El Eco de Ti

1. Un buen hombre

Margot

Las fiestas de sociedad siempre me habían parecido agotadoras.

Había algo tedioso en ver a tanta gente de alcurnia reunida en un mismo salón, esforzándose por reír de más y aparentar una alegría que solo el exceso de vino lograba dar. Todos creían que nadie los observaba cuando bebían como alcohólicos de la calle.

A mi hermana, en cambio, le fascinaban. Bianca sabía moverse en este mundo con una naturalidad envidiable; entendía las reglas, los silencios, las miradas. También sabía más que nadie que, para nosotras, esta noche no era solo diversión, sino la única forma de sostener lo que quedaba de nuestro apellido después de que papá muriera y nuestra fortuna se esfumara con él.

Sin embargo, debo admitir que esta noche quizá sea la excepción.

Quizá sea por el hombre de la máscara de plumas oscuras. Lleva un traje de un negro tan profundo que parece una grieta en medio de este salón lleno de gente vestida en tonos pastel y sedas brillantes. Mientras los demás parecen esforzarse por brillar de más, él solo está ahí, destacando exactamente por lo sobrio, por lo impecable.

No hemos intercambiado una sola palabra, pero el peso de su mirada está en cada paso que doy. No importa hacia dónde vaya ni hacia dónde me mueva o con quién intente entablar una conversación simple; cada vez que levanto la vista, sus ojos, intensos y atentos, están sobre mí.

De repente, el ritmo del vals se vuelve más suave y los bailarines en el centro de la pista comienzan a dispersarse. Un grupo de caballeros que ríen estruendosamente se interponen en mi línea de visión, seguidos por un desfile de mujeres que se dirigen a la mesa de refrescos. Aprovecho esa barrera de extraños para escabullirme hacia una zona más vacía del salón, buscando refugio lejos del centro de atención.

Ahora permanezco ahí, bebiendo pausadamente de mi ponche mientras observo al resto del salón moverse. Ya no siento su mirada, lo que me alivia y me descoloca a partes iguales. Es como si el aire se hubiera vuelto más ligero, pero a la vez más vacío.

Me obligo a apretar el cristal de mi copa, buscando en el frío que deja en mis dedos una pista de cordura. ¿Qué hago anhelando la atención de un hombre que ni conozco? Qué vergüenza.

Busco con la mirada a Bianca para distraerme. Cuando la noto, está en la otra esquina del salón con una sonrisa auténtica y brillante. Ella está en su elemento, disfrutando como se debe de la fiesta, así que me permito relajarme un poco sabiendo que no me necesita. Me quedo ahí, observándola en silencio, convencida de que finalmente estoy sola y a salvo de miradas ajenas.

Pero estaba equivocada.

–Bonita máscara.

El aire se me detuvo en los pulmones. No necesité girarme para saber de quién se trataba; el vello de mi nuca se erizó antes de que mis ojos encontraran su figura. Me obligué a apretar los dedos contra el frío cristal de mi copa para aferrarme a algo, a cualquier rastro de realidad. Lentamente, giré la cabeza.

Ahí estaba él apenas a un brazo de distancia. No sé si eso era demasiado cerca pero así lo sentía; como si su presencia reclamara un espacio que yo no estaba acostumbrada a ceder. Sus ojos me recorren con lo que él creería que es disimulo, pero no lo es en lo absoluto. Puedo sentir su atención grabándose en mi piel, observando cada detalle.

Azules, sus ojos eran azules.

Me obligo a hablar cuando siento que su atención se vuelve un poco más audaz, descendiendo con una lentitud impertinente hacia el escote de mi vestido con esa confianza de quien se cree dueño de todo lo que mira.

–Gracias –solté al fin.

Fue apenas un susurro, una palabra corta y sin aire; mi garganta ni siquiera tuvo tiempo de proyectar mi tono natural. O quizá mi cuerpo esté reaccionando por sí solo a la proximidad del suyo, aunque no pienso admitirlo. Ni ante él, ni ante el espejo mañana por la mañana.

–¿Solo eso? –respondió él. El matiz de su voz era inconfundible: una profundidad varonil mezclada con un tinte de diversión que me resultó algo irritante. Se inclinó un poco más, lo justo para que el aroma de su perfume, que era una mezcla que me recordó a madera y lluvia, se filtrara en mis sentidos–. He visto a hombres dar discursos enteros por la mitad de la atención que le estoy prestando ahora mismo.

Me obligue a sostenerle la mirada. No pretendía ser la primera en parpadear.

–Oh, ¿entonces dice que debería sentirme afortunada? –Mi tono destilaba ironía. No se podía ser más arrogante. Sin embargo, su confianza fue una de las cosas que me hizo no apartar la vista de él.

–Pues sí, podría. –asintió con ligereza. Dio un paso hacia mí, rodeándome sutilmente y haciendo que me tensara un poco más–. Por cierto, llevo toda la noche intentando descifrar el tono de ese vestido. ¿Es verde esmeralda? ¿Verde bosque...?

–¿No sabe distinguir tonos de verde? Eso es algo preocupante, si me permite decirlo–. respondí, logrando recuperar por un momento mi fachada–. Verde oscuro. Sin más.

Él soltó una risa breve, un sonido que vibró en el aire y que pareció acortar la distancia física entre nosotros sin necesidad de moverse. Me enderecé.

–Oh, claro. "Verde oscuro" –repitió con un deje burlón–. Supongo que el color esmeralda se lo ha reservado a esa pequeña piedra que adorna su máscara, ¿no?

Su mirada descendió por un segundo hasta mi rostro, deteniéndose en el antifaz de plata que protegía mi identidad. Bajo su escrutinio, sentí que el metal se volvía de cristal, volviéndose tan transparente y frágil que temí que pudiera ver a través de él.

Entonces, extendió una mano enguantada hacia mí.

–Acépteme un baile.

¿Un baile? ¿A mí?

Miré de soslayo hacia la pista, donde las parejas se deslizaban en un vaivén coordinado. No solía bailar en este tipo de eventos; aunque pretendientes no me faltaban, ninguno me había parecido lo suficientemente interesante como para aceptar... y mucho menos un desconocido tan impertinente como él.
Pero, para mi propia sorpresa, quería hacerlo. Quería saber si su seguridad se mantenía en la pista o si solo era una fachada de palabras bien ensayadas.




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