El Eco de su Primer Amor

CAPÍTULO 3: NUEVE HORAS DE DIFERENCIA

Pasaron los días y el tablero de ajedrez dejó de ser un simple pasatiempo para convertirse en mi rincón favorito de la rutina. Cada vez que me conectaba, sentía una pequeña descarga de adrenalina al ver su nombre en línea. Había una complicidad creciendo entre nosotros, tejida a base de jugadas lentas y mensajes que tardaban un poco en llegar. Sin embargo, el misterio seguía flotando en el aire. Sus fotos, sus horarios extraños y esos rasgos tan llamativos en su perfil me tenían con la intriga a flor de piel.

Mi vida en el Beni seguía su curso. El sol caía sobre los techos de calamina, el calor se intensificaba por las tardes y la vida se movía con esa lentitud característica de mi tierra. Pero yo vivía un mundo paralelo. Mientras mis amigas salían a las ferias o se quejaban del calor, yo estaba en mi burbuja, analizando si el último movimiento de Abhay había sido una táctica maestra o solo un despiste por culpa del traductor.
Una noche, mientras la casa estaba en completo silencio, el aire por fin nos daba un respiro tras una jornada sofocante y yo sostenía el teléfono con ambas manos, decidí que ya era hora de romper el hielo y dejar las adivinanzas atrás. Le tocaba mover a él, así que aproveché el espacio en blanco del chat para lanzar la pregunta. Lo que no me esperaba era que la respuesta me reacomodara el mapa por completo.

Amalia: ¡Jaque! Te tengo acorralado 😜 Oye, cambiando de tema… ya nos conocemos un poquito más y sigo con la duda. ¿Al final de qué país eres? Me muero de curiosidad por tus fotos.
Esperé. Los tres puntitos empezaron su danza habitual. Sentí un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y emoción. ¿Y si era alguien que estaba ocultando algo grave? ¿Y si vivía en un lugar que yo ni siquiera podría situar en un globo terráqueo?

Abhay: Jaja, buena jugada con el alfil, me salvaste por poco 🙈 Y bueno, creo que llegó el momento de decírtelo. Soy de la India 🇮🇳. Vivo en una ciudad llamada Bhopal.
Me quedé petrificada. La India. Eso sonaba a película, a especias, a distancias siderales.

Amalia: ¿¡De la India!? 😮 ¡Guao! Eso está literalmente al otro lado del mundo. No me lo imaginaba para nada. ¡Qué increíble!

Abhay: Sí, bastante lejos jaja. Por eso te dije que usaba ayuda. La verdad es que utilizo el traductor de Google para entender todo lo que me pones y para escribirte en español. A veces es un poco difícil porque algunas palabras no se traducen bien.
Me dio un vuelco el corazón. ¿Era tan importante para él entenderme que se tomaba la molestia de usar un intermediario digital cada segundo?

Amalia: Qué tierno de tu parte hacer todo ese esfuerzo por hablar conmigo de verdad 🥺. Pero oye, debe ser súper pesado estar copiando y pegando cada mensaje en el juego.

Abhay: Un poco, pero vale la pena. Aunque… se me ocurre una idea para que sea más fácil para los dos y practiquemos. ¿Qué te parece si hacemos un trato? 🤝✨

Amalia: A ver, dime, soy todo oídos. ¿Cuál es el trato?
Abhay: Tú me escribes en inglés, que así yo lo leo directo y me resulta más rápido. Y yo te sigo respondiendo en español usando el traductor para que tú no tengas que complicarte. ¿Hacemos equipo? 😉
Sonreí ante la pantalla, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el clima del Beni.
Amalia: Deal! Trato hecho. Me parece una idea genial, así practico mi inglés que buena falta me hace jajaja.

Abhay: Perfect! Me hace muy feliz. Por cierto… aquí ya amaneció, son las 7 de la mañana. ¿Qué hora es en tu país? ☀️

Amalia: ¿¡Las 7 de la mañana!? Ay Dios mío 😳 Aquí son las 10 de la noche apenas. ¡Tenemos 9 horas de diferencia!

Abhay: Wow… 9 horas. Mientras tú te preparas para dormir, yo estoy empezando el día. Es como si viviéramos en tiempos diferentes, pero nos encontramos en el mismo tablero ♟️🖤

Amalia: Sí… es una locura pensar que estás viviendo en el futuro jajaja. Pero me gusta.
A partir de esa noche, la distancia se volvió una cifra abstracta y el idioma un juego más. Mis mensajes en inglés, a veces con errores gramaticales que me avergonzaban un poco, viajaban miles de kilómetros, y sus respuestas en español, a veces un poco robóticas por el traductor, llegaban como un bálsamo.
Nos adaptamos perfectamente. Empecé a vivir en un desfase horario caótico, pero extrañamente perfecto. El ajedrez ya no importaba. Ya no me fijaba si ganaba o perdía la partida; lo único que me mantenía despierta, ignorando el cansancio de mis jornadas, era ver esos tres puntitos escribiendo en la pantalla.

Descubrí que Bhopal tenía una historia cargada de contrastes y que Abhay era mucho más que un perfil de Facebook. Me contaba sobre sus mañanas, sobre el té, sobre el ritmo acelerado de su ciudad, mientras yo le contaba de mis atardeceres en el Beni, de la calma de nuestra gente y del calor que nos hace valorar tanto la sombra.
Pasaron dos meses. Mi inglés mejoró, pero lo que realmente se transformó fue mi perspectiva. Empecé a ver el mundo como un tablero compartido. No importaba si yo estaba empezando mi noche y él su mañana; estábamos sincronizados en un sentimiento que, a falta de un nombre mejor, empezaba a parecerse peligrosamente al amor.

Me di cuenta de que el ajedrez se había convertido en un pretexto. Las piezas de plástico en la pantalla eran solo la excusa para no soltar el teléfono, para no dejar de leerlo. Yo me desvelaba un poco más, ignorando las quejas de mi madre por ver la luz de mi cuarto encendida tan tarde, y él sacrificaba momentos de su día con tal de encontrar ese hueco para mí.




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