El Eco de Tus besos

El hombre que escondía tormentas

Capítulo 2

Valentina apenas durmió aquella noche.

No porque hubiera ocurrido algo extraordinario.

No se habían besado.

No habían intercambiado números.

Ni siquiera habían hablado durante demasiado tiempo.

Y, sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a recordar la forma en que Adrián había pronunciado su nombre.

Como si lo hubiera dicho con cuidado.

Como si temiera romper algo.

A las dos de la madrugada seguía despierta.

Acostada boca arriba.

Observando el techo de su habitación.

—Esto es ridículo —susurró.

Pero el pensamiento regresó.

Los ojos oscuros.

La sonrisa tranquila.

La tristeza escondida detrás de ella.

Valentina giró sobre la almohada y cerró los ojos con fuerza.

No iba a convertirse en una de esas mujeres que se enamoraban de un desconocido.

Definitivamente no.

A varios kilómetros de allí, Adrián tampoco dormía.

Se encontraba sentado frente al ventanal de su departamento.

La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas.

Pero él apenas la veía.

Tenía un vaso de whisky entre las manos.

Y una fotografía sobre la mesa.

La observó durante varios segundos.

La imagen mostraba a dos jóvenes sonriendo frente al mar.

Él.

Y su hermano menor.

Mateo.

Su pecho se contrajo.

Habían pasado cinco años.

Cinco años desde aquella llamada telefónica que había dividido su vida en dos partes.

Antes.

Y después.

Todavía recordaba cada detalle.

La voz nerviosa del policía.

El hospital.

Los pasillos blancos.

La sensación de que el mundo entero se derrumbaba.

A veces seguía escuchando aquella llamada en sus pesadillas.

Y cada vez despertaba con la misma pregunta.

¿Qué habría pasado si hubiera estado allí?

¿Qué habría pasado si hubiera podido evitarlo?

La culpa era una sombra constante.

Silenciosa.

Implacable.

Y por mucho dinero o éxito que consiguiera, nunca desaparecía del todo.

Adrián cerró los ojos.

Pero esta vez no vio el hospital.

Ni el accidente.

Ni el funeral.

Vio unos ojos color miel.

Y una sonrisa tímida detrás del mostrador de una librería.

Valentina.

Una desconocida que había logrado distraerlo de sus propios fantasmas durante unos minutos.

Algo que nadie conseguía desde hacía mucho tiempo.

Demasiado tiempo.

A la mañana siguiente, Valentina llegó temprano a la librería.

El aroma de los libros recién abiertos siempre lograba tranquilizarla.

O casi siempre.

Porque aquel día no funcionó.

Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, levantaba la cabeza.

Y cada vez se sentía absurda por hacerlo.

Una señora mayor.

Un estudiante universitario.

Una pareja buscando regalos.

Nadie más.

Ningún Adrián.

—¿Esperas a alguien?

La voz de Clara, la dueña de la librería, la sacó de sus pensamientos.

—No.

—Mientes fatal.

Valentina suspiró.

—Solo estoy distraída.

—Eso tiene nombre de hombre.

—Clara...

—Llevo treinta años viendo personas enamorarse entre estos estantes.

Valentina soltó una pequeña carcajada.

—No estoy enamorada.

—Todavía.

Las horas pasaron lentamente.

La lluvia había desaparecido.

El cielo se había despejado.

Y Valentina comenzaba a convencerse de que no volvería a verlo.

Entonces la campanilla sonó.

Su corazón reaccionó antes que ella.

Levantó la vista.

Y allí estaba.

Adrián.

Como si hubiera salido directamente de sus pensamientos.

Por un instante ninguno habló.

Solo se observaron.

Sorprendidos.

Aliviados.

Como si ambos hubieran estado esperando exactamente aquel momento.

Él fue el primero en sonreír.

—Hola.

Valentina sintió algo cálido dentro del pecho.

—Hola.

—Supongo que debía devolverme por otro libro.

—¿Y encontraste uno?

Adrián se acercó lentamente al mostrador.

—Todavía no.

—Entonces estás en problemas.

—Tal vez vine por otra razón.

El corazón de Valentina dio un salto.

Pequeño.

Peligroso.

Incontrolable.

Adrián apoyó una mano sobre la madera del mostrador.

—¿A qué hora sales?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Valentina sintió cómo su respiración se detenía por un segundo.

Porque aquella ya no era una conversación casual.

Aquella era una invitación.

Y ambos lo sabían.

—A las siete.

Los ojos de Adrián brillaron ligeramente.

—Perfecto.

—¿Perfecto para qué?

Él sonrió.

Esa sonrisa que parecía esconder un secreto.

—Para invitarte un café.

Valentina intentó ignorar el nerviosismo que comenzaba a recorrerla.

Intentó recordar todas las razones por las que aquello era una mala idea.

Intentó convencerse de que debía decir que no.

Pero entonces volvió a mirar aquellos ojos oscuros.

Y descubrió que ya había tomado una decisión.

—Está bien.

Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sonrió de verdad.

Y por primera vez en mucho tiempo, Valentina sintió que algo nuevo estaba comenzando.

Sin saber que aquella historia también traería lágrimas.

Secretos.

Y una clase de amor capaz de cambiar una vida para siempre.




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