El Eco de Tus besos

Café para dos

Capítulo 3

Las últimas dos horas de trabajo se sintieron eternas.

Valentina intentó concentrarse en ordenar libros, revisar inventarios y ayudar a los clientes, pero cada pocos minutos miraba el reloj.

Y cada vez que lo hacía, se sentía un poco más ridícula.

Era solo un café.

Nada más.

No era una cita.

O al menos eso intentaba repetirse.

Aunque en el fondo sabía que estaba mintiéndose.

Porque desde que Adrián había salido de la librería aquella mañana, una extraña emoción se había instalado en su pecho.

Una mezcla peligrosa de ilusión y miedo.

Y ella conocía perfectamente esa combinación.

A las siete en punto cerró la puerta.

Clara la observó desde el interior.

—Ve.

—¿Qué?

—Tu café misterioso.

Valentina suspiró.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—No es una cita.

—Por supuesto que no.

Clara sonrió.

—Y yo soy una astronauta.

Valentina negó con la cabeza mientras salía.

Adrián estaba esperándola al otro lado de la calle.

Las manos dentro de los bolsillos.

El cabello ligeramente despeinado por el viento.

Y aquella expresión tranquila que parecía tan natural en él.

Cuando la vio acercarse, sonrió.

Y por alguna razón, esa sonrisa logró calmar parte de sus nervios.

—Pensé que te arrepentirías.

—Pensé lo mismo.

Él soltó una pequeña risa.

—Entonces ambos somos igual de desconfiados.

—Tal vez.

—¿Y siempre eres tan sincera?

—Solo cuando estoy nerviosa.

La respuesta escapó antes de que pudiera detenerla.

Adrián arqueó una ceja.

—¿Estás nerviosa?

—Ahora mismo no.

—Mentira.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo también lo estoy.

Aquello la sorprendió.

No parecía el tipo de hombre que se pusiera nervioso por nada.

Mucho menos por una simple conversación.

Y, sin embargo, algo en su mirada le dijo que estaba diciendo la verdad.

Caminaron hasta una pequeña cafetería situada a unas cuadras de la librería.

El lugar estaba iluminado por luces cálidas y olía a canela.

Valentina eligió una mesa junto a la ventana.

Afuera comenzaba a caer el atardecer.

Durante los primeros minutos hablaron de cosas simples.

Libros.

Películas.

Música.

Pero poco a poco la conversación comenzó a profundizarse.

Como si ambos olvidaran la necesidad de aparentar.

Como si las máscaras empezaran a caer.

—¿Siempre quisiste trabajar entre libros? —preguntó Adrián.

Valentina sonrió.

—Desde que era niña.

—¿Por qué?

Ella observó su taza.

Y por un instante pareció debatirse entre responder o no.

—Porque los libros nunca me decepcionaron.

Adrián guardó silencio.

—Eso suena triste.

—Lo fue.

Por primera vez aquella noche, Valentina habló de su padre.

Le contó cómo había desaparecido una mañana cualquiera.

Sin despedirse.

Sin explicaciones.

Sin volver jamás.

Le habló de las noches esperando una llamada.

De los cumpleaños en los que seguía mirando la puerta.

De la decepción que llegó después.

—Durante años pensé que había hecho algo mal.

Adrián la observó atentamente.

—Los niños siempre creen eso.

Valentina bajó la mirada.

—Sí.

—Pero no era tu culpa.

Ella sonrió con tristeza.

—Lo sé ahora.

Aunque todavía hay una parte de mí que sigue preguntándose por qué no fui suficiente para que se quedara.

El silencio que siguió fue suave.

Comprensivo.

No incómodo.

Y cuando Valentina volvió a levantar la vista, descubrió que Adrián la observaba de una forma diferente.

Más cercana.

Más humana.

Como si acabara de confiarle algo importante.

—¿Y tú?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—¿Yo qué?

—¿Qué te rompió?

Los ojos de Adrián se oscurecieron apenas.

Lo suficiente para que ella lo notara.

Y comprendiera inmediatamente que había tocado una herida.

—No tienes que responder.

—No.

Él suspiró.

—Está bien.

Durante varios segundos pareció buscar las palabras.

—Tenía un hermano menor.

Valentina esperó.

—Era mi mejor amigo.

El tono de su voz había cambiado.

Ahora sonaba más bajo.

Más vulnerable.

—Murió hace cinco años.

El corazón de Valentina se encogió.

Adrián observó la ventana.

—A veces siento que debería haber sido yo.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No.

Ella negó suavemente.

—Es culpa hablando.

Por primera vez, los ojos de Adrián encontraron los suyos.

Y en ellos había un dolor tan profundo que le costó sostener la mirada.

Porque entendió algo.

Aquella tristeza que había visto en la librería.

Aquella sombra detrás de su sonrisa.

No era imaginación.

Era duelo.

Era amor convertido en ausencia.

Y de pronto quiso abrazarlo.

No porque sintiera lástima.

Sino porque comprendía lo que era cargar una herida demasiado tiempo.

Cuando salieron de la cafetería, la noche ya había caído.

Las luces de la ciudad brillaban alrededor.

Caminaron sin prisa.

Ninguno parecía tener ganas de despedirse.

Finalmente llegaron frente al edificio donde vivía Valentina.

Los nervios regresaron.

Ella los sintió inmediatamente.

Porque sabía que aquel era el momento.

El final de la noche.

La despedida.

—Me gustó hablar contigo —dijo Adrián.

—A mí también.

—Más de lo que esperaba.

Valentina sonrió.

—Yo también.

El silencio volvió a aparecer.

Pero esta vez era distinto.

Más intenso.

Más cargado.

Los dos lo sentían.

La atracción.

La curiosidad.

Aquella conexión extraña que había comenzado entre ellos.




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