El Eco de Tus besos

La tarde de lluvia

Capítulo 1

La lluvia había comenzado poco después del mediodía.

Caía sobre la ciudad con una suavidad casi melancólica, como si el cielo hubiera decidido suspirar durante horas.

Valentina Rojas observaba las gotas deslizarse por el cristal de la librería mientras acomodaba una pila de novelas recién llegadas.

Le gustaba la lluvia.

Siempre le había gustado.

Había aprendido a asociarla con los libros, con el olor del café y con esos momentos en los que el mundo parecía moverse más despacio.

La librería era pequeña.

No pertenecía a una gran cadena ni aparecía en las guías turísticas.

Sin embargo, para Valentina era el lugar más importante del mundo.

Entre aquellos estantes había crecido.

Su madre la llevaba allí cuando era niña para distraerla durante las largas jornadas de trabajo.

Mientras otras niñas soñaban con castillos o princesas, ella soñaba con historias.

Con personajes capaces de encontrar el amor incluso después de perderlo todo.

Quizás por eso seguía creyendo en él.

Aunque nunca hubiera tenido demasiada suerte en ese aspecto.

La campanilla de la puerta sonó.

Valentina levantó la vista automáticamente.

Un hombre acababa de entrar.

Llevaba un abrigo negro ligeramente mojado por la lluvia.

Era alto.

Demasiado alto para aquella pequeña librería.

Tenía el cabello oscuro y una expresión tranquila que contrastaba con el caos del exterior.

Durante un segundo sus miradas se encontraron.

Y algo extraño ocurrió.

Nada extraordinario.

Nada mágico.

Solo una sensación.

La impresión de haber visto aquellos ojos antes.

Aunque sabía perfectamente que era imposible.

El hombre recorrió los pasillos lentamente.

No parecía buscar nada en particular.

Pasaba los dedos por los lomos de los libros como si estuviera leyendo sus historias a través del tacto.

Valentina intentó volver a su trabajo.

Lo intentó varias veces.

Pero cada pocos minutos terminaba observándolo otra vez.

—Ridícula —murmuró para sí misma.

No era una adolescente.

Era una mujer adulta.

Sin embargo, algo en aquel desconocido despertaba una curiosidad imposible de ignorar.

Después de varios minutos, él tomó un libro de poesía y caminó hacia la caja.

Valentina intentó actuar con normalidad.

—Buena elección.

Él sonrió.

Y aquella sonrisa transformó completamente su rostro.

—¿Lo has leído?

—Tres veces.

—Entonces debe ser bueno.

—O simplemente tengo demasiado tiempo libre.

La sonrisa del hombre se hizo más amplia.

—No pareces alguien que desperdicie el tiempo.

Aquella respuesta la sorprendió.

No porque fuera especialmente romántica.

Sino porque parecía sincera.

Como si realmente estuviera observándola.

Valentina bajó la vista hacia la caja registradora.

—¿Te gusta la poesía?

—Me gusta lo que provoca.

—¿Y qué provoca?

Él guardó silencio unos segundos.

—Recordar cosas que uno intenta olvidar.

Aquella frase quedó suspendida entre ambos.

Por primera vez, Valentina notó algo diferente.

Una sombra.

Una tristeza escondida detrás de aquellos ojos oscuros.

Como si hubiera aprendido a sonreír para ocultar una herida.

Y de repente sintió ganas de conocer su historia.

No porque fuera atractivo.

Aunque lo era.

Sino porque parecía roto de una forma que ella entendía demasiado bien.

Cuando terminó de pagar, el hombre tomó el libro.

Pero no se marchó.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende.

—¿Siempre observas tanto a las personas?

Valentina sintió calor en las mejillas.

—¿Siempre haces preguntas incómodas?

—Solo cuando alguien llama mi atención.

El corazón le dio un pequeño salto.

Inesperado.

Molesto.

Peligroso.

Porque llevaba años evitando exactamente ese tipo de emociones.

Desde que su padre abandonó a la familia cuando ella tenía nueve años, había aprendido una lección muy simple:

Las personas se marchan.

Siempre.

Algunas tardan días.

Otras años.

Pero tarde o temprano terminan yéndose.

Por eso mantenía cierta distancia emocional.

Por eso prefería los libros.

Los personajes podían romperle el corazón.

Pero nunca podían abandonarla de verdad.

—Soy Adrián —dijo él finalmente.

—Valentina.

—Mucho gusto, Valentina.

La forma en que pronunció su nombre hizo que algo se estremeciera dentro de ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.

No miedo de él.

Sino de lo que podría llegar a significar para ella.

Afuera, la lluvia seguía cayendo.

Y sin saberlo, ambos acababan de entrar en el primer capítulo de una historia que cambiaría sus vidas para siempre.




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