Margot
—Te está quedando precioso, cariño.
Mi madre se situó detrás de mí, posando sus manos sobre mis hombros mientras yo terminaba de asegurar la última horquilla en el cabello de Bianca. Sonreí suavemente, inclinándome hacia adelante para encontrar sus ojos en el reflejo del tocador.
—Y la modelo lo hace ver aún más hermoso—aseguré, observándolas a ambas a través del espejo.
Bianca era hermosa, tanto en alma como en apariencia. Y mi madre...parecía que el tiempo se hubiese detenido en ella y que los años todavía no le habían hecho factura.
Las tres nos parecíamos mucho. Compartíamos ese cabello de color negro azabache y facciones similares, pero siempre se decía que yo era el vivo retrato de Beatrice Rhotwell.
Sin embargo, había un detalle que me separaba de ellas: un mechón blanco que nacía tras mi nuca, un capricho de la naturaleza del cual desconocíamos su origen. Cuando era niña, mis padres consultaron a numerosos médicos en la ciudad, desde los más eminentes hasta los menos reconocidos, pero ninguno supo dar una respuesta así que llegamos a la conclusión de que es una particular marca de nacimiento.
Otro detalle que me separaba de ellas, más no de la familia, eran los ojos. Mientras ellas poseían ojos marrones, grandes y redondos, los míos eran verdes y de una forma más afilada.
—¿Ya vienen en camino?
La voz de mi tía Hortensia cortó el aire. Una mujer divorciada con una afición casi profesional para el chisme. Se que no debería guardar tales pensamientos sobre un familiar, pero la verdad era que su presencia me resultaba insoportable.
—Deben estar por llegar —respondió Bianca con una sonrisa ilusionada.
—¿viene toda la familia? — pregunté al notar que hablaban en plural. Ya era suficiente esfuerzo mental prepararme para recibir al Montclair mayor como para tener que lidiar con más de ellos.
—Viene acompañado por uno de sus hermanos —explicó mi madre—. Según ambos son muy unidos.
—¿Y tú ya estás lista? —cuestionó Hortensia, mirándome de arriba a abajo como quien observa a un mueble viejo.
Me invadieron unas ganas de decirle cosas que la etiqueta no me permitía, pero me limité a sostenerle la mirada con la mayor calma posible.
—Ya estoy lista —anuncié, manteniendo la barbilla en alto—. ¿Y usted? ¿Ese es el vestido que va a usar? Se ve algo anticuado, ¿no cree? Podría prestarle alguno con mucho gusto, pero no creo tener uno de su talla.
Hortensia se tensó visiblemente, su tez morena enrojeciendo en cuestión de segundos. Abrió la boca para replicar, pero prefirió quedarse callada después de compartir una mirada con mi madre. Se enderezó con brusquedad, alisando las arrugas inexistentes de su falda.
—La insolencia no te llevará a ningún lado, Margot —masculló entre dientes, evitando mis ojos—. Pero en fin, si ya estas lista, puedes ayudarme a preparar el té. No quiero que el servicio haga un desastre.
Se dió la vuelta y desapareció por el pasillo hacia la cocina. En cuanto su figura se perdió de vista, escuché las risas contenidas de mi madre y Bianca.
—Creo que los años le estan afectando el sentido del humor...—declaró Bianca con una mueca divertida.
—¡Bianca! —la reprendió nuestra madre, aunque una sonrisa delataba que ella también había disfrutado el intercambio.
Me encaminé hacia la cocina, donde el calor del horno y el olor a mantequilla inundaban el aire. Mientras colocábamos las piezas de porcelana con cuidado, mi tía se acercó a mi lado, limpiándose las manos con un trapo de lino. Su tono había cambiado; ahora buscaba ser persuasiva, lo cual era casi más irritante que su altanería.
—Margot, cariño...dicen que el hermano del Marqués también es un buen pretendiente —comentó, lanzándome una mirada de reojo.
Casi suelto una carcajada. Del hermano de ese hombre se contaban más historias sobre escándalos en clubes nocturnos y deudas de juego que sobre virtudes de caballero.
—No creo que sea exactamente eso —aseguré.
—Se que no nos llevamos tan bien, niña. Pero eres la mayor. Nuestra situación es precaria; estamos cayendo en la pobreza y necesitamos un ancla que nos sostenga. Eres hermosa, inteligente... muchos querrían cortejarte si dejaras de lado ese orgullo.
Me detuve en seco, apretando el borde de la bandeja de plata.
—Nosotras estamos en una situación difícil y buscamos como salir adelante, tía —respondí, bajando la voz por si se escuchaba algo afuera—. Usted, en cambio, vive en esta casa únicamente por nuestra benevolencia. Así que no confunda mi deber familiar con su derecho a subastarme al mejor postor.
—Solo digo que no debería ser Bianca la que esté ahí cuando tu deber como la mayor es poner la cara por la familia —soltó Hortensia con una suficiencia que me revolvió el estómago—. ¿Tanto la amas? Apenas tiene dieciocho años, Margot. Es una niña, y tú estás dejando que cargue con el peso de un matrimonio solo porque tú no quieres casarte.
Apreté los puños, sintiendo como el calor de la indignación subía por mi cuello.
—Preferiría mil veces que este matrimonio no existiera —aseguré, clavando mis ojos en los suyos. Ella retrocedió un pasó—. Pero Bianca aceptó esto y no puedo hacer nada para oponerme. Sin embargo, no subestime mi amor por mi hermana solo porque usted no sea buena siéndolo.
Hortensia abrió la boca para replicar, pero el sonido de un relincho y el crujir de la grava bajo las ruedas de un carruaje la obligó a callar.
Ya estaban aquí.
—Ahí los tienes —murmuró ella, recomponiéndose y alisando su vestido de —.Espero que esa boquita que tienes sea educada y amable, no que sirva solo para ser grosera con tu propia sangre, Margot.
Se dió la vuelta hacia la entrada, saliendo y dejándome sola en la cocina. Me quedé un segundo en silencio, escuchando las voces gruesas y masculinas que ahora inundaban la sala, aunque se escuchaban algo borrosas.