El Eco de su Primer Amor

CAPÍTULO 1: JAQUE AL ABURRIMIENTO

Mi ciudad, aquí en el corazón del Beni, es un horno en horas de la tarde, y no estoy hablando de una metáfora poética sobre el calor humano. Hablo de esa temperatura específica que se queda estancada entre las calles y los techos, haciéndote cuestionar si estamos viviendo en la superficie del sol o simplemente en el centro de un secador de pelo gigante. Mi cerebro se estaba derritiendo al mismo ritmo que el hielo de mi chicha de maíz, y mi única ventana al mundo, o al menos a algo que no fuera el ventilador de techo haciendo un ruido rítmico y desesperante, era la pantalla de mi celular.

Para matar el tiempo, entré a Facebook. No porque estuviera buscando el amor, ni siquiera porque quisiera ver qué desayunaron mis contactos, sino porque mi nivel de aburrimiento había alcanzado picos históricos. Terminé en la sección de juegos.

Spoiler: soy un desastre total jugando al ajedrez. Pero un desastre de los de manual, de esos que mueven piezas al azar ignorando olímpicamente las reglas básicas del juego. Lo mío no es la estrategia, es la improvisación caótica. A mi alrededor, en la sección de mensajes, mi bandeja de entrada era un cementerio de “Hey cutie”, “Hello beautiful” y otras lindezas escritas por tipos que viven en lugares remotos que ni siquiera sé ubicar en el mapa, y que, honestamente, me dan una pereza infinita. Mi burbuja era sagrada, mi ventilador era mi única prioridad, y mi interés por socializar con desconocidos era, básicamente, nulo.

Hasta que apareció él.

No era el típico perfil sospechoso con fotos de autos de lujo, leones posando en la selva o atardeceres descargados de Google que parecen un fondo de pantalla de Windows 98. Su foto tenía una profundidad que me hizo pausar el dedo antes de darle al botón de cerrar. Era una mirada seria, casi melancólica, que contrastaba con la mediocridad de mis oponentes habituales.
Seguí jugando día tras día, perdiendo estrepitosamente contra medio planeta. Pero admito, aunque me cueste reconocerlo, que mi mente siempre volvía a ese perfil en particular. Era como si el algoritmo de Facebook supiera que ahí había algo diferente, una anomalía en mi desastroso historial de partidas.
Una tarde, el calor del Beni me dio una tregua justo cuando él decidió romper el hielo. Yo estaba ahí, tirada en mi cama, con las piernas al aire y la chicha de maíz empezando a dejar un charco de condensación sobre la mesa de luz. De repente, la barra de chat parpadeó. Un mensaje.

Abhay: Hola 👋

Me quedé congelada mirando la pantalla, con el vaso de chicha a medio camino de la boca. El corazón me dio un vuelco que no estaba en mi programa para el día. Entre tantos mensajes en inglés que me daban un sueño eterno, leer un “Hola” escrito en mi propio idioma fue como un cortocircuito en mi cerebro.
¿Quién era este tipo y por qué hablaba español? ¿Cómo sabía que yo era de aquí? ¿Acaso era un psicópata que estudiaba mis movimientos de ajedrez? Mis dedos bailaron sobre la pantalla, dudando entre bloquearlo por seguridad o seguirle el juego por pura curiosidad juvenil.

—Calma, Amalia —me dije a mí misma en voz alta—. Es solo un tipo aburrido en un país remoto. Probablemente usa el traductor de Google hasta para pedir una pizza.

Aun así, le escribí.

Amalia: ¿Hola? ¿Cómo es que hablas español?
No pasaron ni tres segundos cuando los tres puntitos empezaron a saltar. Esos famosos puntitos que, según la ciencia, son la causa principal de los infartos precoces en los jóvenes de esta generación.

Abhay: Lo estudio. Me gusta el idioma. Y me gusta cómo juegas al ajedrez.
Solté una carcajada seca.

Amalia: Si por “cómo juego” te refieres a que regalo mi reina en el segundo movimiento, entonces tienes un gusto muy peculiar, Abhay.
Abhay: Es una estrategia atrevida. Nadie espera que alguien sea tan… impredecible.

—Impredecible —murmuré, con una sonrisa tonta que traté de esconder tras el vaso—. Qué forma tan elegante de decir que soy una patética en el juego.
Pasamos la tarde hablando de tonterías. Me contó que vivía en Bhopal, una ciudad en la India que yo solo conocía por los mapas del colegio. Me habló de su familia, de su trabajo, y de cómo el español le parecía un idioma “con música”. Yo, por mi parte, intentaba no sonar demasiado impresionada, aunque por dentro estaba alucinando. Estaba hablando con alguien al otro lado del mundo mientras el ventilador de mi cuarto seguía dándome golpes de aire caliente en la cara.

Me sentía como la protagonista de una novela juvenil que todavía no sabía que estaba a punto de meterse en un lío monumental. Abhay era diferente. No pedía fotos, no se ponía intenso, no me lanzaba piropos baratos. Solo hablaba, y en su forma de escribir había una pausa, una calma que me obligaba a soltar el celular cada diez minutos para respirar y comprobar que seguía siendo yo, la chica de siempre, en mi rincón del Beni.

Pero, a medida que la tarde caía y el sol empezaba a retirarse, dándole paso a esa luz naranja característica de nuestras tardes, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Estaba abriendo una puerta. Una puerta pequeña, casi invisible, pero que se sentía peligrosamente grande.

Lo que no sabía en ese momento, mientras el hielo de mi vaso se terminaba de derretir por completo, es que ese primer “hola” no era solo una interacción más en una red social. Era el comienzo de una partida de ajedrez que, esta vez, sí iba a jugar en serio. Y, a diferencia de todas las partidas anteriores, en esta no me importaba perder. De hecho, empezaba a sospechar que, tarde o temprano, terminaría entregándole todo, pieza a pieza.




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