Todo era muy confuso, o más bien, no lo recuerdo. No sé quién me dio un nombre, ni como fue que termine trabajando en esto. Lo único que sabía es que era el único, al menos en mi especie que quedaba, en compañía de “tuercas”, mi pequeño dron de limpieza que apenas podía mantenerse en el aire. Era así como mi vida se resumía en tres cosas: polvo, chatarra y un silencio que a veces te hacía dudar si aun respirabas.
Mi nombre es Elias, y vivía en este basurero gigante llamado Tierra. Mi día a día era un bucle infinito. Me despertaba por las mañanas, sacudía la arena de mis ropa, me ponía mis gafas ya rayadas por el tiempo y salía de mi “hogar” junto a tuercas y mi pequeña mochila para ver qué me ofrecía la montaña de basura que habían dejado aquellas personas que dejaron este lugar hace siglos.
A veces mientras apilaba cubos de basura, me preguntaba que pensaría la gente de antes si me viera. Estaba aquí, un tipo de veinte años, con piel curtida y las manos llenas de grasa, construyendo torres de cubos compactados de basura como si se tratara de legos gigantes. Era un trabajo de locos, lo sabía. Pero era lo único que tenía.
Esa tarde mientras terminaba de compactar uno de los tantos cubos de basura que tenía que apilar ese día, tuercas se encargaba de inspeccionar el perímetro, topándose con un gran cubo de plástico y no dudo en avisarme con un bip.
— ¿Qué sucede, tuercas? —me acerque al gran cubo.
Abrí la puerta y en el fondo encontré una bota vieja, de esas de cuero que pesan una tonelada dentro de la bota, se asomaba algo que parecía imposible. Era pequeña, frágil y verde, de un verde tan intenso que hacía que todo a mi alrededor pareciera estar muerta, aunque en teoría estaba. Era una planta. Una pequeña hoja que se abría paso contra todo pronóstico.
— Es hermosa… —susurré, estirando un dedo para acariciar la hoja con delicadeza extrema.
El momento no duro mucho al percatarme que una tormenta de arena se acercaba. Tuercas comenzó a dar vueltas como loco, avisando del peligro que se acercaba. Rápidamente guarde el pedazo de vida en mis manos cuidadosamente en mi mochila, para después comenzar a correr a mi hogar.
Aunque decir hogar era mucho. Solamente era un contenedor de carga que había estado llenando con todas las cosas raras que encuentro en mis días diarios de trabajo. Tengo una colección de encendedores que ya no funcionaban, cubiertos que no sirven para nada porque solo como papilla de nutrientes, y mi posesión más valiosa: una cinta VHS que esta a nada de morir.
Cada noche, después de que el sol dejara de castigarme, le doy un golpe al televisor viejo y espero el milagro. Entonces aparecen ellos. Dos personas cantando sobre el amor y tomándose de las manos. Me quedo hipnotizado viendo cómo sus dedos se entrelazan. Algunas veces me miro las manos y trato de imaginar qué se sentiría que alguien entrelazara las manos conmigo, y que alguien me diga que no estoy solo en este desierto. Pero, luego el viento afuera me despierta de ese sueño y me recuerda que soy el único espectador de este espectáculo barato.
Al día siguiente, mi día comenzó como cualquier otro. Dejé cuidadosamente la planta en otro compartimento dentro de mi contenedor y volví a tomar mi mochila. Empecé buscando piezas de repuesto cerca de la costa seca, cuando el cielo decidió volverse loco.
No fue un trueno normal. Fue un estallido que me vibró hasta los dientes. Inmediatamente me tiré al suelo y me cubrí la cabeza, pensando que finalmente algún satélite había decidido estrellar en la Tierra. Pero, cuando levanté la vista, y vi algo que jamás había visto.
Una columna de fuego blanco atravesó la neblina de polvo. Era una nave, pero no como las chatarras yo solía reparar; era una nave perfecta y brillante que aterrizó con una elegancia que no recordaba haber visto nunca, por aquí no se solían ver ese tipo de cosas. Lentamente me levanté del suelo y me encondí detrás de una montaña de neumáticos viejos, con el corazón a mil, cuando el humo se disipó, la vi…
Mierda…
No era un robot, o al menos no parecía uno. Era una chica casi sacada de otro universo, algo que para mis ojos era nuevo. Su traje era de un blanco impecable, tan limpio que podías ver todo su alrededor en él, flotaba a unos centímetros del suelo, moviéndose con una fluides y elegancia que me hizo sentir el tipo más torpe del planeta. Tenía un casco con un visor azul que emitía una luz azul y fría, analizando todo a su paso. Por primera vez, en mi vida, sentí que le aire me faltaba no por la falta de oxigeno en la atmosfera, sino por ella.
Se detuvo a unos pocos metros de donde yo estaba, y se quedo quiera, mirando hacia el horizonte muerto. En ese momento me pregunte ¿Qué hacía un espécimen tan perfecto como ella en un lugar como este?
En ese momento un impulso paso por mi cabeza. Salir y decir “hola”, quise preguntarle si venía de aquel lugar que alguna vez vi en un letrero roto en uno de mis tantos días de trabajo, pero me miré la ropa rota y mis uñas negras por la mugre, y mejor me quedé ahí, en silencio. Tuercas se quedo a mi lado observando lo mismo que yo y me miro confundido.
— ¿No te parece estupendo, tuercas?
El solo respondió con un bip que conocía perfectamente.
— ¿Qué tal si la seguimos de cerca? —pregunte, pero el solamente negaba—. Solo será por un momento, quiero saber un poco más de ella. Algo como esto no sucede todos los días.