El Eco De Los Fragmentados

CAPÍTULO 22 - EL ECO DE LOS FRAGMENTADOS

Epiluke hablaba solo en voz alta, como si las palabras pudieran mantener a raya la oscuridad que se cerraba sobre ellos. La lluvia roja seguía cayendo, fría ahora, pegándose a la piel como una segunda capa de derrota. Las estacas de sombra viva se clavaban más profundo con cada movimiento inútil, y el barro negro les llegaba ya a los tobillos, como si la tierra misma quisiera tragárselos antes de que Abad diera el golpe final.

—No puede ser que todo termine así —murmuró, la voz ronca por los gritos que no había soltado—. Eser nos eligió, hasta mandó a su hijo a una misión. ¿Y ahora nada importa? ¿y el sacrificio de Cavevi? Sus ojos lo veían, pero su corazón no lo aceptaba.

Miel levantó la cabeza apenas, el pelo empapado pegado al rostro, los ojos hinchados por lágrimas que ya no salían.

—Fueron buenos momentos —dijo, la voz quebrada, casi un susurro ahogado por la lluvia—. Pero no podemos hacer nada más.

Andrés apretó los dientes, la mandíbula temblando de rabia contenida.

—Si tan sólo Cavevi no hubiera fallado su misión…

—¡Eso es! —gritó Epiluke de repente, los ojos brillando con una luz febril que parecía fuera de lugar en medio de tanta oscuridad.

—¿Qué cosa? —preguntó Tobías, la voz temblorosa, el cuerpo convulsionando por el frío y el dolor.

—Cavevi no falló —dijo Epiluke, y por primera vez desde que los ataron, sonrió. Una sonrisa loca, desesperada, pero sonrisa al fin—. Abad no cumplió con su parte. ¡Esto no ha terminado!

—¿Ya perdiste la razón? —dijo Andrés, aunque en su voz había una grieta, un hilo de duda que sonaba a esperanza.

Epiluke negó con la cabeza, la lluvia roja corriendo por su rostro como lágrimas de otro mundo.

—Yo creo que los sacrificios de Bruna y Cavevi no fueron en vano —dijo, serio ahora, la voz firme por primera vez en horas. Y algo en el corazón de todos resonó. Un latido compartido, débil, pero real.

—Yo también —susurraron los otros tres, casi al unísono, y fue como si una chispa diminuta se encendiera en la oscuridad absoluta.

Apenas lo dijeron de todo corazón, las estacas y las cadenas explotaron en fragmentos de sombra que se disiparon como humo. Quedaron libres. El aire vibró con un sonido bajo, como un trueno lejano que anunciaba tormenta… o salvación.

Nadie entendía nada. Las sombras confundidas avanzaron para atacarlos, garras y bocas abiertas en un rugido colectivo. Pero no podían hacerles daño. Estaban recubiertos de un aura dorada tenue, un velo de luz que repelía la oscuridad como aceite repele agua. Los elementales chillaban al tocarla, retrocediendo con quemaduras negras en sus formas.

Gen se dio cuenta y se abalanzó sobre ellos con un rugido que hizo temblar el suelo. Su cadena-hoja silbó al cortar el aire, una guillotina viva que impactó de lleno contra el aura dorada de los chicos. El velo de luz resistió, pero crujió como cristal a punto de romperse; la onda de choque fue tan brutal que los arrojó al barro.

Tobías escupió sangre, sintiendo el golpe en el pecho, mientras Gen levantaba su arma para el golpe final.

—¡Ahora! —gritó Epiluke desde el suelo.

Andrés reaccionó primero. Extendió su escudo y de él surgieron unas cadenas de hielo como serpientes vivas que se enroscaron en las piernas y los brazos del gigante. Gen rugió enfurecido, forcejeando con una fuerza descomunal; el hielo empezó a agrietarse bajo la presión de sus músculos oscuros, negándose a ceder.

Miel aprovechó el segundo de ventaja para disparar una flecha al aire. El proyectil se multiplicó en cientos, cayendo como una tormenta de espinas doradas que perforaron los hombros de Gen y barrieron a las sombras que pretendían respaldarlo.

El gigante, atrapado y cubierto de flechas, lanzó un último ataque desesperado con su mano libre, rasgando el aire a centímetros del rostro de Epiluke. Pero el líder ya había alzado su espada. Una columna de fuego puro brotó de la hoja, un pilar ardiente que envolvió al coloso por completo. Gen luchó contra las llamas divinas, estirando sus garras hacia ellos en una última muestra de odio ciego, hasta que su cuerpo se deshizo en partículas negras que el viento se llevó.

Se entusiasmaron. Por un instante creyeron que podían cambiar el rumbo de la batalla, que esa luz dorada era el principio del fin para la oscuridad. Corrieron unos pasos hacia el castillo, las armas brillando, el corazón latiendo con una esperanza que dolía por lo mucho que había estado ausente.

Pero estaban lejos. Y sus poderes otra vez comenzaban a apagarse. El aura dorada parpadeaba, debilitándose como una vela en la tormenta.

—No, no, no. Aguanta un poco más, Tobías —suplicó Epiluke, mirando a su amigo con desesperación.

—Este poder de recién… yo no fui —dijo Tobías confundido, los brazaletes apenas brillando, su rostro pálido por el agotamiento.

—Entonces… ¿de quién es? —dijo Andrés intrigado, mientras las sombras los rodeaban otra vez, más densas, más rabiosas.

Esta vez no querían jugar. Querían destruir. Todas juntas fueron hacia ellos como una ola negra, un muro vivo de garras y dientes y ojos vacíos.

Pero una burbuja dorada más fuerte los cubrió y repelió el feroz ataque totalmente. La oscuridad chocó contra ella y retrocedió con un chillido colectivo, como si quemara.

En la casa del campo, Aurora cayó de rodillas junto a la ventana.
La luz dorada la envolvía por completo.
Lloraba… pero ya no de miedo.
Por primera vez entendía lo que Cavevi había intentado enseñarles desde el principio.
La entrega nunca había sido pérdida.
Era una apertura.

Entonces Miel lo sintió primero, un calor en el pecho, una esperanza que no venía de ellos, sino de algo más grande, un amanecer.

Muy lejos, en el horizonte negro absoluto, apareció una línea dorada. Tan fina que parecía un error. Un fallo en la oscuridad perfecta, una grieta que no debería existir.

La línea creció lentamente. Primero fue un hilo. Después una grieta que se ensanchaba con dolorosa lentitud.




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