El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 20 - LA NOCHE MÁS LARGA

El mundo natural se había convertido en una fosa común de sombras. La luz eléctrica y la de las linternas eran devoradas por la negrura, incapaces de extenderse más de cinco centímetros; el haz de luz moría antes de tocar el suelo, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido.

En la avenida principal, el caos se escuchaba en lugar de verse. El chirrido del metal contra el metal se repetía rítmicamente: un conductor seguía acelerando a ciegas contra un muro, con el motor rugiendo en un esfuerzo inútil mientras los neumáticos quemaban caucho en el vacío. A pocos metros, la voz de un hombre se quebraba llamando a su hija; se oía el roce de sus palmas desesperadas golpeando el pavimento, buscando una mano que la oscuridad le había arrebatado en un parpadeo. Nadie respondía. El silencio de los que estaban a su lado era más denso que la propia noche.

En la casa de Zarel, el aire pesaba como el plomo y olía a algo que se quema a la distancia: el aroma de una dimensión que se deshace. Los chicos apenas comenzaban a recuperar la consciencia, sacudiéndose los restos de unas pesadillas que se sentían más reales que la propia habitación.

La puerta de la casa se abrió con un estruendo seco.

Aurora entró trastabillando. Tenía la ropa jironada y las manos manchadas de una sangre que conservaba un rastro de brillo dorado antes de extinguirse por completo. Su rostro era una máscara de shock, pálido y estático. Epiluke dio un paso al frente, con la urgencia vibrando en sus hombros, pero se detuvo en seco al cruzar su mirada con la de ella. Las palabras se le murieron en la garganta. No hubo gritos ni preguntas frenéticas. El vacío en los ojos de Aurora era un idioma que él, por primera vez, entendía sin necesidad de intérprete.

—Aurora… ¿y Bruna? —susurró.

Ella simplemente negó con la cabeza, un movimiento pequeño y roto. Se hundió en el suelo, dejando que el llanto fluyera sin sonido. Epiluke sintió un frío violento recorrerle la espina dorsal. Bruna, la que acababa de encontrar su libertad, ya no estaba. Su primer instinto fue golpear la pared, dejar que la rabia estallara como siempre, pero sus manos permanecieron abiertas, temblando apenas. Miró sus palmas y luego a sus amigos. Se quedó inmóvil, convertido en una estatua de sal en medio del living.

—Cavevi… —logró decir Aurora, buscando la mirada de Zarel—. Antes de que lo tomaran… dijo que no tuviéramos miedo.

Aurora tragó saliva, el sabor de la ceniza aún en su boca. —Sus últimas palabras fueron: “Ningún sacrificio es en vano”.

Zarel se encorvó, como si una montaña invisible acabara de posarse sobre su espalda. En ese instante, el parlante de la casa, que solía inundar todo de música, emitió un chasquido metálico y murió. El silencio que siguió fue absoluto, un vacío que parecía succionar el oxígeno de la habitación. Los cuatro se miraron en el centro del living. El desmayo no había sido un refugio, sino una emboscada de lo que estaba por venir.

—No fue solo una muerte —murmuró Tobías, frotándose los antebrazos como si todavía sintiera el calor de sus propios brazaletes fundiéndose contra su piel—. Lo vimos.

Se quedaron en silencio, reconociendo en los ojos del otro las cicatrices de una batalla que aún no había ocurrido:

  • Tobías todavía sentía el rastro de las cadenas de sombra apretando su garganta. En su memoria quedaba el eco de un sol pequeño estallando en su pecho, un sacrificio que le permitía abrir un camino de luz para los demás mientras él se hundía, de rodillas y solo, en el fango de la dimensión espiritual.
  • Miel se tocaba las muñecas de forma compulsiva. Unas estacas de sombra pura la habían clavado al suelo de ceniza, perforando sus huesos. Lo más doloroso no era el impacto, sino la inmovilidad: ver el castillo de Eser derrumbarse bajo una lluvia roja mientras sus manos, las manos de una cazadora, eran incapaces de tensar la cuerda de su arco.
  • Andrés mantenía los brazos en posición de bloqueo. En su sueño, el martillo de Abad no solo había hecho añicos su escudo; el impacto había resonado en su propio tórax, astillando sus costillas y dejándolo sin aire. Despertó sintiendo que el peso de una montaña todavía descansaba sobre su pecho, recordándole que su defensa tenía un límite de rotura.

—Ningún sacrificio es en vano —repitió Epiluke. Esta vez su voz tenía la solemnidad de un soldado que acaba de leer su propia sentencia—. Pero no voy a dejar que nadie más se convierta en una ofrenda si puedo evitarlo.

Se giró hacia Zarel. Ya no era el chico impulsivo que buscaba pelea; era alguien que entendía el peso de la pérdida. —No podemos quedarnos aquí. Si ellos dieron su vida, nosotros tenemos que llegar al castillo. Nuestras familias están ahí fuera, y la oscuridad se está comiendo el mundo.

Zarel los miró con una mezcla de orgullo y tristeza. El límite entre las dimensiones estaba colapsando y las raíces de lava de las cavernas ya buscaban la superficie.

—Vayan al castillo —dijo Zarel—. Abad quiere terminar lo que empezó hace milenios: destruir a Eser.

Salieron de la casa tomados de la mano para no perderse en la presencia que respiraba a su alrededor. Todos menos Aurora, que todavía no podía salir del shock. Zarel puso una mano pesada sobre el hombro de la chica, obligándola a levantar la vista.

—No te quedes aquí para esconderte, Aurora. Quédate para ser el último faro. Recuerda esto: el amanecer no es un evento del cielo, es un decreto de quien se niega a ser oscuridad. Si el mundo se apaga, asegúrate de que sea tu nombre lo último que el vacío intente borrar.

Epiluke iba a la cabeza. Cada pocos pasos miraba hacia atrás, asegurándose de que Miel, Andrés y Tobías seguían allí. La muerte de Bruna le había enseñado algo que el entrenamiento no pudo: que el valor no es arrojarse al fuego, sino cuidar a los que caminan a tu lado en la oscuridad.

El camino al castillo fue una pesadilla lenta. Las sombras los tocaban, les susurraban, les recordaban cada fracaso. La noche ya no era ausencia de luz; era una presencia que respiraba, escuchaba y esperaba. El grupo avanzaba con dificultad. El suelo se deformaba bajo sus pies, como si la tierra misma dudara de sostenerlos. A lo lejos, entre la negrura ondulante, se alzaba la silueta del castillo de Eser, envuelto en una penumbra antinatural.




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