El sol se desangraba en tonos naranjas y morados sobre el horizonte de Monte Aurelio mientras Sofía Moreno abandonaba el hospital. Cada paso era una penosa despedida de la vida que conocía, cada bocanada de aire un recordatorio de la sentencia helada que resonaba en su interior: un diagnóstico irreversible, la cruel notificación de un tiempo peligrosamente limitado.
La voz del médico —impersonal y grave— seguía sonando en su mente, un eco persistente de su mortalidad. Sofía no encontró lágrimas. La magnitud de su pérdida era un abismo tan vasto que las lágrimas se antojaban insignificantes, incapaces de llenar el vacío gélido que se había instalado en su pecho.
Simplemente caminó, una figura espectral atrapada en la inercia de la incredulidad mientras el mundo a su alrededor continuaba su curso indiferente, ajeno a la tormenta silenciosa que la desgarraba.
En una esquina sombreada —casi olvidada por el crepúsculo— una anciana permanecía sentada directamente sobre el frío asfalto, la mano huesuda extendida en una silenciosa súplica.
Sofía absorta en la densa niebla de su propio dolor estuvo a punto de pasar de largo, su mirada fija en la opacidad de su futuro cercano. Pero una fibra latente de su antigua bondad, un eco tenue de la mujer compasiva que alguna vez fue, la detuvo en seco. Sin levantar la vista hacia el rostro de la mendiga, abrió su bolso con manos temblorosas y extrajo varios billetes. La textura crujiente del papel moneda se sintió extrañamente irreal.
—Compre algo caliente —murmuró Sofía con una voz apagada, apenas un susurro que se quebró al final. La urgencia de su propia situación se filtró en la breve frase. Antes de que la anciana pudiera articular una palabra de agradecimiento, Sofía ya se había alejado, su atención gravitando hacia la oscura e inescrutable línea del horizonte que marcaba el final de su camino.
La mansión Montague se alzaba ante ella imponente y fría bajo la luz crepuscular—. Lo que una vez había sido un símbolo de su amor y prosperidad, ahora se erguía como una prisión de piedra, sus altos techos y las paredes adornadas con lienzos costosos burlándose de su soledad creciente. Al empujar la pesada puerta principal, la voz de Felipe la alcanzó desde el salón —un murmullo familiar que, sin embargo, la hirió profundamente por el contexto de sus palabras—.
—Te echo de menos… ya no sé cuánto más podré soportar esta farsa —decía Felipe, su tono impregnado de una melosidad que Sofía no había escuchado dirigida a ella en incontables lunas. Una risa suave, íntima, se coló en el aire, un sonido que no le pertenecía
—.Esta noche también… tendré que inventar algo para llegar tarde. No puedo permitirme que sospeche.
Sofía se petrificó en el umbral del salón, el marco de caoba como su único sostén en ese instante de revelación brutal. Cada palabra que escapaba de la boca de Felipe era un proyectil helado que destrozaba las últimas ilusiones que se aferraban a su corazón. Ya no había espacio para la duda, para la negación. La persona a la que Felipe extrañaba con tanta vehemencia no era ella, la mujer que compartía su lecho y su apellido, la mujer que se marchitaba lentamente en su propia casa.
Felipe terminó la llamada con una ligereza cruel, completamente ajeno a la presencia espectral de su esposa al otro lado de la puerta—. Con la misma indolencia con la que la había tratado durante los últimos cuatro meses, se giró sobre sus talones y ascendió la gran escalera, silbando una melodía despreocupada. Sofía permaneció clavada en su sitio, un temblor incontrolable recorriendo su cuerpo, sus ojos nublándose con lágrimas amargas que se negaban a caer, como si incluso sus lágrimas se hubieran agotado. Sabía con una certeza dolorosa que esa noche, al igual que tantas otras desde que la frialdad se había instalado entre ellos, Felipe no regresaría al lecho conyugal. Sus noches las pasaba en otra ala de la mansión, un santuario secreto lejos de su esposa moribunda y volvía al amanecer, cuando el silencio opresivo ya había devorado cualquier vestigio de su presencia.
Cuando finalmente reunió la fuerza titánica para ascender los escalones, cada paso resonó en el silencio sepulcral de la mansión como un lamento silencioso. En su habitación, se dejó caer sobre la cama con un gemido ahogado, sintiendo la punzada fría de la soledad atravesarle el alma. Las lágrimas por fin liberadas, comenzaron a rodar por sus mejillas, cálidas gotas de dolor sobre su piel pálida.
En un intento desesperado por encontrar consuelo en la oscuridad, Sofía trató de convencerse de que, al menos, Felipe tendría a alguien que lo cuidara cuando ella ya no estuviera. Porque conocía sus exigencias —sus manías imposibles—: nadie más que ella podía cocinar sus platos predilectos sin incurrir en su disgusto, cada camisa debía ser planchada con una precisión obsesiva, sin la más mínima arruga, de lo contrario era blanco de sus crueles insultos, una faceta de su carácter que había emergido con virulencia en los últimos meses, borrando la memoria del hombre amable del pasado.
A medida que la noche profunda envolvía la mansión en su manto silencioso, el vacío dentro de Sofía se expandía, un agujero negro que amenazaba con engullirla por completo. No podía imaginar que esta noche marcada por el dolor y la traición, sería tan solo el preludio de un destino inimaginable que estaba a punto de desatarse, un giro inesperado que desafiaría las leyes del tiempo y la cordura.
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Editado: 03.04.2025