El Eco de Tus besos

El primer beso

Capítulo 4

Durante las semanas siguientes, Adrián se convirtió en parte de la rutina de Valentina.

Y eso era exactamente lo que más miedo le daba.

Porque las personas que se vuelven indispensables son las que más pueden lastimarte cuando se van.

Pero, aun así, no podía evitar esperar sus mensajes.

Ni sonreír cuando veía su nombre aparecer en la pantalla.

Ni sentir ese extraño calor en el pecho cada vez que escuchaba su voz.

—Buenos días.

Valentina sonrió al leer el mensaje.

Era sábado.

Apenas eran las ocho de la mañana.

—¿Sabes que las personas normales duermen a esta hora?

La respuesta llegó segundos después.

—¿Y las personas que piensan demasiado?

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Esas tampoco duermen.

—Entonces estamos en problemas.

Valentina apoyó el teléfono sobre la almohada.

No podía recordar cuándo había sido la última vez que alguien le había hecho tan fácil sonreír.

Y eso empezaba a asustarla.

Aquella tarde caminaron por el malecón.

El cielo estaba teñido de tonos anaranjados.

El mar brillaba bajo la luz del atardecer.

Y el viento movía suavemente el cabello de Valentina.

Durante varios minutos caminaron en silencio.

Pero era uno de esos silencios cómodos.

De los que solo aparecen cuando dos personas comienzan a conocerse de verdad.

—¿En qué piensas? —preguntó Adrián.

Valentina observó el horizonte.

—En que esto parece demasiado bonito.

Él giró la cabeza.

—¿Eso es malo?

—A veces.

—¿Por qué?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Porque cuando algo es demasiado bonito, siempre tengo miedo de perderlo.

La expresión de Adrián cambió.

Como si comprendiera perfectamente lo que quería decir.

—Yo también tengo miedo.

Valentina lo miró sorprendida.

—No pareces alguien que tenga miedo de muchas cosas.

Él soltó una risa suave.

—Eso es porque me esfuerzo mucho en ocultarlo.

—¿Y qué te da miedo?

Adrián observó el mar.

Por un momento pareció más vulnerable que nunca.

—Encariñarme con alguien.

Aquella respuesta golpeó directamente el corazón de Valentina.

Porque era exactamente lo que estaba empezando a ocurrirle.

Esa noche terminaron cenando en una pequeña terraza iluminada por luces cálidas.

La conversación fluyó con naturalidad.

Hablaron de sueños.

De libros.

De viajes.

De las versiones más jóvenes de sí mismos.

Valentina le contó que cuando era niña quería escribir novelas.

Adrián sonrió.

—¿Y por qué dejaste de hacerlo?

Ella bajó la mirada.

—Porque crecí.

—Eso no es una respuesta.

—A veces uno deja de creer en sí mismo.

Adrián permaneció unos segundos en silencio.

Luego tomó una servilleta.

Escribió algo.

Y la deslizó hacia ella.

Valentina la abrió.

Solo había una frase.

"Todavía puedes hacerlo."

Sintió un nudo en la garganta.

Porque nadie le había dicho algo así en mucho tiempo.

Horas después, mientras caminaban de regreso, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

Las calles estaban tranquilas.

El aire era fresco.

Y el corazón de Valentina latía demasiado rápido.

Llegaron al mismo lugar donde siempre se despedían.

Frente a su edificio.

Pero aquella noche era diferente.

Ella podía sentirlo.

Adrián también.

Lo veía en sus ojos.

En la forma en que la observaba.

En los silencios cada vez más largos.

En la manera en que ninguno parecía querer dar el último paso hacia la despedida.

—La pasé bien —dijo él.

—Yo también.

—Mucho.

Valentina sonrió.

—Yo también mucho.

Por un instante ninguno habló.

El mundo pareció ralentizarse.

Las luces.

Los sonidos.

El viento.

Todo desapareció.

Solo existían ellos.

Y aquella distancia mínima que los separaba.

Adrián dio un paso hacia ella.

Valentina sintió cómo el corazón golpeaba contra sus costillas.

Tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.

—Valentina...

La forma en que dijo su nombre hizo que se le erizara la piel.

Ella levantó la vista lentamente.

Y encontró sus ojos.

Aquellos ojos oscuros que parecían esconder tormentas enteras.

Durante semanas había intentado ignorar lo que sentía.

Convencerse de que era demasiado pronto.

De que debía tener cuidado.

De que no podía volver a entregar su corazón tan fácilmente.

Pero en ese instante comprendió algo.

Ya era demasiado tarde.

Porque una parte de ella ya le pertenecía.

Y quizá siempre había sido así desde aquella tarde lluviosa en la librería.

Adrián levantó una mano.

Con suavidad apartó un mechón de cabello de su rostro.

El gesto fue tan delicado que casi dolió.

—He querido hacer esto desde el día que te conocí.

La respiración de Valentina se detuvo.

Y entonces él se inclinó lentamente.

Dándole tiempo para alejarse.

Para detenerlo.

Para decir que no.

Pero ella no quería ninguna de esas cosas.

Así que cerró los ojos.

Y acortó la distancia.

El beso fue suave.

Lento.

Como una pregunta.

Como una promesa.

Como dos personas que llevaban semanas intentando ignorar algo imposible de ignorar.

Valentina sintió que el mundo desaparecía.

Que todos sus miedos quedaban en silencio.

Que por primera vez en mucho tiempo estaba exactamente donde quería estar.

Cuando se separaron, ninguno habló.

No hacía falta.

Las palabras habrían sido insuficientes.

Adrián apoyó su frente contra la de ella.

Y sonrió.

Una sonrisa real.

De esas que nacen desde el alma.

—Hola —susurró.

Valentina soltó una pequeña risa.




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