El Eco De Los Fragmentados

EPÍLOGO - EL AMANECER QUE NO TERMINA

La casa volvió a cantar. El parlante tocaba una melodía nueva, más lenta, más honda.

Los cinco chicos (Epiluke, Miel, Andrés, Tobías y Aurora) estaban en el campo, mirando al horizonte donde el sol espiritual nunca se ponía del todo.

Los fragmentos dorados flotaban por el cielo como hojas de luz.

—Todavía hay millones que no han elegido volver —dijo Epiluke en voz baja.

Miel sonrió, con lágrimas en los ojos.

—Entonces todavía tenemos trabajo.

Andrés apoyó su escudo en la tierra.

—Y ahora la luz es más fuerte.

Tobías levantó sus brazaletes. Fuego, agua y viento danzaron entre sus dedos.

—Nunca estaremos solos —dijo.

Detrás de ellos, las imponentes figuras de Zarel, Watek y Ferrel observaban el horizonte en silencio, custodios eternos de esa nueva alianza que la guerra no había podido quebrar.

Desde el castillo lejano, Eser y Cavevi los miraban. Cavevi tenía una cicatriz nueva que brillaba como oro líquido en el pecho.

—¿Creés que lo lograrán? —preguntó Eser.

Cavevi sonrió. La primera sonrisa verdadera en mucho tiempo.

—Ellos ya lo lograron, Padre. Ahora solo falta que el resto del mundo se dé cuenta. Trabajaremos juntos por la integración de los fragmentos.

Y el amanecer (el verdadero amanecer) se extendió hasta los últimos rincones de ambas dimensiones.

Porque la luz, una vez encendida, nunca vuelve a apagarse del todo.




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