22 de febrero de 2017
—Joder — murmuré, enterrando la cara en la almohada, intentando en vano ahogar ese pitido agudo que se clavaba en mis oídos como una aguja. Ese sonido no estaba hecho para despertar; estaba diseñado para torturar.
Estiré el brazo para apagar aquel molesto reloj y dormir un poco más. No obstante, se ha caído al suelo. Gruñí, me despegué de las sábanas —que de pronto me parecían el lugar más seguro del universo— y me arrastré fuera de la cama para silenciar aquella tortura. En cuanto el silencio volvió a la habitación, me dejé caer de espaldas sobre el colchón nuevamente.
Fijo los ojos en el techo, donde hay una mancha de humedad en la esquina que parece un mapa. Tiene una forma rara, como un mapa de un país extraño. A veces, al despertar me quedo viéndola fijamente, me gustaba inventar que ese mapa era un lugar al que iríamos cuando todo esto terminara. Imagino que algún día conseguiré graduarme de arquitecto, que algún día conseguiré un buen empleo, que algún día no tendré que contar los centavos para sobrevivir al día y les pueda dar la vida que se merecen a mis hermanos.
Suspiré, sintiendo cómo el frío de la mañana se me metía por los huesos. Me siento al borde del colchón y un escalofrió recorre mi espina dorsal. La habitación está helada y la casa huele a encierro, a humedad y a ese aroma metálico de las cosas viejas que nadie arregla. Veo las mantas por un momento. Podría dejarme llevar. Podría cerrar los ojos de nuevo, ignorar la alarma, hundirme bajo las mantas delgadas y dejar que el mundo exterior, con su hostilidad y sus deudas, nos consumiera a todos. Sería lo fácil. Mamá no está. No sabemos dónde está, ni cuándo volverá, ni si esta vez que regrese nos traerá algo más que excusas o problemas.
Pensé en lo que me esperaba al cruzar la puerta de la habitación, en el refrigerador ya no queda nada mas que una botella a la mitad de leche, hay algunas rebanadas de pan, algo de fruta, harina y otras pocas cosas. Ah, y también en la mesa de la cocina, me esperaba ese sobre azul con las cuentas del banco que me recordaba que estábamos al límite de deudas. Pero, sobre todo, mis propios sueños, los pocos que tenía para mí, los cuales cada día que pasa me parecen tan lejanos y borrosos. Sí, la negatividad está ahí, palpable, densa, como la niebla que se aferra a los cristales de la ventana.
Sin embargo, no iba a rendirme hoy, no iba a dejar que la negatividad me arrastrara con ella y dejaría de luchar. Algo dentro de mi hizo clic, y eso provoco que me pusiera en pie, al plantar los pies en el suelo frío siento un shock eléctrico que me termina de despejar. Me estiro, escuchando el crujido de mis propias articulaciones, un recordatorio de que estoy vivo y de que tengo un trabajo que hacer. Ellos son ese trabajo. Mis tres mejores motivos para continuar, la terca de Helena, el rebelde de Leonardo y la traviesa de Mia.
Con ellos en la mente, salgo al pasillo. Aun todo está en silencio, aun mi hermano pequeño duerme en la habitación de al lado. Mis hermanas igual, quienes duermen en la otra, seguramente hechas un ovillo, compartiendo la única manta gruesa que tenemos.
No importa que tan difícil se ponga la situación, siempre luchare por ellos. Soy Matias García y puedo contra todo. Como lo dice Mia. Aunque solo seamos medios hermanos, ellos son mi vida y no los dejare solos.
Apenas y entro a en la cocina oprimo el interruptor y la luz temblorosa de la única bombilla que funciona ilumina el desastre. La mesa está llena de hojas y colores, donde ayer Mia y Leo estuvieron haciendo la tarea, y el sobre del banco que parece burlarse de mí. Me acerco a la mesa, levanto sus cosas y las acomodo en su mochila, después paso al refrigerador y saco esa media botella de leche. Luego busco el pan restante para preparar unas deliciosas tostadas, algo que a ellos les encanta desayunar.
Mientras preparo las tostadas el olor a pan quemado empieza a llenar el aire, mezclándose con el frío matutino y con el olor a café de olla recién hecho. Y en este momento, es el mejor olor del mundo.
Cuando termino de preparar las tostadas salgo al pasillo para ir a despertarlos.
—Arriba, ¡chicos! —grito con una sonrisa forzada pero llena de intención, tocando las puertas de sus habitaciones. — ¡El desayuno está listo! ¡Un nuevo día nos espera!
Termino de tocar sus puertas y entro al baño para lavarme la cara y acomodar un poco mi cabello. Me miro en el pequeño espejo que se encuentra encima del lavamanos. Mi reflejo me devuelve la mirada: ojeras profundas, cabello desordenado, una camiseta vieja y desgastada. Me veo cansado, sí, pero también veo algo más. Veo la luz que se niega a apagarse. Veo al hermano mayor que hará todo lo que esté en sus manos, todo lo que sea posible e imposible, para que no les falte nada. Siempre hare lo posible por ellos.
Finalizo de lavar mi rostro y me paso a mi habitación para cambiarme a mi uniforme, esta semana será un poco pesada, ya que han iniciado los exámenes del primer parcial y tengo que buscar un nuevo trabajo. El simplemente ayudar a descargar los camiones de fruta por las tardes en el mercado no me está ayudando lo suficiente, se nos están terminando los ahorros del dinero que mama trajo hace un mes y lo que conseguí ahorrar en la semana pasada que tuve buenos trabajos ayudando.
Termino de arreglar el cuello de la camisa y me coloco una sudadera ya que hoy se siente un poco más fresco. Salgo de mi habitación y me dirijo a la cocina para terminar de preparar unos panques para que los chicos lleven a sus clases.
Editado: 24.07.2026