El Eco de Ti

3. Es una insolente

Bastián

La mujer parada frente a mí parecía haber visto a un fantasma.

Mi mano, que se había quedado extendida esperando un gesto de cortesía que no llegó, bajó lentamente. Me permití observarla un segundo de más; su mano derecha apretaba el satén color hueso de su vestido y noté cómo sus nudillos se ponían blancos en ese gesto.

No pude evitar preocuparme. ¿Se sentiría bien? Su reacción era desconcertante. En otra ocasión habría pensado que se estaba derritiendo ante mi increíble presencia, pero ella no parecía esa clase de mujer.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —me atreví a preguntar.

La mujer por fin salió de su estupor, pestañeando un par de veces y soltando su vestido. Asintió con la cabeza.

—Sí, me encuentro bien —aseguró, enderezándose delante de mí.

Dio una bocanada de aire y ese movimiento hizo que mis ojos se detuvieran un segundo en el escote recto de su vestido antes de que pudiera siquiera evitarlo.

—Bien. Como le decía, su hermana me ha hablado maravillas de...

Se dio la vuelta y se alejó de mí. Sin más, se fue a sentar al lado de su madre, dejándome con la palabra en la boca.

Ninguna mujer en todo Silverhall me había hecho tal desplante de esa forma. Siempre tenía yo la última palabra, siempre decidía yo cuando acabar la conversación, pero esa mujer ni siquiera me dejó iniciar una.

—Perdónela —me pide la mujer de lunar exuberante en la mejilla. No soy de desviar la mirada, odio hacerlo, pero no puedo verla por mucho tiempo—. Siempre ha sido algo...

—No necesita darle una descripción detallada de mi persona, tía— asegura la mujer, interrumpiéndola—. Ya se hará sus propias conclusiones.

Solté una risa seca, un bufido cargado de ironía.

—Margot,¿no? —pronuncié su nombre como si estuviera probando un vino amargo. Ella confirmó con un leve gesto de cabeza—. ¿La conozco de algún lado? Tengo la sensación de haber visto esa mirada en otro lugar.

—No creo haberme cruzado nunca con usted. Hay muchas mujeres con ojos verdes en Silverhall, un rasgo bastante común,¿no cree? Seguro me confunde con cualquier otra.

¿Aquello era una insinuación?

Me acababa de insultar una mujer que conocía desde hacía menos de cinco minutos. La hermana de mi prometida me estaba llamando, indirectamente, un libertino que no sabía distinguir un rostro de otro. Lo peor era que lo decía de una manera que me impedía reclamar.

—Si, seguro es eso —respondí con una sonrisa gélida—. Sus ojos son realmente comunes por acá.

Decidí molestarla un poco. Algo que sé que le molestaba a cualquier mujer, dentro o fuera de la ciudad, es ser llamada "común". Y en ella, que parecía desbordar arrogancia, la palabra debió doler.

Margot me lanza una mirada que, de haber sido posible, me hubiese enterrado tres metros bajo tierra. En sus pupilas verdes noté una pizca de furia que me resultó extrañamente satisfactoria. Bianca, mi prometida, fue la siguiente en hablar; Su voz suave y melódica resonó en el salón como un canto, rompiendo el ambiente que se había creado entre su hermana y yo.

—No seas modesto, Bastián. Los ojos de Margot son realmente únicos. Seguro solo se han cruzado alguna vez y no se han dado cuenta. Suele pasar.—se encoge de hombros.

Abrí la boca para protestar, pero preferí quedarme callado al final.

Cuando pasamos al comedor para el té, la velada transcurrió de forma idílica. Buen té, conversación fluida, una familia respetable. Con cada minuto que pasaba me reafirmaba que la señorita Bianca era la candidata perfecta.

Era hermosa, inteligente y, sobre todo, serena; algo que me aseguraba un futuro sin inquietud. Se sentía fácil estar con ella, un alivio comparado con el resto de candidatas intensas y ambiciosas que habían llegado a mí. Bianca era un puerto seguro.

Toda la velada habría sido perfecta de no ser por la mayor. Maldición, esa mujer me estaba sacando de mis casillas sin siquiera esforzarse. ¡Ni siquiera habíamos cruzado tres frases seguidas y ya parecía haberme puesto una cruz! Por Jesucristo, no era una adolescente caprichosa; de hecho, parecía tener más o menos mi edad.

Lo cual no me convenía en lo absoluto.

Mentira. No es que no me convenga, es que no me importa su edad, ni ella, ni nada que tenga que ver con su actitud defensiva. ¿Por qué habría de interesarme?

Intenté ser un caballero. Le pedí que me pasara la azúcar de la manera más amable que pude fingir, esperando un gesto mínimo de cortesía, pero ella se limitó a responder con frialdad:

—Está en el centro de la mesa; todos estamos al mismo alcance.

Tenía un punto, pero yo quería que ella me la pasara. soy el Márquez, por el amor de Dios. Lo peor no fue la respuesta, sino que ni siquiera se dignó a mirarme a los ojos al decirla, como si fuera un mueble más de la estancia.

La señorita era una insolente.

—Debemos irnos ya— le dije con suavidad a Bianca.

Ella estaba sentada en el piano, dejando que sus dedos tocaran una melodía dulce que llenaba el salón. Levantó la mirada para encontrarse con la mía. Habíamos acabado los dos solos en la sala para conversar y "conocernos" antes del compromiso, pero la realidad era que no nos habíamos dirigido la palabra. Yo estaba perdido en mis pensamientos y ella en su música; cada uno encerrado en su propio mundo.

—¿Tan temprano?— cuestionó, aunque no detecté tristeza en su voz, solo cortesía.

—Tengo una reunión con mi padre y la Reina —expliqué—. Pero nos veremos pronto, ¿si?

Me acerque ella. Tomé su mano, que se sentía ligera y suave bajo la mía, casi frágil, y deposité un beso en sus nudillos. Era una escena manual: el pretendiente perfecto y la novia ideal.

—bien, esta bien —asintió ella, regalándome una sonrisa.

La familia de Bianca se despidió de mi hermano y de mí sugiriendo un próximo encuentro que, claramente, no tardaría en llegar. Mi familia también buscaba una interacción constante con los Rhotwell; era fundamental. Sé que mi padre se encargaría de organizar más reuniones y de invitarlas a cuanto evento fuera posible.




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