De vuelta en la casa, charlaban acerca de todo lo que pasó. Estaban alegres por el rápido crecimiento de Tobías. Aliviados de que Epiluke haya entrado en razón, muy curiosos por la chispa blanca que habían visto en el fragmento de Tobías y por el fragmento liberado que automáticamente se unió a su dueño.
—Aquella vez nos hablaste de un mensajero, de alguien que está en la dimensión natural cumpliendo una misión que podría traer el amanecer a la dimensión espiritual —dijo Epiluke a Zarel esperando que les hablara de esta persona.
—A su tiempo lo conocerán —dijo Zarel mientras una sonrisa de esperanza se le marcaba en la cara. —Por ahora hay que confiar, y hacer lo mejor que podamos. Su misión puede cambiar el mundo como lo conocemos —siguió hablando con un brillo en su cara que denotaba una mezcla de confianza y devoción. —No se preocupen, pronto tendremos el honor de caminar junto a Él —finalizó Zarel
—Pasamos por mucho hoy, creo que es hora de volver a casa —dijo Andrés mientras todos percibían la nostalgia en el aire.
—Sí, extraño a mi familia —dijo Epiluke.
—Vayan, descansen y disfruten a sus familias. Eso también los hará más fuertes para lo que viene —afirmó Zarel. Y en ese mismo momento sintió por un segundo, tristeza por Cavevi, como si le hubiera pasado algo. Sacudió su cabeza como si eso acomodara sus pensamientos y recuperó su esperanza en él.
Los chicos atravesaron un portal que el esencial había abierto y cada uno se fue a su hogar. De momento Tobías y Miel se fueron con Andrés, querían darle tiempo a Epiluke y su familia para ponerse al día. Los tres disfrutaban una rica merienda que la madre de Andrés había preparado con mucha alegría de que su hijo tenga tiempo de compartir con amigos.
En casa de Epiluke todo era alivio, Bruna le explicó a Miguel y Sara que su preocupación por Epiluke se resolvió y estaba muy contenta de que haya buscado responsablemente una guía espiritual que él quisiera. Unos momentos después Bruna y Aurora salieron para ir a lo de Cavevi, querían agradecerle por ayudarlas a salir de la oscuridad y la confusión.
Todos estaban contentos y aliviados, parecía el amanecer de muchas cosas buenas. El que estaba muy enojado era Abad, ninguno de sus súbditos se animaba a hablarle.
—El error de la luz es su insistencia en la esperanza —susurró Abad, observando el vacío con una calma inquietante—. Creen que el crecimiento de ese muchacho es un avance, cuando solo es una grieta más en su armadura.
Cerró el puño con una lentitud mecánica. El aire alrededor no estalló, se comprimió.
—No hace falta odiarlos para eliminarlos. Solo hace falta orden. Hoy, el mayor obstáculo de este mundo dejará de existir. No por una simple venganza, sino por necesidad.
—¿Se refiere a Cave...? —el súbdito no pudo terminar.
Abad no lo pulverizó con un rayo de furia; simplemente dejó que la oscuridad del recinto lo absorbiera hasta que no quedó ni el eco de su voz.
—Si. El hijo de Eser cumplirá su propósito hoy: morir para que el silencio finalmente sea absoluto. Y la esperanza se apagará como su luz.
Mientras tanto en la dimensión natural, Cavevi, de quien los chicos querían saber, ya no era luz pura. Evidentemente era un esencial de muy alto rango, pero por alguna razón abandonó todo su poder para vivir con las limitaciones de un ser humano común. Ahora era también carne que se cansa y piel que sangra. En la dimensión natural había aprendido lo que era tener frío en los huesos, lo que era llorar sin que nadie viera sus lágrimas, lo que era despertarse con hambre. Había vivido libremente, siempre desafiando al sistema, pero sin romper las leyes. Luchó contra la hipocresía de los que están en autoridad y demandan cosas que ellos no cumplen. Hizo amigos y tenía gente que creía en su forma de vivir y lo seguían como alguien inspirador.
En los años que había pasado en la dimensión natural, Cavevi había aprendido cosas que jamás habría aprendido como entidad pura. Y aun así, nunca dejó de ayudar. Nunca dejó de intervenir cuando vio abuso, cuando presenció injusticias que otros preferían ignorar. No porque creyera que podía salvarlos a todos, sino porque no sabía vivir de otra manera.
Esa era su condena y su virtud.
Por eso, cuando caminaba ahora hacia su destino, no lo hacía con miedo, sino con una tristeza profunda, madura, que no necesitaba lágrimas.
Ya habían pasado más de 30 años de Cavevi en la dimensión natural. Cumplió muchas misiones, pero la que tenía por delante, la misión final parecía imposible. Abad, aunque siempre rivalizó con él personalmente nunca pudo ganarle o hacerle daño realmente, pero esta vez parecía que al fin lo tenía acorralado.
Cientos de espectros lo rodeaban ante la mirada estupefacta de Watek y Ferrel, quienes sabían que no podrían hacer mucho contra tantos elementales juntos.
—Llego el momento —dijo Cavevi, como quien acaba de entender su destino.
—¿qué momento? No podremos solos con tanta oscuridad —replicó Watek
—No cuestiones a su majestad —lo corrigió Ferrel
—No se preocupen, que estén aquí ahora me dio la fuerza que necesitaba para terminar la misión. Pueden irse, confíen —dijo sonriendo Cavevi como si se tratara de una tarea escolar.
—Mi espíritu se resiste a dejarte, pero mi lealtad a tu palabra es mayor. Nos retiramos —dijo Ferrel mientras se iba con Watek de vuelta a lo de Zarel.
Bruna y Aurora habían llegado al lugar donde Cavevi enseñaba, él las vio y su corazón se llenó de alegría al ver que finalmente habían elegido la luz y la libertad. Unos minutos después llegaron dos patrullas de la policía mientras estaba reunido con su gente, había sido denunciado por una persona muy adinerada que estaba enojado con Él, por romper el orden social.
Los pasos de los hombres resonaban torpes a su alrededor. Ninguno se atrevía a mirarlo a los ojos por mucho tiempo. Algo en su presencia los incomodaba, como si supieran —aunque no pudieran explicarlo— que estaban frente a alguien que no pertenecía del todo a ese mundo.