El Eco De Los Fragmentados

POST EPÍLOGO - EL LATIDO DE LA OSCURIDAD

En lo más profundo de una caverna que ni siquiera la nueva luz dorada alcanzaba, Abad yacía contra una pared de obsidiana partida.

Su cuerpo —o lo que quedaba de él— era un mapa de grietas por donde se escapaba la oscuridad como sangre negra. Un brazo colgaba inerte, torcido en un ángulo imposible. Del cuello le brotaba un hilillo de sombra líquida donde antes había estado el collar.

El collar que Cavevi había destrozado.

Respiraba con dificultad. Cada inhalación era un silbido roto. Cada exhalación, un juramento.

—No… terminó.

En la penumbra, algo se movió. Un susurrador sobreviviente, apenas una piltrafa de humo con ojos, se arrastró hasta él.

—Amo… la luz lo cubre todo. Ya no quedan caminos.

Abad levantó la cabeza. Uno de sus ojos estaba apagado, muerto. El otro ardía con una furia tan antigua que parecía anterior al tiempo mismo.

—Siempre quedan caminos —susurró. La voz le salía rota, pero cada palabra pesaba como plomo—. Siempre quedan grietas.

Alzó la mano que aún obedecía. Entre sus dedos temblorosos apareció un fragmento diminuto, negro como la nada absoluta, tan pequeño que casi nadie lo notaría, pero latía.

Latía con la misma hambre que había tenido desde el primer día.

—Escuchadme —dijo al vacío—. Escuchadme, los que aún me obedecen.

La caverna tembló. En las paredes, sombras que parecían muertas se agitaron. Ojos rojos se encendieron uno a uno, muy lejos, muy hondo, en lugares donde la luz dorada aún no había aprendido a entrar.

—Él cree que ganó —se rio Abad, y la risa fue un cuchillo oxidado—. Él cree que romper el collar fue suficiente.

Apretó el fragmento negro contra su pecho destrozado. La oscuridad se filtró en las heridas como tinta en agua.

—Cavevi me quitó el collar… pero no me quitó la noche que llevo dentro.

El fragmento se hundió en su carne. Las grietas de su cuerpo comenzaron a cerrarse lentamente, con un sonido de huesos que se sueldan mal.

—Esto no es una derrota —dijo, y ahora su voz ya no temblaba—. Esto es una semilla.

Se puso de pie, tambaleante, pero de pie.

—Volvemos a empezar, más lentos, más silenciosos, más profundos.

Abad sonrió con lo que le quedaba de boca.

—Nos vemos pronto, hijo de Eser. La luz es hermosa… pero la oscuridad siempre encuentra dónde esconderse.

Y en la caverna que nadie volvería a nombrar, el primer latido de una nueva noche empezó a contar.




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