EL CUARTO INTEGRANTE

En la casa, el tiempo pareció detenerse.

Tobías hacía girar una esfera perfecta entre sus manos, fuego, agua y viento trenzados en un equilibrio tan delicado que bastaba un pensamiento fuera de lugar para romperlo. La esfera vibraba como un corazón vivo, latiendo al ritmo del suyo.

De pronto, el aire se volvió espeso.

Las hojas del jardín quedaron suspendidas en el aire. El canto lejano de algún ave se cortó en seco. El mundo contuvo la respiración.

Watek y Ferrel aparecieron al mismo tiempo, uno envuelto en calor, el otro en un frío que escarchaba el suelo. Era tal su intensidad que un vapor subía entre medio de ellos.

—Tus amigos —dijo Watek sin rodeos—. Efectivamente están atrapados.

Tobías sintió que el estómago se le vaciaba.

—¿Dónde? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—En las cavernas rojas —continuó Ferrel—. El gigante forjador de cadenas los tiene, y no está solo. Es un lugar donde abundan los espectros de Gen.

La esfera tembló entre las manos de Tobías… y se deshizo en partículas de luz que se apagaron antes de tocar el suelo.

La euforia del impulso inicial había bajado y ahora Tobías pasaba por una lucha interna mientras reunían información para la misión.

—No estoy listo —susurró—. No puedo… todavía no.

Zarel apareció a su espalda. No habló enseguida, solo apoyó la mano sobre su hombro, firme, real.

—Nunca lo estamos —dijo al fin—. Pero no se trata de estar listo. Se trata de estar dispuesto.

Tobías tragó saliva. El recuerdo del miedo, del abandono, del niño que había sido, lo golpeó con fuerza. Cerró los ojos.

—No quiero fallarles —dijo con voz quebrada. Se lo que significa estar encerrado en una realidad que no comprendes, pero te acusa. No los dejaré solos como mis padres hicieron conmigo. No quiero hacerlo.

—Entonces no lo harás —respondió Zarel—. Porque esta vez no estás huyendo.

Los esenciales de agua y fuego se ajustaban sus armaduras cuando Zarel les habló.

—Ustedes no —sentenció Zarel, deteniendo a Watek y Ferrel—. Cavevi necesita apoyo en la dimensión material; hay una brecha que solo su fuerza combinada puede contener. Esa es su misión, y debe permanecer en las sombras.

Los dos guerreros asintieron y desaparecieron en un parpadeo de vapor y escarcha. Tobías se quedó solo frente al esencial, sintiendo el peso de la caverna sobre sus hombros.

—Yo voy con él —dijo Aurora, dando un paso al frente. Su voz no tembló—. Puedo sentir sus rastros. Si él va solo, caminará directo a las trampas.

—Y yo sé cómo entrar —agregó Bruna, aunque estaba pálida—. Sin mí, solo golpeará piedras hasta que lo atrapen.

Hasta ese momento las chicas habían estado en silencio intentando asimilar todo lo que estaba pasando. No lograban hacerlo del todo, pero de alguna forma sabían que estaban en el lugar correcto.

Zarel guardó un silencio pesado, evaluándolas. Parecía una locura enviar a tres novatos al estómago de Abad. Pero finalmente, asintió.

—Si usan un portal, el enemigo puede detectarlos y esta es una misión de infiltración —advirtió Zarel—. Deberán ir a pie para cruzar el umbral. Aurora, serás los ojos; Bruna, serás la llave. Tobías... esta vez serás la espada.

No hubo portal. Salieron por la puerta trasera de la casa, donde el jardín se fundía con la niebla espiritual. Aurora caminaba un paso por delante, con la mirada perdida en el aire, moviendo las manos como si apartara hilos invisibles.

Caminaron en un silencio absoluto, siguiendo el rastro que Aurora trazaba en el aire con dedos temblorosos. No era un camino recto; a veces daban rodeos absurdos, saltando raíces que parecían inofensivas pero que, bajo la percepción de Aurora, brillaban con un tono violáceo de alarma.

—¡Al suelo! —susurró Aurora de repente, tirando de la ropa de Tobías y Bruna con una fuerza inesperada.

Se hundieron en un hueco entre dos rocas cubiertas de un musgo grisáceo que olía a tierra vieja. Aurora les hizo una señal de silencio absoluto, presionando un dedo contra sus labios. Segundos después, lo sintieron.

El aire se volvió gélido, cargado de un olor metálico y pútrido, como carne dejada al sol sobre una placa de hierro. El sonido de pasos pesados, metálicos y arrastrados, hizo vibrar el suelo debajo de sus pechos. Eran los recolectores de Abad: armaduras vacías movidas por voluntad oscura. Pasaron tan cerca que Tobías pudo ver el vapor negro que escapaba de las junturas del metal. El sonido de su respiración no era humano; era el roce de lija contra piedra.

Bruna apretó los ojos, luchando contra un sollozo, mientras Aurora mantenía la mirada fija en el vacío, "viendo" cómo la mancha de frío pasaba de largo. Solo cuando el hedor se disipó y el suelo dejó de temblar, Aurora soltó el aire que contenía.

—Se fueron —susurró, con la frente perlada de sudor—. Pero hay más enemigos adelante. Pareciera que están buscando algo o a alguien.

A medida que la pendiente se volvía más pronunciada, Bruna comenzó a caminar como si arrastrara cadenas invisibles.

—Es por allá... —dijo Bruna, señalando una grieta que exhalaba un vapor fétido.

—Bien ¿estás segura? ¿tienes un mapa o es un recuerdo? —Dijo Tobías tratando de sonar confiado.

—No diría que es un mapa lo que tengo en la cabeza, Tobías... es un latido. Es como un recuerdo intermitente que no es mío, pero está ahí. Me quema detrás de los ojos.

De pronto, se detuvo en seco y sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris. La visión la golpeó con la violencia de un impacto físico. No estaba viendo la cueva actual; estaba viendo el mismo lugar trescientos años atrás. Veía a un hombre con sus mismos rasgos, un antepasado, arrastrando a una mujer encadenada hacia la oscuridad. Sentía el triunfo cruel de ese hombre en su propia sangre, el asco por la debilidad ajena, el placer del servicio a Abad.

—¡Basta! —gritó Bruna en un susurro agónico, golpeándose la cabeza con la palma de la mano—. Él se detuvo aquí... puso la mano en esta piedra...




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