El calendario siguió avanzando implacable hasta que nos topamos de frente con los últimos días de diciembre. Llegaron las fiestas de fin de año, y con ellas, esa atmósfera nostálgica que lo inunda todo. La Navidad y el Año Nuevo son fechas donde la necesidad de cercanía se vuelve más real. Para mí, estando en esta esquina del Beni, donde el fin de año se celebra con música a todo volumen, el olor a lechón al horno, las calles llenas de movimiento y un calor que te obliga a buscar la sombra a cada instante, la distancia con Abhay se sintió más latente que nunca. Mi mente, sin embargo, estaba conectada a un huso horario totalmente distinto, viviendo entre dos mundos.
El chat de Instagram estaba al rojo vivo; nos enviábamos fotos de la decoración de nuestras casas, bromas sobre la comida típica y buenos deseos. Para él, el fin de año significaba una brisa fría y abrigos pesados; para mí, significaba shorts, sandalias y el ventilador a máxima potencia. Sin embargo, en medio de esa ola de calidez festiva, Abhay decidió dar un paso que me tomó por sorpresa. Rompió la barrera del texto.
Para mí era una tarde normal, las 1:43 p.m. para ser exacta. Estaba en mi habitación, tratando de convencer a mi cerebro de que no se derritiera, buscando el ángulo perfecto frente al ventilador, cuando el teléfono empezó a vibrar de una forma diferente en mis manos. Un zumbido constante y ansioso.
No era una notificación de mensaje común. Era una solicitud de videollamada entrante. Su nombre parpadeaba en la pantalla y el corazón se me subió a la garganta en un segundo, golpeando contra mis costillas con una fuerza que me dejó sin aire. Respiré hondo, me acomodé el cabello a toda prisa frente al espejo y, con los dedos temblando por los nervios, presioné el botón verde.
¡Por fin!, pensé. Por fin voy a ver si sus pestañas son tan largas como dicen las fotos.
La pantalla se encendió, pero la ilusión me duró muy poco. Lo único que vi fue mi propio rostro reflejado en el recuadro pequeño y, del otro lado, un fondo completamente negro. Ni un pixel de luz, ni una sombra, ni un movimiento.
—¿Hola? ¿Abhay? —dije al aire, con la voz un poco más aguda de lo habitual, esperando escuchar su acento o al menos un ruido de fondo. Pero no hubo respuesta vocal, solo un silencio absoluto que parecía vibrar en mis oídos.
Miré el contador de tiempo en la esquina de la pantalla: cinco, diez, quince segundos… Mi impaciencia crecía. Intenté buscar sus ojos, alguna silueta a través de la oscuridad, pero la pantalla seguía muerta. A los treinta segundos exactos, la llamada se cortó de golpe de su parte.
Me quedé estupefacta, mirando la pantalla estática de Instagram, con una mezcla de emoción frustrada, decepción y muchísima confusión. Sentí que me habían dejado plantada en un baile al que ni siquiera me invitaron. De inmediato, mis dedos volaron al teclado para saber qué había pasado.
💬 El Chat tras la Llamada Oscura
Amalia: Hey! What happened? I couldn’t see you, the screen was completely black 😳 (¡Hey! ¿Qué pasó? No pude verte, la pantalla estaba completamente negra).
Abhay: ¡Hola! Ay, lo siento mucho, Amalia 🙈. Intenté llamarte pero creo que mi conexión a internet está fallando mucho hoy.
Amalia: Oh, I see! I thought your phone screen was broken or something. Here it is 1:43 p.m. and I was ready to chat. Don’t worry, technology can be crazy during New Year’s Eve Jajaja. (¡Oh, ya veo! Pensé que la pantalla de tu teléfono estaba rota o algo así. Aquí son la 1:43 p.m. y yo estaba lista para charlar. No te preocupes, la tecnología puede volverse loca en fin de año).
Abhay: Sí, debe ser eso… Aquí ya son las 10:30 p.m. de la noche y el internet se pone muy lento a esta hora con tanta gente enviando mensajes por las fiestas. Qué mala suerte tuvimos, de verdad quería saludarte en persona.
Amalia: Don’t worry, we can try another day when your network is better. At least I could see my own face of surprise 🤭 (No te preocupes, podemos intentarlo otro día cuando tu red esté mejor. Al menos pude ver mi propia cara de sorpresa).
Abhay: Jaja me imagino. Discúlpame en serio, me dio mucha pena que se cortara así de la nada a los 30 segundos.
Amalia: It’s fine, Abhay! No need to apologize. Go back to your celebrations and we will talk later, okay? Happy New Year! 🎉🖤 (¡Está bien, Abhay! No hay necesidad de disculparse. Vuelve a tus celebraciones y hablamos luego, ¿sí? ¡Feliz Año Nuevo!).
Abhay: Gracias por entender, Amalia. Eres un sol. ¡Feliz Año Nuevo para ti también! Que pases una tarde hermosa. Mañana jugamos ajedrez sin falta.
Cerré la aplicación dando un largo suspiro. Mientras yo me preparaba para continuar con mi tarde ruidosa de fin de año, sintiendo el ambiente festivo de mi vecindario afuera, él ya estaba a punto de terminar su noche en el invierno asiático. Con una hermosa e inocente ingenuidad, me autoconvencí de que todo había sido un simple y desafortunado fallo técnico. Me guardé los nervios en el pecho, pensando en lo accidentada que había sido nuestra primera “cita” virtual.
Lo que mi mente romántica y confiada ni siquiera alcanzaba a sospechar era la tormenta de nervios que realmente estaba pasando por la cabeza de Abhay al otro lado de la línea. No había ningún problema de internet, ni pantallas rotas, ni caídas de señal. El misterio de esos treinta segundos ocultaba algo mucho más profundo, tierno y humano que la señal de una red inalámbrica. Él estaba ahí, en su cuarto, con la luz apagada, luchando contra un miedo que yo aún no entendía: el terror a que, al verme, yo descubriera que él era solo un chico asustado, y que eso fuera suficiente para que yo decidiera cerrar mi tablero de ajedrez para siempre.0